Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 10
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Capítulo 10

De los secretos descubiertos, los amores encontrados y los vapores etílicos

Los días fueron pasando, y los recuerdos taimados acudieron a mí poco a poco, como gotas de agua de manantial helado: quemando, hiriendo en su camino. Me hicieron cuestionarme el porqué.

Mis sentimientos eran encontrados. Por un lado, sentía una profunda aflicción por la crudeza de la vida de mi yaya, por el mal que le causaron sin motivo ni razón, por la crueldad con que la trató su madre y por el tormento que le infligió su marido en aquel pecho roto.

Por otro, me sentía tan orgullosa de ella…

De que hubiera roto sus cadenas, de que hubiera sido tan fuerte y resiliente; de que hubiera renacido de sus miedos hasta volver a sonreír —no sin suspiros ocasionales—; de que se hubiera mantenido íntegra —no sin quebrarse de vez en cuando—; y de que hubiera amado sin rencor, sin dudas ni rastros de resentimiento.

Todo ello la convertía en una mujer excepcional.

Y yo, yaya… no te llego ni a la suela de los zapatos.

Pero también me asaltaban dudas. Si había sido tan valiente…

¿Por qué narices tenía que ocultar su pasado de esa manera? ¿Por qué no lo contó y punto? ¿Por qué no a mi madre? ¿Por qué a mí? ¿Por qué?

Mi cabeza iba a estallar. Recordaba los cuentos, las historias, los juegos… Jugar.

¿Jugamos, Carmela?

Sí, creo que sí. Jugaré por tu vida, jugaré por hacerte justicia, jugaré porque para eso me preparaste. Jugaré porque tú bien sabías que lo haría, que no me resistiría a tener la información a medias, que la querría toda.

Porque… ¿Esa era tu intención, no, yaya? Que me pudiera la intriga. ¿Verdad?

Pues lo has conseguido.

Me levanté. Fui hacia la cómoda. Bajé las cajas a la cama, me preparé… y recé.

Recé para tener valor si lo que venía era doloroso.

¿Más aún?

Recé para que Carmela estuviera en un lugar tranquilo y precioso.

Recé para que, en el cielo o donde quiera que vayan las almas —el cielo, seguro que sí—, no tuviera que encontrarse con las personas que la hirieron.

Y, después de santiguarme, abrí el segundo cofre. Seguía el mismo patrón que el anterior: una carta adherida a la tapa, un sobre con fotos, una cajita de joyería y un estuche azul.

—¿Por dónde vas a empezar, Marina?

Me decidí por el envoltorio añil. Dentro encontré algo que, al principio, carecía de sentido: un jersey diminuto tejido en lana azul, una capota de recién nacido, unos patucos y una bolsita con un pequeño rizo dorado.

Pensé que podía pertenecer al hijo que perdió mi yaya tras la paliza de aquel desgraciado.

Era una prenda minúscula tejida a mano, con lana suavísima y detalles en perlé beige.

Instintivamente me la llevé a la nariz y percibí un leve aroma agrio que me recordó a la leche cortada; no era desagradable, pero persistía a pesar de los años.

El olor confirmaba que, efectivamente, la ropa se había usado.

La inspeccioné detenidamente y una leve, pero marcada mancha amarillenta me llamó la atención.

No es que yo entendiera demasiado de bebés, pero mientras estudiaba la carrera de periodismo, trabajé cuidando a los hijos de una familia. Tres niños, de cuatro hermanos. Yo cuidaba de los tres mayores, pero también había un bebé al que cuidaba la madre.

Recordaba ese olor agrio, de cuando el bebé vomitaba tras mamar y alguna vez lo cogía en brazos.

Si este jersey había sido usado, no podía ser para el pequeño Mario, que desgraciadamente no llegó a nacer. Angelito.

Continué. Si quería saber más, tenía que hacerlo.

Cogí la cajita de joyería y la abrí.

Dentro encontré un hermoso colgante, un guardapelo plateado, labrado con delicadas ramitas terminadas en diminutas rosas y lirios, con una piedra verde en el centro que brillaba como un campo herbolado al mediodía. En la trasera dos angelitos bebiendo de una copa, ¿un cáliz?

Se notaba que era una joya comprada con amor, cuidada y mantenida en el tiempo.

Recordé haberlo visto alguna vez en el cuello de Carmela… pero solo en contadas ocasiones.

En una de ellas, me interesé por él. Le dije que era un collar precioso, y me respondió que no era un collar, sino un guardapelo, y que en su interior guardaba una parte de su corazón.

Le pregunté si podía enseñármelo. Me dijo que había perdido la llave… pero que un día yo la encontraría, y entonces lo abriríamos juntas.

Cuántas pistas. Cuántas señales que no supe comprender de niña.

Aun así, seguía sin entender tanto misterio.

Lo acaricié con los dedos y lo besé.

Y, con mucho cuidado y veneración —según Carmela, era parte de su corazón—, lo abrí.

Dentro había una foto de un bebé a color, desvaída por el tiempo, pero aún reconocible.

Era rubio, con un mechoncito en lo alto de la cabeza. Tenía los ojos azules muy claros, y un halo dorado rodeaba su pupila: exactamente el color de ojos de Carmela. Y míos.

El guardapelo tenía dos portafotos:

En un lado, la foto del enigmático y precioso bebé.

En el otro, un ricito dorado… como el que había en la caja.

