Capítulo 9
Puedes partir mi cuerpo en dos, pero no borrarás quién fui
—Tu bisabuela Elisa tomó una decisión irreversible: Carmela se casaría con Felipe un año y un día después de la muerte de su padre.
No habría más duelo. Ni preguntas. Ni tregua.
Carmela regresó a casa dentro de un cuerpo roto y con el corazón escindido.
Sus mejillas, antaño encendidas por un rubor coral que parecía eterno, eran ahora pálidas y enjutas.
Sus ojos, apagados, parecían haberse secado de tanto llorar.
»Su progenitora, sin miramientos —y con ese placer que solo florece en los pantanos del resentimiento, la venganza y los celos— le comunicó la noticia con voz firme y helada: en exactamente dos meses se casaría con Felipe, un reputado médico de buena estirpe al que ella ya conocía y aprobaba sin reservas.
Carmela no protestó; no encontró dentro de sí las fuerzas necesarias.
Se limitó a no sentir, a vagar entre la consciencia y el olvido, a dejarse llevar.
»Se reunió con él en varias ocasiones para dar paseos orquestados por Santa Catalina, la plaza de la Reina y los alrededores de la Basílica, donde los conocidos del buen doctor pudieran admirar a la feliz pareja.
Dicha unilateral, por supuesto. Él la miraba con admiración, henchido de orgullo.
Había conseguido su premio. La mujer perfecta. La joya que lo completaba.
»Ella aún no lo sabía, pero él sí: poco a poco, la modelaría a su antojo.
La haría suya. Sería el único que la poseería.
El día de la boda se coló entre las rendijas del tiempo como un ladrón.
Era un día de invierno oscuro y frío. El cielo de Valencia estallaba sobre sus cabezas, cargado de rabia.
Tronaba sin clemencia. Mil rayos hendían las nubes negras, como presagios.
Como advertencias que nadie quiso escuchar.
»Carmela entró en San Nicolás con el espíritu del mismo talante que el cielo que la cubría: desolado, roto, a punto de quebrarse. Llevaba un sencillo vestido blanco que apenas lograba esconder su extrema delgadez. La larga cola arrastraba tras de sí el pasado de dolor y pérdida, como un sudario.
»Iba del brazo de su tío paterno, que se parecía tanto a su padre que dolía...
pero no era él. No miraba. No veía. Se dirigía hacia el altar como si caminara empujada por una soga áspera atada al cuello, sin sonrisa.
Sin valor. Sin alma. Su rostro, oculto tras un velo blanco, escondía las lágrimas que brotaban sin que ella las sintiera.
O quizás sí. Pero ya no dolían. Solo ardían.
»Felipe la esperaba al pie del altar, orgulloso, satisfecho, radiante.
A su lado, Elisa. El plan urdido había dado su fruto.
La victoria era suya. Se trasladaron a vivir a la calle de la Paz.
No hubo viaje de novios. Era un exceso que dejarían para más adelante, cuando hubiera pasado algo más de tiempo desde la muerte de su padre.
»Carmela hacía todo lo posible por agradar a Felipe.
Se esforzaba en cada detalle, pero él siempre encontraba algún motivo para reprenderla: una mota de polvo en una esquina, una arruga mal planchada en una camisa, una conversación demasiado larga con algún paciente, un instrumental médico fuera de lugar...
Nunca estaba satisfecho. Aquella perfección particular e idealizada que creyó ver en ella simplemente no estaba.
»Comenzaron los gritos, los insultos, los silencios que encerraban amenazas y los encierros interminables sin comida ni agua.
Después, sibilinos y crueles, llegaron también los golpes.
Y Carmela resistió en silencio. Se sintió culpable por no ser suficiente, por no saber, por no aprender con la rapidez que él exigía; se culpó de todo.
»Atrás quedaron sus días de fallera, envuelta en su espolín blanco.
Atrás la música, la pólvora, el aplauso de la gente y la seda rozándole los tobillos.
Cuando llegó marzo y la ciudad volvió a vestirse de fiesta, Carmela se sintió más sola que nunca.
Lamentó cada segundo de su existencia, deseó morir y lo intentó… sin éxito.
»Poco después, por fin, una pequeña ilusión llegó a su vida.
Quedó embarazada de tu madre. Y una luz tenue se encendió dentro de ella.
Compró lanas rosadas y azules, tejió jubones diminutos, capotas, patucos...
y esperó. Esperó con toda el alma, esperando también que el corazón de Felipe se ablandara.
»Pero los corazones endurecidos no se ablandan. No hay cura para el mal. Si te lo encuentras, huye. Nunca pienses que podrás cambiarlo. No lo intentes. Huye, porque si no lo haces, te arrastrará consigo.
»Su negrura se te meterá dentro, ensuciará tu cuerpo, enfermará tu alma. Y en el peor de los casos... ya no estarás viva para contarlo.
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—Isabel fue la luz de su amarga vida. Con ella llegó la esperanza, la posibilidad de sentirse de nuevo amada, de rozar la felicidad. Pero Felipe no lo permitió.
»Intentó hacer con la niña lo que no había logrado con la madre. Le impuso una tata rígida y estirada, la envió a colegios estrictos, casi militares, e hizo todo lo posible por alejarla de Carmela.
