Capítulo 10 #2
Cuando mi padre me llevó a Garín y me compró la tela más bonita que se podía comprar, el espolín Valencia del que ya te hablé, se descompuso, no podía permitir tal despilfarro, prefería verme tomar los hábitos que ver cómo mi padre derrochaba el dinero en mí.
Pero mi padre no consintió que se interpusiera y me regaló los dos mejores años de mi vida.
Bueno pues como te decía —me voy por las ramas, hija—, la pesadilla comenzó cuando Elisa —a partir de ese momento me sentí incapaz de verla como mi madre— se enteró de que me había enamorado de un fotógrafo de tres al cuarto, como ella decía y empeoró el día que se enteró de que había caído en pecado quedándome embarazada de él.
Llegamos a Gipuzkoa en el mes de enero, una tarde lluviosa que presagiaba mal augurio, Elisa me dejó en la puerta, me dio una maleta y cinco mil pesetas para mis gastos y dijo: El resto está ya cubierto.
Una monjita me estaba esperando y me condujo a través del patio al interior del edificio de piedra gris. Me instalé en una habitación común con otras chicas caídas en desgracia, como yo. Poco a poco, hice algunas amigas que fueron desapareciendo con los meses.
En el centro acogían a mujeres embarazadas y también tenía la función de casa cuna, para niños abandonados y para los que las mujeres cómo yo daban en adopción.
No quiero alargarme demasiado, es un episodio muy doloroso de mi vida y ahora que se me acaba quiero recordar solo los buenos momentos, a ti y a tu madre, a tu padre, mis días con Marcela… pero no puedo, ni quiero olvidar a los hijos que no pude tener conmigo, Mario y Eloy.
En mi primera caja te pedí que buscaras mi espolín, en esta te pido que busques a mí niño, a Eloy.
Comienza tu búsqueda por Gipuzkoa, en Fraisoro, donde nació Eloy, donde lo vi por última vez antes de que una buena familia se lo llevara, nunca supe ni cuándo ni con quién quedó mi niño, pero supe un tiempo después que lo adoptaron y que lo querían bien.
En Fraisoro dejé parte de mi ser y el espolín Valencia.
Quise dejarlo para compensar por mi manutención y por la de Eloy.
Empieza por ahí, quizás debido a este detalle sea más fácil encontrarlo.
Te queda un paso que dar, solo si estás segura.
La tercera caja la tiene Enrique. Él te la entregará y te contará su parte de la historia.
Búscalo.
Te quiere, tu yaya.
Sobre la cama, un legado. Y en mi mente, la rabia contenida que me quemaba por dentro.
Una rabia sorda al ver cómo la impunidad que concede el paso del tiempo deja libres —libres sin castigo—, a todos los que destrozaron a mi yaya, a los que le arrancaron pedazos de alma sin rendir cuentas, sin arrepentirse.
Pero más allá de la rabia, estaba la impotencia...
y ¿por qué no decirlo?, una confusión tan honda que me nublaba.
¿Cómo pudo Carmela —mi yaya— tejer durante tantos años, con cuentos, juegos e insinuaciones, una tela de araña donde la mosca era yo?
Sentí encogerse el estómago. Un sabor amargo, ácido, me subió por la garganta. Salí corriendo al baño y vomité.
Me quedé allí, tirada en el suelo frío. Orson rondaba a mi alrededor, ronroneando suave, inquieto.
Los gatos saben. Tienen ese sexto sentido que les hace estar cuando los necesitas, aunque no lo sepas ni tú.
Él sabía que no me sentía bien... o tal vez solo sabía que se me había olvidado su hora de comer.
Lo cierto es que se quedó conmigo, en silencio, hasta que fui capaz de moverme.
No sé cuánto tiempo pasó. ¿Diecinueve minutos? ¿Una hora? No lo sé. Pero cuando por fin intenté levantarme, la habitación me dio vueltas.
El baño giraba alrededor de mi cuerpo. Las flores pintadas en las baldosas de cerámica pasaban una y otra vez ante mis ojos.
El blanco de las paredes, el rosa de las flores, el azul de las toallas...
todo se mezclaba en una especie de remolino.
Y entonces, luces. Pequeños puntos que destellaban y... nada.
Me desmayé.
Lo primero que sentí fue un dolor punzante en la cabeza. Llevé la mano al punto exacto y la noté mojada, pegajosa, sangre.
Me había dado un buen golpe, seguramente contra el borde del wáter.
Me senté como pude. Valoré. ¿Urgencias? ¿Sería mucho el corte? Al final, como buena cabezota, me levanté despacio, fui a por el botiquín… y justo en ese momento apareció Claudia. Ni me acordaba de que venía.
—Marina, ¿qué ha pasado? Estás sangrando. Déjame que lo vea.
—No te preocupes… no será para tanto —mentí.
Dudé, claro que dudé. No tenía ni idea de lo que me había hecho.
—Mmm... creo que vas a tener suerte. No es gran cosa. Te lo curo ahora y mañana lo volvemos a mirar.
—Tú eres la enfermera. Si tú lo dices, me quedo más tranquila.
El alcohol ardía como el infierno cuando me lo aplicó, pero ya me encontraba mejor. El ibuprofeno empezaba a hacer efecto, y el mareo iba pasando.
—Ven —me dijo—, te llevo a la cama un rato. Quédate tranquila, me quedo contigo.
Fuimos al dormitorio. Allí estaban mis dos cajas, pesadas, abiertas. Sus pertenencias esparcidas sobre la colcha blanca.