—¿Quién eres, pequeño? —me pregunté, acariciando la fotografía.

Saqué el otro ricito dorado de su envoltorio. Lo acaricié. Era suave, delicado…

Abrí el sobre de fotos.

La primera mostraba al bebé, en color, con el mismo jersey azul que tenía sobre la rodilla. Lo miré. Lo comparé. Sí, el mismo. Con la capota. La misma.

Unos ojos azules que parecían querer contarme una historia que aún no podía comprender.

La segunda foto me rompió el alma: mi yaya Carmela con el pequeño en brazos.

No reía. No sonreía. Tenía los ojos turbios de llorar.

No miraba a la cámara, sino a la pared.

Parecía mayor. Envejecida. Rota.

Le di la vuelta a la foto: 27 de julio de 1964. Fraisoro. Gipuzkoa.

La tercera foto mostraba un patio porticado al fondo, con paredes de piedra gris.

En el centro, una monja con hábito blanco sonreía. Cogía por los hombros a Carmela, embarazadísima, con gafas de sol y muy delgada.

No podía creer que aún quedaran más secretos por descubrir.

Si Carmela había tenido un hijo —que sería mi tío—, ¿dónde puñetas estaba?

¿Qué había pasado con él?

¿Viviría?

¿Y qué se suponía que era Fraisoro, en Gipuzkoa?

Una vez más, mi yaya me desarmaba.

Una vez más, desmontaba todas mis creencias construidas durante una infancia feliz.

Era un juego demasiado tentador e intrigante, había encendido en mí una chispa que lucía incandescente en el centro de mi cerebro, la información —a falta de la segunda carta— me hacía pensar que había un porqué, un fin, un motivo para desenterrar una historia llena de episodios de dolor inconmensurable…

y ahora un tío perdido. ¿Quién eres? ¿Te conozco?

Carmela te tuvo en sus brazos, pero no te crio, ¿verdad?

Le hablaba a una fotografía desvanecida como el tiempo pasado y desconocido, miraba unos ojos tan iguales a los míos que no me cabía ninguna duda de que pertenecían a mi propia sangre…

Me entró la curiosidad, ¿cuántos años tendría ahora?, si nació en el 64, actualmente tendría sesenta y cuatro años.

La yaya falleció a los ochenta, con lo que lo tuvo a los diecinueve años, muy joven. Mi madre nació en el 67, se llevarían tan solo tres años.

¿Sabrá algo de todo esto mamá? ¿Y papá? Él siempre me dio la impresión de ser mejor confidente de la yaya que mi madre.

Me asaltaban todo tipo de dudas y cuestiones, me sentí muy tentada de coger el teléfono y preguntarles, pero no lo hice.

Si Carmela quería que yo lo supiera de esta manera, así lo haríamos.

Solo me quedaba leer las explicaciones que Carmela pudiera darme acerca del pequeño, cogí la carta, idéntica a la primera en apariencia, la leí, y con ella comenzó mi segundo propósito.

Querida Marina:

Has llegado hasta esta carta, con valor, y te lo agradezco muchísimo.

Sé que no debe ser fácil comprender que las vidas que creías sencillas y felices solo eran una coraza creada a base de llanto y lucha interna.

Supongo que Marcela te ha puesto al día de mi historia, de la parte que prometí no volver a rememorar, mi matrimonio es un capítulo relegado al fondo de mi memoria, está en un lugar en el que, desde hace mucho tiempo, no me molesta.

He aprendido a aceptar que todo el dolor que se me infligió fue parte de un duro aprendizaje, pero resurgí más fuerte, decidida a tomar mis propias decisiones, lejos de las personas que me hirieron y poniendo el alma en amar a los míos.

Luché con todas mis fuerzas para no repetir los estereotipos de quiénes me hirieron… y creo que lo conseguí.

Ahora, Marina, he de darte algunas explicaciones.

El niño de las fotografías es mi hijo, fruto de mi único y gran amor, de mi única y hermosa noche de amor, nunca volví a tener otra.

Le puse de nombre Eloy, aunque supongo que hoy no se llamará así.

Después de que mi madre me separara de Enrique y me encerrara en Barcelona en casa de mi tía Raquel, enfermé y estuve a punto de morir, no quería seguir viviendo, me abandoné en la negrura del dolor, en el pozo de la inconsciencia y deseé morir.

Mi tía Raquel preocupada por mi salud, me permitió ver a Enrique por última vez y, fruto de esa noche, quedé embarazada de Eloy.

Poco después, mi tía Raquel tuvo que comunicar a mi madre lo sucedido, mi madre se enfadó muchísimo con su hermana, la reprendió y la castigó con el olvido, nunca más la vio o la llamó por teléfono.

Vino a por mí hecha una furia, me subió a un coche tan rojo como el pecado que ella consideraba que yo había cometido y me llevó de nuevo al destierro.

Mi madre, Elisa, era una fanática religiosa, su vida giraba alrededor de la iglesia, la rectitud moral y el castigo por los pecados.

Nunca pensó que lo que a su parecer fue un año para presentarme en sociedad acabaría convirtiéndose en una pesadilla.

Cuando mi padre decidió que yo sería fallera mayor de la falla del barrio, al principio renegó bastante, que si era un despilfarro, que si era demasiado pronto… Pero, con el tiempo, pensó en utilizarlo como un beneficio, conseguirme un buen marido.