»Pero tu yaya amaba a su hija. Y encontró rendijas por donde colarse tras las puertas cerradas.
»Cada noche, cuando los cerrojos se deslizaban en las habitaciones separadas, Carmela se acercaba a su hija y le contaba cuentos en voz baja. La llevaba a pasear por la Gran Vía o a Santa Catalina a tomar chocolate con churros.
»Cada domingo, mientras Felipe dormía, la llevaba al zoo de Viveros, su lugar favorito. Y así, poco a poco, fue ganándose su cariño. Así, poco a poco, evitó que el corazón de Isabel se volviera oscuro y endurecido.
»Cuando tu madre cumplió dos años, Carmela volvió a quedar embarazada. Fue una sorpresa. Hacía tiempo que había cerrado la puerta a las relaciones conyugales, y cuando esa puerta se abría… no era con su consentimiento.
»Aun así, este nuevo embarazo la ilusionó. Deseaba tener un niño. Le tejía ropita azul y, en secreto, ya le había puesto nombre: Mario.
»El embarazo fue difícil. Carmela se sentía débil, siempre con náuseas, mareada, más delgada que nunca. Vivía en un estado de alerta constante. Tenía que hacerlo: nunca sabía cuándo explotaría la bomba que era Felipe.
»Un día, a él le pareció que la comida estaba demasiado salada. Comenzó a reprenderla. Que si no sabía hacer nada, que si era una inútil... Fue por toda la casa buscando fallos: pasó los dedos por los marcos de los cuadros y encontró algo de polvo. La llamó sucia. Guarra.
»Vio un juguete olvidado por Isabel y lo tomó como una provocación. Carmela lo seguía, intentando calmarlo. Entró en el dormitorio y, al ver las sábanas revueltas, la acusó de haber traído a otro hombre.
»La tiró sobre la cama, apretándole la cara contra el colchón, y la insultó con palabras tan crueles que ni siquiera puedo repetirlas. La sinrazón lo arrastró a la locura. La golpeó. La pateó. Hasta dejarla rota e inconsciente.
»No la ayudó. No la llevó al hospital. La dejó tirada en el suelo, sangrando, rota. Y se fue.
»Una pareja de vecinos, amigos de confianza que tenían llaves por si algún día pasaba algo, habían oído los gritos. Esperaron a que Felipe se fuera y entraron. Lo que encontraron les rompió el alma.
»Atendieron a Carmela. Le limpiaron la sangre. Fotografiaron sus heridas. Por si algún día necesitaba pruebas.
»Felipe no volvió en varios días. Fueron los vecinos quienes cuidaron de Isabel mientras Carmela se recuperaba. Pero nunca se recuperó del todo. A raíz de aquella paliza… perdió a su hijo.
»Tres días después, hizo las maletas. Las suyas, y las de su hija. Y se marchó a casa de su madre, en la calle Salamanca. Nunca más volvió al apartamento de la calle de la Paz.
»Felipe intentó obligarla a volver. La amenazó con denunciarla, con quitarle a la niña. Pero Carmela le dijo que tenía pruebas, fotografías, testigos. Él temió por su prestigio médico. Y finalmente, llegaron a un acuerdo: Isabel pasaría los domingos con su padre.
»Tu madre nunca supo qué clase de hombre era en realidad. Con ella, tú madre, Felipe siempre se mostró correcto, incluso cariñoso. La colmaba de regalos. Quería ganársela. Y lo logró.
»Pero tu madre, aunque heredó cierta rigidez de su padre, tenía el corazón limpio de su madre y de su abuelo. Y aunque la relación entre ambas no siempre fue fácil, siempre se quisieron.
»Y luego… llegaste tú. Y con tu llegada, Carmela volvió —por fin— a ser feliz.
Un largo silencio se instaló entre las lágrimas de Marcela y las mías.
Pasamos el resto de la tarde tratando de restaurar nuestro dañado espíritu.
Nunca pensé que el sufrimiento ajeno pudiera lastimar de la manera en que aquello me afectó a mí. Era mi carne, mi sangre la que bullía de impotencia, de rabia contenida por una verdad oculta; un secreto sepultado bajo losas de insensibilidad y de un tormento reprimido.
Porque cuando se sufre una pena tan profunda, tan injusta, como la que sufrió mi yaya, el ser se disocia.
Protege su identidad, su verdadera esencia, ocultándola en un lugar recóndito, inaccesible, dentro de un cofre sellado con mil candados.
Y entonces deambula solo a medias por la vida, sin mostrarse por completo, siendo y sintiendo apenas en la superficie.
A veces cae un candado con una palabra amable; a veces otro con un día feliz, una risa inesperada, un instante de ternura.
Pero el ser que ha vagado demasiado tiempo escindido…
incluso cuando rompe los cerrojos y logra liberarse, ya no vuelve a estar entero.
Hay piezas que se extravían en la oscuridad.
La impotencia sembró su semilla en mi pecho, la angustia ajena resquebrajó mi ser y una sensación de perpetua aflicción quedó envuelta en mi alma, entre capas y capas de sentimientos perennes.
Y tras esto, con el alma hecha jirones y el pecho desbordado, me preguntaba: ¿Dónde se deja esto?
¿Dónde se aparca esta pena, si no hay lugar en el cuerpo que no duela?