Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 7
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Capítulo 7

Si no lo piensas, no existe

La casa se me caía encima. Me faltaba el aire y la ansiedad me arañaba por dentro.

No era lo bastante grande para contener mis pensamientos.

Deambulaba por las estancias como un alma en pena, ociosa, sin rumbo, sin sentido.

Y entonces lo supe: tenía que irme. Me iba a Jávea.

Quizá encontrara algún amigo, y si no...

siempre me quedaba mi gran compañero azul.

Ese mar inmenso que, con su vaivén, sabía cómo relajar mi alma.

Y me fui.

~~~

El apartamento de Jávea estaba vacío. Mis padres llevaban unos días en Valdelinares. Era sábado, y el domingo 23 caía en noche de San Juan. Buen fin de semana para huir. Para empezar algo. O terminarlo del todo.

Abrí la puerta por primera vez en dos años. El olor a salitre y aire caliente me golpeó en la cara como un soplo de memoria. Corrí las cortinas, abrí el gran ventanal que se asomaba directo a la playa. Arena blanca, palmeras. Y, al fondo, mi azul. Perpetuo, infinito. Allí estaba. Esperándome.

Bajé descalza a la cálida arena, sintiendo el cosquilleo de miles de granos dorados colándose entre mis dedos.

Dejaba huellas profundas con cada pisada, marcas huecas que se hundían en paralelo por la orilla.

Me acerqué al mar sin detenerme, y el agua lamió mis pies con su lengua fría y húmeda.

Instintivamente me retiré. Pero, como las olas, volví. Y esta vez para quedarme.

Avancé hasta donde el mar me abrazaba por la cintura. El agua estaría a unos veinte grados; agradable, sí, pero todavía demasiado fría para mi cuerpo. La piel se me erizó, y aunque no tenía un espejo, juraría que los labios se me habían teñido de azul.

Pero era un frío anhelado. Había deseado tanto volver a sentir la ingravidez del mar, el frescor calándome los huesos, la sal estirando mi piel, que aquel escalofrío me pareció casi dulce. Un sacrificio necesario.

Miré al horizonte, allí donde los azules del cielo y el mar se confunden sin límites. Una gran gaviota de alas blancas con puntas negras atrapó en pleno vuelo a un pez que había saltado segundos antes. Y fue entonces cuando lo decidí. Me zambullí.

Una gran ola pasó sobre mi cabeza. Esperé.

No pensé. Dejé que mi cuerpo flotara, mecido por el balanceo constante del agua.

Sin sentir. Sin pensar. Salí del mar y me tumbé en la arena, sintiendo como el sol calentaba mi piel y me secaba lentamente, con el calor en mi rostro y el suave canto del mar acabé durmiendo y soñándome en otra época donde la despreocupación imperaba y los días de ocio y risas se superponían imposible de distinguir uno de otro, días de amigos, fiestas y playa, noches eternas, tardes tranquilas...

~~~

—Buenos días, dormilona

Escuché cuando salía del sueño profundo.

—Abrí los ojos y ahí estaban Javi y Sandra, Carla, Gloria y Carlos, mis amigos.

Me recibieron con un gran abrazo, muchas risas y gran alboroto.

Nos contamos nuestras inquietudes y proyectos mientras la tarde avanzaba, el brillo del sol fue apagándose, la arena poco a poco se fue refrescando, el húmedo y salado viento calaba y el cielo se tiñó de púrpura, carmesí y oro.

—Esta noche podíamos celebrar que estamos todos juntos —dijo Carla esperanzada—. Salimos a cenar… bebemos unas copas y quizás podamos acabar la noche en Cocoloco, como cuando éramos unos críos.

—Ja, ja, ja, pues claro. —Rio Gloria, Carlos cogió su mano cariñoso y asintió.

Lo cierto es que me hacía ilusión volver a salir como cuando las preocupaciones eran tan nimias que apenas tenían sentido, como cuando lo más importante era qué ropa o zapatos te ponías para salir esa noche, porque cuando se es joven y son pocas las obligaciones tu mente fluye libre…

y es feliz, sin proponérselo, sin esfuerzo.

