Capítulo 8 #3
Él se pegó a ella y Carmela sintió, entre sorpresa y vértigo, el sexo de Enrique endurecido contra su vientre.
Gimió sin comprender del todo lo que su cuerpo reclamaba, pero su mano fue hasta él, temblorosa, lo tomó sobre la tela tensa del pantalón y lo apretó con timidez decidida.
Él lanzó un suspiro áspero, un gemido bajo y salvaje, como si algo dentro se rompiera.
Bajó la boca por su cuello, desató con calma los lazos del camisón, como si fuera un regalo, su bien más preciado.
Cuando la vio desnuda ante él, con los pechos descubiertos y las mejillas ardiendo, el deseo le atravesó el pecho con un latido insoportable.
La acarició con devoción: los dedos rozaron sus pezones, los endurecieron.
Luego la boca los envolvió, húmeda, cálida, succionándolos con la pasión del tiempo que les había sido robado.
Ella se arqueó hacia él, sin palabras, sin permiso, invitando.
Su boca descendió por el cuerpo de Carmela, bajó por las costillas marcadas, se demoró en el vientre plano, se perdió en el ombligo.
Ella se ofrecía entera, sin comprender, solo sintiendo, con los ojos cerrados y la respiración desbocada.
No hablaba la razón; no había lugar para ella en ese cuerpo que despertaba, en esa danza antigua que no necesitaba explicación.
Cuando Enrique llegó al centro de su deseo, se detuvo.
Aspiró el aroma de su sexo tibio y húmedo, abrió con delicadeza sus labios inflamados, sopló apenas para apartar los rizos de cobre.
Luego lamió desde abajo, con lentitud, hasta el lugar en el que ella se estremeció.
Y allí, la lengua se hizo experta, firme, salvaje.
Carmela gritó —un grito pequeño, sincero, puro— sin saber que tenía voz para eso, sin saber siquiera que ese lugar tenía nombre.
Él le tomó la mano y la guio hasta su erección, desnuda ya, palpitante. Le mostró el ritmo, la pulsación viva de su deseo. Ella quiso corresponder, aprenderlo todo. Se inclinó hacia él, lo tomó en la boca con torpeza, pero con hambre. Lo besó como él la había besado: con el alma, sin dudas.
Cuando entró en ella, lo hizo despacio, con reverencia. Sintió la barrera, el pequeño dolor, y se detuvo. Pero ella no retrocedió. Lo miró, le ofreció su cuerpo por completo. Lo quería así: entero. Sin medidas. Sin pausas.
Él la tomó con firmeza, sin violencia, acariciándola con los dedos, lento al principio, más profundo después.
El sonido de sus cuerpos uniéndose llenó el aire.
El calor se volvió insoportable. Carmela no supo dónde acababa ella y dónde empezaba él.
Solo supo que su cuerpo, hasta ese momento suyo y solo suyo, ya no le pertenecía del todo.
Él la siguió, se dejó llevar. Cayó sobre ella con el cuerpo rendido, exhausto, latiendo aún. Se derramó en su vientre, en su centro. La abrazó como si pudiera guardarla dentro.
Y por un instante, no existió el tiempo.
Ella se tumbó sobre su pecho desnudo y Enrique prometió hablar con el padre de Carmela.
Le hablaría de su amor, le contaría que tenía un bonito piso en Ruzafa, que se ganaba bien la vida y podía mantener a su hija, que acababa de abrir su estudio de fotografía y que ya tenía mucha clientela entre las familias pudientes de la ciudad.
Estaba seguro de que le escucharía, seguro de que entendería.
Él lo solucionaría y podrían estar juntos para la eternidad.
Pasó el fin de semana y el traqueteo de la Vespa sobre los adoquines se fue alejando, haciéndose apenas perceptible hasta desaparecer.
Con el tiempo el ánimo de Carmela cambió. No permitió que el abismo que antaño la engulló volviera a por ella. Sabía —muy a su pesar— que Enrique quizás consiguiera hablar con su padre, pero que su madre no permitiría que estuvieran juntos.
Lo había tenido entero… y lo había perdido.
Enrique llegó a Valencia y decidió buscar a tu bisabuelo Vicente, trató de cruzarse casualmente con él, esperó en la puerta del Ateneo donde solía ir, no lo encontró.
Era tarde, nada se podía hacer.
Tu bisabuelo había sido víctima de un infarto fulminante que acabó con su vida antes de saber qué había pasado con la niña de su corazón y por qué la habían separado de su lado.
Enrique nada pudo hacer, esperó y esperó, ella no volvió a él.
Carmela se enteró del fallecimiento de su padre justo un mes después de que Enrique se fuera, y el abismo oscuro se acercó un poco, aunque ella no le dejó entrar, todavía.
—Para, para, para ... Entonces mi yaya volvió al funeral ¿o la bisabuela no le dejó?
—Carmela volvió a Valencia para el funeral de su padre, sí, pero inmediatamente volvió a Barcelona. Pasaron algunos meses y… bueno ella te contará parte de esa historia, yo pasaré un poco más adelante.
Marcela se levantó de su sillón, se acercó al mueble bar que había tras la puerta de cristal que separaba el porche del salón principal y trajo una botella de vodka, echó un chorro largo en su limonada y otro en la mía.
—Bebe, niña, nos va a hacer falta.
Bebí sin pensar, pero con la intuición de que algo grande, algo que se quedaría grabado en mi ser para siempre estaba por llegar. Recordé la angustia y el presentimiento de la mañana y lo supe; hoy algo iba a cambiar mi rumbo, algo se iba a quebrar.