Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 8
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Capítulo 8

Si las palabras fueran puñales yo ya estaría muerta

Pasó el fin de semana, pasó el drama, la felicidad y el dolor.

Recordaba vagamente lo que había pasado la noche del sábado, recordé el ultraje hacia mi cuerpo, vagamente. Me sentía con miedo y una sensación entre repulsión y asco. Y recordaba una mano que me tocaba con cuidado y una voz:

—Marina.

Podía ver unos ojos pardos que me miraban con fijeza y, a la vez, con una pasión contenida y recordé su nombre: Quique.

El martes por la mañana me desperté con esa sensación extraña que se instala en el cuerpo antes de que la mente pueda entenderla. Una inquietud sorda, persistente, como si algo —aún sin forma ni nombre— estuviera a punto de suceder. No sabía si sería algo bueno… o, lo más probable, algo peor.

El cuerpo se pone en modo alerta: los sonidos se magnifican, puedes oler a larga distancia, la mente capta cualquier variación en el entorno… y los músculos se tensan, listos para huir.

Esa mañana, podía oír con nitidez a mi vecina preparándose el desayuno mientras canturreaba. En la calle, un gato reclamaba comida con un maullido lastimero.

El aroma empalagoso de las algas rojas se aferraba al aire de la playa. El del café recién hecho, procedente del bar de abajo, ascendía sin permiso hasta instalarse en mis fosas nasales.

