Capítulo 10 #3
Claudia no hablaba mucho de su pasado, pero una vez, en una noche de confidencias improvisadas, me contó —sin dramatismos— que tuvo un amor largo y doloroso, de esos que dejan heridas bajo la piel.
Se llamaba Alicia, y fue su compañera durante cinco años, hasta que un día, sin apenas palabras, Alicia hizo la maleta y se fue a vivir a otro país.
Claudia no la siguió. No por orgullo, sino por dignidad.
Me dijo: «A veces el amor te enseña más cuando se va que cuando llega».
Desde entonces, decidió que su vida sería suya. Su casa. Sus gatos. Su paz.
Cuando me caí en el baño y apareció por la puerta sin que la hubiera avisado, entendí que tenía un radar infalible para las pequeñas desgracias cotidianas. Me curó la herida, me llevó a la cama, y se quedó a mi lado sin hacer preguntas incómodas. Solo estaba. Y eso bastaba.
—Venga —me dijo al día siguiente mientras recogíamos los papeles de la cama—, tenemos que ir a ver a mi madre.
—¿Tu madre? —pregunté sin entender.
—Sí. Si de verdad quieres saber cómo era Fraisoro, ella puede ayudarte. Estuvo allí… en otra época. Pero estuvo. Y si le enseño la foto de tu yaya, estoy segura de que algo recordará. Tiene buena memoria para los rostros. Y, además, le encantan las historias a medio contar.
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Aquel día empezó algo entre nosotras. Un pacto.
Una especie de hermandad sin nombre, nacida de los gatos, de las heridas mal cerradas, del dolor heredado, del deseo de comprender a quienes vinieron antes.
Claudia se convirtió, sin pretenderlo, en mi compañera de viaje.
No solo al pasado de Carmela. También al mío.
Era viernes y mi aturdida mente no quería vagar sola entre enigmas, dudas y esperanza.
Decidí salir, me puse un bonito vestido largo y sedoso de tirantes en color chocolate con la espalda totalmente descubierta con el que no podía usar sujetador, me calcé unas sandalias planas de tiras altas atadas a medias piernas, dejé suelto el pelo y pinté mis labios en tonos coral, un poco de rímel y observé con benevolencia mi imagen en el espejo de la entrada.
Me di el visto bueno.
No quería compañía, o al menos no la compañía que me podían prodigar mis compañeros de trabajo o mis amigas.
Quería sentirme bien, pensarme bonita, quizás coquetear un poco con algún desconocido, sin propósito, solo por sentirme viva, tomarme una copa, o dos y volver a casa temprano para al día siguiente poder acudir puntual a mi cita con la madre de Claudia.
Me sentía intrigada. ¿Cómo habría sido la vida de Carmela en aquel lugar?
Había buscado en Google referencias sobre Fraisoro y no parecía un lugar terrible como algún otro centro coetáneo que tuviera la misma función, además había leído que las adopciones que allí se producían eran siempre legales y que a las madres se les daba un tiempo para decidir, como la madre de Claudia… ¿cómo se llamaba?
Ah, sí, Concha.
Pero aun así me surgían dudas, mi yaya estaba tan debilitada ante la falta de empatía y de comprensión de una madre manipuladora y cruel que antepuso sus creencias religiosas, morales o sociales al bienestar de su propia hija que difícilmente podría haber pasado una etapa ni mínimamente aceptable.
Y luego estaba la decisión.
Tener que dar en adopción al hijo que quería y que era fruto de su verdadero amor.
Pobre Margarita… pobre príncipe Edward.
Todos pierden. No hay vencedor.
En el dolor profundo, en la pérdida absoluta, solo queda un don que permite seguir viviendo: la esperanza —frágil, testaruda— de que exista una vida mejor.
Quizás fue eso lo que salvó a Carmela.
La valentía de seguir ante la sinrazón.
La resiliencia frente a una herida que nunca cerró.
Ensimismada en mis pensamientos no me di cuenta de que alguien se sentó a mí lado en la barra del garito al que mis pies —independientes de mi mente— me habían llevado, era un garito de moda en Madrid, bastante grande, tenía tres salas diferenciadas, en una un escenario de mediano tamaño, entarimado y con un micrófono en el centro acogía a monologuistas de diferentes índoles, alguno bastante bueno, otros definitivamente peor.
La sala tenía mesas desperdigadas con manteles blancos y azules a rayas y en cada mesa una lamparita redonda en forma de seta, que iluminaba suavemente la sala creando un ambiente retro, como en las películas inspiradas en los años 20, solo le faltaban los señores con chistera y las mujeres con trajes de flecos y plumas.
Dos cortinones azules uno a cada lado de la sala y sobre ellos sendos palcos semicirculares ornamentados con máscaras de la comedia y tragedia completaban la sala principal de lo que antaño fuera un teatro de miras limitadas en donde se realizaban dos funciones semanales de alguna obra semi olvidada y con poco nombre.
La segunda sala, más pequeña que la principal, estaba decorada con bancos que recorrían todas las paredes, con mesas rectangulares en el centro de cada dos bancos y espalda con espalda con los siguientes, cojines tipo colchoneta rojos con puntos grises y en las paredes antiguos vinilos enmarcados, recortes de noticias de otros tiempos, con caras y nombres que apenas unos pocos recuerdan.
Buena música, clásicos de los 70 y 80, la gente conversaba frente a una copa en difíciles grupos, a veces, separados por los incómodos bancos de madera.
