Capítulo 9 #2
Marcela suspiró profundamente, dio un trago largo a su vodka con limón y me dio unas palmaditas suaves en las manos. Luego se levantó y, visiblemente afectada, se encaminó al interior de la casa.
En el alto aparador de madera de pino viejo reinaban dos fotografías que atestiguaban, sin pudor, el paso del tiempo.
La primera, una imagen en blanco y negro, desgastada por los años, mostraba a Marcela y a Luis el día de su boda. Felices, sonrientes, eternamente jóvenes. Derrochaban amor, sueños por cumplir y una esperanza resplandeciente en un futuro que aún no conocían.
La segunda, tomada hacía muy poco, era el reflejo exacto de la anterior, pero con los colores vivos de la vida vivida.
Marcela y Luis, en sus bodas de oro, aparecían con los rostros arrugados por la edad, pero radiantes de alegría.
En sus miradas no quedaban promesas, sino la satisfacción serena de haber amado y resistido juntos.
Un amor que no solo había perdurado: se había hecho más hondo, más cierto.
Pero la taimada muerte había acabado en un solo segundo con millones de minutos, miles de días y cientos de semanas. Fue rápida, repentina escindiendo la esperanza, creando cerraduras al futuro, negando el porvenir.
Luis se fue y lo que se multiplicaba por dos, solo fue uno.
Marcela perdió la mitad de su ser, la mitad de su vida, la mitad de sus sueños y esperanzas... pero seguía viva y seguía aquí.
Abrió la puerta alta de madera —esa que había sido testigo de risas infantiles, cenas largas y tertulias infinitas— con una vieja llave de tubo dorada.
Al poco, regresó con una caja blanca entre las manos.
Sobre la tapa, un nombre pintado entre flores rosadas, azules y anaranjadas me golpeó en el pecho con más fuerza de la que esperaba.
—¿Es esto por lo que has venido, no, cielo? —me dijo, mientras me la tendía—. Siento que el peso emocional de la historia de Carmela caiga así, de golpe, sobre tus hombros... ¡Ay, niña!
Inspiró hondo, como si ella también necesitara reunir fuerzas antes de continuar.
—Tu yaya te estuvo preparando para esto toda tu vida. Recuérdalo. Sus historias, los paseos, los lugares, los juegos... Todo lo que viviste con ella. Recuerda y rememora tu infancia, y encontrarás el camino.
Se sentó a mi lado, con la mirada perdida en algún rincón de la memoria.
—Tómate tu tiempo. Todo esto es demasiado, lo sé.
No tienes por qué abrirla hasta que no estés preparada.
Te adelanto que aún queda mucho por descubrir…
y sigue sin ser fácil ni bonito. Tienes que estar fuerte.
Si no te ves con fuerzas, no lo hagas. Eres libre.
Por eso Carmela dividió la información en tres partes: para que, si no podías seguir, simplemente lo dejaras. Sin culpa. Tú decides.
—Pero, Marcela… —dije entonces, con el corazón encogido—, ¿esto tiene algún fin? ¿Hay algo que tenga que hacer, además de recuperar el espolín? ¿Algo más… importante, quizás? ¿Algo que justifique todo este viaje tan crudo?
Señalé con el dedo las cajas, ahora gemelas, que reposaban sobre la mesa.
Marcela no respondió de inmediato. Se quedó en silencio unos segundos. Luego me miró con una ternura antigua, llena de comprensión y gravedad.
—Lo entenderás… —susurró—. Y ahora, descansa. Vuelve a casa. Y recuerda: cuando sientas que estás preparada… abre tu caja.
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Volví a Madrid un lunes de finales de junio con un gran peso en el alma, algo de equipaje y un par de cajas blancas: una descubierta, otra aún por descubrir.
Mi apartamento seguía como lo dejé, gracias a Claudia, que se ocupaba de todo, y a Orson, que me recibió esquivo y visiblemente ofendido por el tiempo de abandono —cosas de gatos—.
Me tumbé en la cama y traté de poner en orden mis ideas. Dos cosas tenía claras: una, que la yaya había tenido una vida terrible; y dos, que quería que hiciera algo por ella. Según Marcela, me había estado preparando… pero ¿cómo?
Inmediatamente mi mente comenzó a hacer un barrido por los recovecos del olvido, por los archivos de la memoria marcados con el cartel de «infancia»…
Y recordé.
Recordé una historia.
—Érase una vez —decía la yaya— que, en el jardín de las Pléyades, donde habitaban las hadas más hermosas, dentro del tronco de un árbol centenario, se celebró una boda. Pero no era una boda feliz. No… era una boda muy triste.
—¿Por qué, yaya?
—Ten paciencia, xiqueta, y te lo contaré. Tiara, la madre del hada Margarita, que era un hada malvada, hija de gnomos negros y de una hermosa hada secuestrada que se llamaba Serena, decidió que su hija no podía casarse con el príncipe Edward.
—¿Por qué?
—Porque ella, en su maldad, no podía consentir que Margarita se casara por amor…
y menos con un príncipe que no era como ellos.
Así que la cogió de sus hermosos cabellos dorados, se la llevó a un lugar donde Edward no pudiera hallarla…
y la encerró. Margarita lloró y suplicó que la sacaran de aquella cárcel de tallos de rosas espinosas donde la habían ocultado, pero Tiara no quiso escucharla.
Cuando Margarita ya no tenía fuerzas ni lágrimas, un día frío y lluvioso de invierno, con nubes negras y rayos ensordecedores, Tiara abrió la puerta con su gran llave de bronce.
La vistió con un vestido blanco, le tapó el rostro con un tupido velo y la arrastró hasta el jardín de la luna nueva, donde habían preparado un festín y el señor de las estrellas, sacerdote del jardín, esperaba a la novia radiante.
Pero la novia no era radiante. Y el novio no era el esperado.
Esperando a Margarita, en el altar de flores iluminado por miles de luciérnagas, estaba el malvado gnomo Toto, feliz de recibir a Margarita como premio.
—¡Ohhhh, qué miedo, yaya!
—Sí, hija… mucho miedo. Después de la ceremonia, Toto se la llevó a su cueva oscura.
Allí la dejó, limpiando, cocinando para él, cuidando de sus pócimas malvadas.
Siempre que quería, la insultaba y la humillaba.
Margarita vivía triste, muy triste. Un día, al despertar, las hadas buenas habían dejado sobre su cama una pequeña hada, una hijita diminuta, para que no se sintiera tan sola.
Margarita la cuidó con amor y la ocultó de Toto, escondiéndola en el armario mágico que toda buena hada posee y que solo se abre con el toque del corazón de las hadas verdaderas.
Pero un día Toto se enfadó tanto que le hizo daño.
La acusó de ser incapaz de ocuparse de nada y se marchó a trabajar, dejándola magullada.
Entonces, ayudada por sus amigas las hadas buenas, Margarita preparó dos bolsas: una para su hijita y otra para ella.
Y escapó. Se fue muy lejos, a otro jardín, donde las acogieron y las protegieron de Toto.
Así, aunque él la buscó durante mucho tiempo…
nunca la encontró. El príncipe Edward tampoco logró hallarla jamás.
Aun así, Margarita volvió a ser feliz, porque tenía a su pequeña hada.
Ni Toto, ni su madre Tiara, pudieron volver a hacerle daño nunca...