Mis piernas estaban tensas. La cabeza, adelantada a mis hombros, precedía a mis pies como si quisiera echar a correr. Todo mi cuerpo se preparaba para una escapada invisible. Algo iba a cambiar… algo que no esperaba.

~~~

Conduje durante más de tres horas hasta llegar a la casa de Marcela, en Bronchales. Vivía en una vivienda blanca de montaña, con tejado a dos aguas de madera oscura.

Una parcela en la parte frontal hacía las veces de aparcamiento.

Al lateral, el jardín como centro de un espacio bien cuidado.

El césped, recién cortado, desprendía un aroma limpio y punzante.

En cada esquina, un gran abeto delimitaba la propiedad, flanqueado por setos perfectamente redondeados, como grandes bolas de Navidad.

Un hermoso porche entarimado en roble viejo se asomaba al jardín. Vestido con una gran mesa de la misma madera, barnizada, y ocho sillones con cojines blancos, invitaba a sobremesas eternas entre familia y amigos.

Aquí y allá, macetas con geranios de colores variados completaban el conjunto. Todo evocaba hogar, veranos tranquilos, arraigo… noches de tertulia, infancia, y mucho amor.

Allí nos sentamos las dos frente a una jarra de limonada y galletas de canela recién horneadas.

El aire olía a montaña, a ozono, limpio y fresco. La temperatura era mucho más fresca que en Valencia y me puse una chaqueta de punto que había traído previsoramente.

Marcela me recibió con cariño, como siempre y con una sonrisa en los labios.

Para su edad, era una mujer que se conservaba muy bien, llevaba el pelo corto, rubio oscuro, con una mecha clara que iluminaba su cara limpia y cuidada.

Vestía pantalones sueltos y una camisa blanca arremangada a medio brazo, siempre fue una mujer moderna, practicaba yoga desde joven, eso hacía que se conservara en forma.

—Cariño, ¿qué tal estás llevando todo esto? ¿Cómo estás?

—Oh, Marcela, estoy bien, con tanto jaleo el duelo se me está pasando casi sin darme cuenta.

—Ya, hija, claro

—Y tú, ¿cómo lo llevas?

—¿El duelo? Bien, chiquilla. Carmela y yo nos despedimos cómo debe ser, hablamos todo lo que antaño tuvimos que callar, reímos, lloramos y recordamos nuestra larga vida juntas, porque siempre estuvimos juntas, en lo bueno y en lo peor.

Vivimos una infancia feliz, fuimos unas jovencitas alegres y luego vino lo no tan bueno...

y también lo compartimos y lloramos juntas cada pena, cada pérdida, cada dolor.

—Marcela, ¿sabes por qué estoy aquí?

—Claro, niña, cómo no voy a saberlo.

Rio abiertamente y me dio unas palmaditas en la mano.

—Bebe un poco de limonada y come algunas galletas, el día va a ser duro, créeme, y vas a tener que cargar con una historia que pesa como la losa que cubre a Carmela, pero sé que eres fuerte, como ella, y sabrás gestionarlo.

Sé que vienes por la segunda caja, pero antes de dártela has de saber de la vida de tu yaya y te aseguro que no es nada fácil para mí desenterrar los recuerdos sepultados tan hondo…

hace tanto. Pero así lo quería Carmela y así lo haremos.

Me volvió a sonreír, pero está vez su sonrisa era triste, contenida, y sus ojos miraron hacia abajo un instante y volvieron a buscar los míos. Se recostó un poco en el sillón de mimbre, suspiró y apretó con sus manos entrelazadas.

—Comenzaré por la parte que tu yaya no te contó y partiré desde el momento en que tu bisabuela Elisa descubrió el romance entre Carmela y Enrique, quizás algo antes.

Todo lo anterior y lo siguiente te lo cuenta ella misma en la carta que ya posees y en la que, si decides seguir, después de esto tendrás.

Felipe era un médico con muy buena reputación y nombre entre la alta sociedad valenciana. Era bastante mayor que nosotras, un hombre apuesto, de buen ver.

Una noche de marzo de 1962 un conocido de la falla Convento Jerusalén, cuya familia acudía a su consulta casi semanalmente, puesto que tenían un hijo muy flojito que padecía de enfermedades pulmonares, le invitó a acudir a la gala del parador So Nelo.

Él no tenía muchas ganas de acudir, ya que nada tenía que ver con el mundo fallero, pero pensó que quizás podría conocer a la próxima señora de Gastaldi entre la alta sociedad de la Valencia fallera.

Así lanzados los dados del destino, se calzó su mejor traje y dirigió sus pasos hacia la calle Játiva.

Estaba sentado en su mesa tomando una copa de buen vino cuando una muchacha le llamó especialmente la atención.

Carmela llevaba un precioso vestido de gasa azul, como sus ojos, larguísimo y vaporoso, con un elaborado drapeado en el pecho, bordado con diminutas perlas blancas que parecían copos de nieve cayendo de un cielo claro.

El pelo recogido en un moño flojo dejando sueltos algunos rizos que enmarcaban su blanco rostro, no utilizaba coloretes, sus mejillas siempre tenían un tono coral natural, se pintó los labios dos tonos más fuertes que su propio color, rizó y tintó sus pestañas con oscuro rímel.

Para la ocasión marcó la raya de sus ojos con lápiz negro y añadió un tono azul brillante a sus párpados.

Estaba preciosa.

Entró en el So Nelo del brazo de su orgulloso padre y disfrutó de la noche bailando con algunos pretendientes que se lo propusieron, no paraba de reír.

Felipe, en cuanto vio a Carmela, se encaprichó de ella, le pidió un baile y ella se lo concedió, solo uno.

Ella lo olvidó al instante, él se obsesionó con ella.

Durante los siguientes meses la buscó en cualquier lugar al que ella acudiera.

La observaba, la estudiaba; su manera de morderse el labio cuando estaba nerviosa, la forma en que se apartaba el pelo rojo detrás de las orejas, su postura cuando alguna conversación se le hacía cargante…

y decidió que ella era la elegida, que lograría a esa mujer hermosa, sofisticada, perfecta como el hermoso traje que lucía.

Uno de esos días, en un acto cualquiera, fue cuándo se dio cuenta, observó que un joven fotógrafo, al que no había dado importancia pero que había visto en muchas otras ocasiones, hablaba con Carmela, ella mordió su labio inferior mientras ladeaba la cabeza buscando sus ojos, él le sonreía con la mirada, sus dedos se rozaron y ella no se apartó.

Montó en cólera, fue hacia ellos y empujó a Enrique con los hombros, le tiró la cámara al suelo, salió raudo y no se disculpó.

Empeñado y obsesionado con Carmela, pasó varias noches en vela pensando que otro hombre podría apoderarse de su pastel, la vigiló, la siguió y finalmente urdió un plan.

La bisabuela Elisa, que se quejaba de cien males y ninguno padecía, fue invitada a la consulta del buen doctor, él, siempre amable, le enseñó su casa, y le mostró la consulta presumiendo de las familias que acudían a él.

Zalamero comenzó a tratarla de esto o aquello y esperó el momento preciso para lanzar su anzuelo.

Cuando ocurrió el momento fatal y Elisa se llevó a Carmela a Barcelona él lo supo, preparó su casa, su mente y en pocos meses habló con Elisa y le dijo que estaba interesado en su hija.

Después de que Elisa sorprendiera a Carmela y Enrique en el portal y que todo se destapara, tu bisabuela llevó a su hija, rota y desmadejada lejos de Valencia, a casa de su hermana en Barcelona.

Carmela llegó a Barcelona con la voz desgarrada de tanto gritar sin ser oída, arrastrando ese dolor mudo de los incomprendidos. Llegó con el alma hecha jirones por la injusticia, los ojos hinchados de tanto llorar lágrimas sin rumbo, sin cauce, sin destino.

La confinaron en un cuarto alto, donde entraba el sol del mediodía cuando no era bienvenido.

El viento del mar se colaba por la gran ventana, refrescando la estancia.

Una gran cama la aguardaba en el centro, vestida con una colcha de boatiné en tonos cálidos a juego con el cabecero blanco, de madera, que tenía pintado un ramillete de hortensias azules justo en el centro.

Frente a ella, un armario con sendos ramilletes haciendo juego y tiradores de cristal azul.

A su derecha, un tocador con banqueta tapizada en terciopelo crema esperaba —paciente— a que un día se le ocurriera peinarse.

Una lámpara de cristal colgaba del techo, con cuatro tulipas blancas que iluminaban sin molestar.

Ella nada de eso vio.

Se dejó caer en la cama como si se arrojara desde una gran altura, con el cuerpo roto y la voluntad extraviada. Se abrazó a sí misma, pequeña y frágil, y descendió sin resistencia al fondo de un abismo sin nombre. Un lugar donde no existía el llanto, ni el consuelo, ni siquiera la rabia.

Solo silencio.