Al fondo, la penumbra, una zona de bancos idénticos pero alejados y con poca luz que ejercía de reservado para las parejas más atrevidas.
Yo me encontraba en la tercera sala, el bar.
Una enorme barra dotada de altos taburetes desde dónde podías ver hasta el fondo de la segunda sala, varios barman reinaban tras la barra del bar, sirviendo cócteles imposibles con sombrilla o simples bebidas alcohólicas acompañadas de algún pequeño bol con chuches.
No quise mirar hacia dónde presentía que unos ojos me observaban de arriba a abajo, haciendo perfecto escrutinio de mi cuerpo, llevé mi mano al pelo y lo puse hacia un lado apartando el resto detrás de mi oreja, estaba segura de que así mi Jasmín Rouge elevaba su intensidad llegando al olfato de mi desconocido admirador.
—Marina.
Afirmó una voz varonil que me descolocó por completo.
Me giré desconcertada. Sabía que conocía esa voz, lo sabía porque mi cuerpo había vibrado cuando pronunció mi nombre.
—Ho… hola —dije—. ¿Tú por aquí? Mmm… ¿Quique?
Estaba tenso. Apretaba con sus grandes manos las rodillas, y sus largos y finos dedos habían empezado a tomar un color blanquecino. Miró hacia abajo y, lentamente, levantó la vista hacia mí, que tenía un vaso de whisky en la mano.
—¿Otra vez bebiendo, Marina?
—¿Ehhh? Pues… ¿sí? ¿Quieres que te pida algo?
Alguien le tocó el hombro por detrás. Se giró y ¡madre mía! ¿Dónde había escondido al desgarbado, flacucho y patilargo hermano de Nita?
Me superaba tranquilamente una cabeza. Llevaba un pantalón chino beige, ceñido lo justo —ajustando donde tiene que ajustar—, y una camisa de lino blanca, con cuello mao, que se pegaba al cuerpo creando muy buenas expectativas. Wow.
Se giró con ese aire de enfado que parecía no abandonarlo nunca.
—Sí, creo que será mejor que te acompañe —sentenció Quique mientras en su interior pensaba: «Si no me quedo, algún otro baboso, como este que me acaba de pedir que me retire para hablar con ella, se le acercará.
No le he partido la cara porque estamos en público.
“La tía buena esa” la ha llamado. Capullo».
Levantó la mano y pidió lo mismo que yo: un whisky con hielo.
Suspiró, se relajó tras el primer trago y me miró directamente a los ojos por primera vez.
—¿Cómo estás, Marina? La última vez que te vi fue… un poco traumática. ¿Te sientes bien? ¿Te hizo ese desgraciado más daño del que pude ver?
—Oh, no, Quique, tranquilo. La verdad es que está prácticamente olvidado. Mmm… bebí demasiado y lo siento mucho, pero al día siguiente no recordaba prácticamente nada de lo ocurrido, y gracias a ti no fue algo peor… Gracias, de verdad…
—No se merecen. Si no llego a estar en Jávea y ver la ventana de tu casa abierta, no te hubiera buscado. Y por poco llego demasiado tarde… —«No lo hubiera soportado y lo habría destrozado allí mismo».
—Pero te fuiste… y me dejaste allí.
—Lo siento, Marina. Tenía que hacerlo. Tenía que salir detrás de aquel cabrón y encargarme de que acabara en la cárcel por agresión sexual. Y resultó que no era la primera.
—¡Por los reencuentros!
Levanté mi vaso de cristal grueso y labrado, y propuse el brindis.
Él levantó levemente su vaso y dio un sorbo largo. Miró a un lado, al otro, sonrió con ironía y me increpó:
—Marina, ¿me puedes hacer un favor?
Frunció el ceño, como si le doliera, como si no pudiera vivir sin ese favor.
—Lo que quieras, ¡claro!
—Por favor, deja de hacer eso.
—¿El qué?
—Por favor —dijo con el rostro medio atormentado—, deja de coquetear con todo el bar. Porque si no, tendré que liarme a golpes con todos esos babosos que no dejan de mirarte.
—Ohhh… lo siento.
—No lo sientas. Estás preciosa. Pero no es el mejor lugar para venir sola.
—¿Sabías de este antro antes?
Me preguntó.
—¿Vienes a menudo? —cuestionó Quique. «Que me diga que no, por Dios».
No era una pregunta inocente. En cuanto la hizo, pude ver cómo él contenía el aire un segundo y respondí intrigada:
—Es la primera vez que vengo. Ha sido aleatorio. He pasado por la puerta, necesitaba ir al baño… y me he quedado.
—¡Ja! —Se rio—. Tienes un imán para los conflictos, ¿lo sabes?
—¿Qué le ocurre al local? Es agradable.
—Sí, ya lo creo. —Se carcajeó y me miró con ironía—. Lo que creo que no sabes es que este es un local de citas. Aquí se concretan encuentros sexuales, tríos e intercambios de pareja. ¿Ves aquella puerta roja del fondo?
—Sí, la veo.
Abrí con sorpresa los ojos, intuyendo lo que había detrás.
—Pues sí —dijo Quique, con una risa contenida—, detrás de la puerta hay reservados más íntimos que esos de ahí. —Señaló con la cabeza—. Así que, señorita Marina, no me separaré de ti hasta que decidas irte… a no ser que me lo pidas.
—Quédate conmigo.
Sonrió.