Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 8 #2
15%

Capítulo 8 #2

Los días pasaron. Y con ellos, la paciencia y el empeño de sus tíos.

Le llevaban comida —sus platos preferidos—, pero ella no los miraba.

Le ofrecían dulces, algún pastelito recién hecho, fruta jugosa y madura, pero su mirada se quedaba suspendida más allá de lo visible.

Solo accedía, como mucho, a beber un par de sorbos de zumo o de leche. Y con eso —con apenas eso— sobrevivía.

El tiempo se volvió espeso, detenido. Su cuerpo se fue apagando, como una vela consumida por dentro. Lo poco que le quedaba de fuerza se le escurría entre los huesos, entre los dedos.

Y entonces, enfermó.

La fiebre la envolvió cálida. Temblaba, convulsionaba, y sus tíos, desesperados, llamaron al médico del barrio... y a su madre.

Tu bisabuela Elisa no apareció.

Pensaba que esa era su penitencia para redimir el pecado. Aprovechó para castigarla por los excesos que su padre había permitido. De todo ello la hacía responsable.

El médico la visitó a diario. Le administró fármacos, sedantes que aliviaban el alma más que el cuerpo, vitaminas para sostenerla en la orilla de la vida. Y, poco a poco —cubo a cubo, como quien saca agua de un pozo profundo—, Carmela logró sacar una mano del abismo.

Pero no bastaba.

Cada vez que la consciencia le traía de vuelta el recuerdo, el dolor, el tacto de la última vez… caía de nuevo, de golpe, sin red.

Fue entonces cuando su tía —su madrina—, desesperada por salvarla, le ofreció un trato con voz temblorosa:

Si comía, si se recuperaba lo suficiente, si encontraba dentro de sí una chispa de vida, le permitiría ver a Enrique. Un fin de semana. Solo uno. Pero juntos, allí, en casa. Podrían despedirse, como era debido.

Carmela aceptó.

Comenzó a comer. A levantarse. A dejar que su alma regresara poco a poco a su cuerpo. Centímetro a centímetro. Bocado a bocado.

Solo por verlo.

Aunque fuera por última vez.

Tardó más de un mes en comenzar a ser ella misma, y otro más en estar lo suficientemente recuperada como para verlo. Pero el tiempo —ese que nada cura, pero sí atenúa— logró que saliera del foso de su dolor, que su cuerpo recuperara, al menos en parte, las fuerzas necesarias para seguir adelante…

Y le escribió.

Le escribió para invitarle a volver a verla, con el corazón encogido por si él ya no estaba para ella; con dudas; con una esperanza emponzoñada por el sufrimiento.

Enrique viajó tres semanas después a Barcelona. Era mediados de octubre. El viaje fue largo… más por lo ansiado que por los kilómetros bajo la lluvia.

Carmela se levantó aquel sábado, se sentó ante el paciente tocador y peinó sus cabellos dorados. Pintó sus labios de un suave coral y se miró en el espejo.

El vestido largo y acampanado, verde, con grandes flores y mangas abullonadas, cubría discretamente su acentuada delgadez.

No creyó estar lo suficientemente hermosa para él, pero jugó lo mejor que supo sus cartas: se puso su perfume favorito y se sentó sobre la cama —demasiado pronto— a esperar.

El tiempo, denso y tortuoso, pasó lento mientras aguardaba oír el traqueteo de la Vespa sobre los adoquines de la calle principal.

Pero todo llega… si consigues aguantar.

Y Enrique llegó.

Y la vio.

No solo con los ojos que miran la superficie, sino con los que alcanzan el alma. Sintió su pesar.

Los cuerpos que se añoraban se fundieron en un abrazo interminable. Las bocas que se soñaban se unieron en un beso largo, agridulce, que contaba pena y desconsuelo.

Un beso que hablaba de la desesperación de las almas predestinadas que, aun amándose, han de separarse.

El tiempo era corto para los amantes que buscaban la eternidad, pero supieron cómo aprovecharlo.

Prepararon un día de playa: llenaron un cesto de mimbre con frutas jugosas, unas botellas de gaseosa, un trozo de bizcocho y dos bocadillos de atún, huevos duros y aceitunas.

Se tumbaron a la orilla. La playa, desnuda y quieta, reflejaba los ya cansados rayos de un sol otoñal que navegaba sobre la marea baja.

Recordaron el tiempo en que fueron felices: tan lejos, tan cerca.

Lloraron el tiempo que pasaron separados, y guardaron silencio, cogiéndose las manos en muda oración.

Los tíos de Carmela, que habían visto descender a los infiernos su alma, volvieron a ver una chispa en su mirada. Con la prudencia aprendida, les dejaron espacio para estar juntos y poco interfirieron.

A Enrique lo acomodaron en el taller del tío Cristóbal. Le pusieron un colchón con somier y una butaca. Él aceptó feliz.

Llegó la noche como humo de una vela: sinuosa y cargada de expectativas.

Carmela esperó a que la oscuridad y el silencio se cerniera sobre la casa con el peso de una sentencia inevitable.

Se puso el camisón blanco y largo, con puntillas de Valenciennes adornando el escote.

Peinó y perfumó su ondulado pelo, se cubrió con la bata de boatiné en color crema, con hilo dorado —la que le regaló su padre en las últimas Navidades— y, descalza, en silencio, bajó hasta la primera planta.

Se descolgó por la ventana por la que trepaba la buganvilla rosada y accedió al portón metálico del taller. La puerta lateral esperaba entreabierta y, sentado en la butaca, vestido con una gran sonrisa, pantalones de pinzas y camisa blanca, la aguardaba su príncipe.

Una botella de vino blanco y dos copas de cristal tallado brillaban en el suelo, sobre un pequeño pañuelo rayado en rojos y azules, reflejando la cálida luz de las velas que Enrique había preparado.

Sombras chinescas se proyectaban sobre las paredes bajas, cubiertas de estanterías repletas de herramientas.

Un platito con queso curado, unas uvas… y una pastilla de chocolate con leche para endulzar los besos.

Hay noches que no se buscan.

Simplemente… llegan.

Se cuelan sin permiso, sin aviso,

y cuando te das cuenta, ya lo han cambiado todo.

No traen promesas. No ofrecen futuro.

Solo la certeza punzante de que no habrá otra.

Hablaban en susurros, como si el mundo pudiera quebrarse al alzar la voz.

Entre promesas que sabían a quimeras. Se comían los silencios con bocados de queso curado, se bebían uno al otro a sorbos lentos de vino blanco, dejándose el alma tibia en cada mirada, en cada roce.

Y mientras la noche avanzaba sin pedir permiso, endulzaban el imposible futuro con trocitos de chocolate que se derretía entre los dedos como su esperanza.

La noche se volvió densa, larga, inevitable.

Los besos se hicieron más hondos, ya sin cautela, ya sin tiempo.

Él la besó con hambre enfermiza y ella respondió sin miedo.

El deseo contenido estalló bajo la piel, en silencio, sin recatos, sin prejuicios.

Sus cuerpos se buscaron más allá de lo permitido, más allá de lo prudente, y ya no hubo retorno.