—Vaya, Marina... ¿Qué es todo esto? ¿Esto es lo que te tiene así?
—Ya ves... los secretos familiares cuando deciden salir a la luz.
—Uf... Menuda carga, ¿no?
—Excesiva. Te lo aseguro.
—Puedo ayudarte, si quieres. Parece que te hace falta.
Cogió el pequeño jersey azul entre sus manos. Echó un vistazo a la carta abierta sobre la cama. Yo cogí el guardapelos y lo balanceé entre los dedos.
—¿Recuerdos familiares? —preguntó, de verdad interesada.
Señalé con la barbilla todo aquel desorden de objetos íntimos sobre la cama.
—Algo más complejo, la verdad. ¿Recuerdas que me fui a Valencia por el testamento de mi yaya?
—Sí, claro. Fue hace unos meses. —Se sentó sobre la colcha, haciéndose hueco entre la carta y el jersey—. Volviste distinta... no sé, te cambió la cara desde entonces.
Me sonrió, cómplice. Acarició a Orson, que ahora dormitaba a nuestros pies. Esperaba que hablara. Y bueno... ya qué más daba.
—Mi yaya... Carmela —le dije—, me dejó un legado durísimo. Una parte de su vida que nadie conocía. Y no solo eso... me dejó una misión. Bueno, dos. Ambas casi imposibles. Una emocional. Otra, material, las dos me superan.
Tenía en sus manos la fotografía en blanco y negro. Una mujer embarazada.
—¿Es tu abuela? —preguntó, señalándola.
—Sí. Carmela. Embarazada de un tal Enrique. Soltera. Y escondida en algún sitio que no tengo ni idea dónde era...
—Fraisoro —dijo Claudia, con tono firme, señalando la foto—. Eso es Fraisoro.
—¿Cómo lo sabes? ¿Conoces el lugar?
—Lo conozco por fotos, por lo que me contó mi madre.
Era una casa cuna donde llevaban a mujeres embarazadas en situaciones difíciles, especialmente en tiempos del franquismo.
Mi madre pasó por ahí también. Era joven, tuvo un embarazo no deseado...
y le hablaron bien del sitio. Me dijo que los bebés estaban limpios, cuidados... era otra época.
—¿Y tu madre...?
—Decidió quedarse con la niña. Mi hermana Helena. Y no se lo pusieron tan difícil. Le dieron un tiempo para pensar... y pensó bien.
—En esta foto se ve el patio —le dije.
—Sí. Mi madre tiene una en el mismo sitio.
—¿Esa era tu duda? —preguntó—. ¿Saber dónde estaba?
—Ojalá fuera solo eso.
Y entonces, le conté todo. Todo. Desde el principio. Porque lo necesitaba. Porque no solo quería vaciar el cuerpo, también la cabeza, el nudo que apretaba.
Fui enseñándole, una por una, todas las piezas de aquel rompecabezas complejo que era Carmela. Ella escuchaba sin interrumpir, asentía, no juzgaba. Solo estaba ahí. Y eso ya era mucho.
—Te ayudaré —dijo, poniéndose de pie de golpe, como si de pronto estuviera en mitad de una misión—. ¿Por dónde empezamos?
Claudia vivía en el segundo izquierda, justo enfrente de mi puerta, aunque podría haber vivido en cualquier lugar del mundo y seguir siendo exactamente igual a cómo era: libre, peculiar y con los pies firmemente anclados a su propio territorio.
Tendría unos cincuenta y tantos, pero su talante la podría situar en cualquier edad, me recordaba mucho a los hippies de los 70, vestía ropa alternativa, anchos pantalones de colores y camisetas tie-dye que realizaba ella misma, su pelo castaño y rizado con alguna cana aquí y allí semejaba un nido de golondrinas en ocasiones dominado por un gran turbante de colores.
Desde que me mudé, su presencia fue una constante discreta, como el sonido de una canción que se repite en la radio y que, con el tiempo, acabas tarareando sin darte cuenta.
Vivía sola, sí, pero eso no era sinónimo de soledad.
Su piso era un pequeño ecosistema propio, una república felina regida con disciplina y afecto.
Cinco gatos: Misha, Sammy, Dotty, Matty y Salitre a los que llamaba «mis niños», hablaba con ellos constantemente, cómo una educadora de guardería.
Y ellos la seguían como a una reina excéntrica, cada uno con su historia, sus horarios, sus maullidos únicos.
Claudia decía que un hogar sin animales no es más que una caja vacía.
Tenía una energía especial. Era sociable, sí, pero no invasiva.
Cercana, sin cruzar nunca esa línea invisible que marca el límite del otro.
Sabía estar sin imponerse. Escuchar sin interrumpir.
Tenía algo de madre, algo de hermana mayor y algo de bruja buena que te observa desde la ventana con una taza de té humeante.
De hecho, no pasaba un solo día sin que preparase uno de sus tés «medicinales», como los llamaba, aunque nadie más que ella conocía la receta exacta.
Yo sospechaba que les ponía algo más que menta y jengibre.
Era enfermera, aunque hacía tiempo que había dejado las guardias de hospital.
Aún atendía alguna consulta ocasional —vecinos, amigos, conocidos con esguinces, sustos nocturnos o pastillas que se olvidaban—.
Y, si no estaba de turno, también podía aparecer en tu baño si olía que te habías desmayado o que el gato maullaba demasiado fuerte. Como me ocurrió a mí.