Cenamos en un chiringuito del paseo al que solíamos acudir a menudo, bravas, chipirones plancha, tellinas y unos bocadillos para compartir, un buen trozo de tarta casera de chocolate, de la que hacía Mati, la dueña, como ella decía, buena pared para lo que beberíamos después.

No dejamos nada por contar, hablamos sin cesar y compartimos nuestras experiencias cómo adultos, reímos, gritamos y bebimos… más de la cuenta.

Cuando pasaron las horas y la noche se hizo profunda, en los pubs de la zona el ambiente espesaba, el suelo estaba cubierto de una sustancia pegajosa que dificultaba levantar los pies del suelo y el alto grado de alcohol en el cuerpo hacía que la mente se nublase, las situaciones se volvían irreales, los sentimientos se magnifican, aquí y allí se reía exageradamente, se lloraba sin consuelo o se bailaba con demasiado sentimiento.

El alcohol —y en algunos casos lo que no lo era— concedían la falsa promesa de que todo era posible inhibiendo la cordura, perdiendo la compostura.

Me quedé sola en la barra, incapaz de salir a bailar con Carla y Gloria que se movían sin control en la pista mientras derramaban el gin tonic espesando aún más —si eso fuera posible— la capa de mugre pegajosa del suelo.

—¿Marina?

—Ehhh ¡Rodri! ¿Qué tal?

Rodrigo y yo habíamos tenido algún encuentro frugal hacía ya muchos años, cuando el contacto físico se limitaba a noches de besos y algún toqueteo controlado, recordamos viejos tiempos y él me invitó a una copa… y a otra.

Se lanzó a mi boca y yo le seguí, sé que no estaba en mis cabales, porque de otro modo le habría rechazado de pleno, siempre me pareció demasiado libidinoso.

No sé cómo, no sé por qué, pero acabamos en el parking, vomité, sé que lo hice porque sentí el olor agrio en mi nariz y un horroroso sabor ácido en la boca.

No me tenía en pie, debí haber parado de beber hacía bastantes copas. Pero no lo hice.

La sinrazón dominaba mis sentidos, no controlaba mis movimientos y mucho menos a Rodrigo.

Se propasó.

Aprovechó la ocasión, intenté zafarme, le grité, le golpeé torpemente, mientras él bajaba mi pantalón y me inmovilizaba con sus brazos, grité, sé que grité tan fuerte cómo pude, pero a mi alrededor no había nadie que pudiera ayudarme.

Vi llegar un coche blanco, las luces nos enfocaron en el momento en que yo propinaba puñetazos a mi conocido agresor y él se bajaba los pantalones con la peor intención.

Arrancó, vino de cara hacia nosotros.

Rodrigo no se dio cuenta, le cegaba la lujuria y la alcoholemia.

Salió del coche hecho una furia, agarró a Rodrigo del cuello de la camisa, le propinó un fuerte puñetazo.

Rodrigo se balanceó y trató de devolverle el golpe, pero no acertó.

—¡Vete! ¡Ya! —gritó mi salvador.

Rodrigo salió corriendo hacia la negrura de la noche.

—Marina, Marina, ¿estás bien?

Estaba nervioso, tenso, muy enfadado, comenzó a inspeccionarme evaluando hasta dónde había llegado el malnacido de Rodrigo.

Giró mi cara nervioso a un lado y al otro: un moratón en la cara.

Inspeccionó mi cuello: un chupetón.

Buscó en mis piernas y brazos: varios golpes y algún arañazo.

Nada para lo que podía haber sido… pero gruñó de rabia, estaba encolerizado, con voz seria y los puños apretados, me pidió que volviera con mis amigos «ahora».

Me llevó él mismo, rápido pero con cuidado de no dañarme, me metió en el pub y buscó a Carlos, el único que no bebía, nunca.

No sé qué le dijo, ni qué le pidió, discutieron un momento y se acercó de nuevo a mí.

—Marina, he de irme, Carlos te llevará a casa inmediatamente y se ocupará de que estés bien.

¿Le conocía?

—Marina, mírame.

Su voz me atravesó como un hilo eléctrico. Era grave, conocida. Un recuerdo que mi mente no pudo identificar de inmediato, pero que mi cuerpo sí. Lo reconoció antes que mi conciencia, como se reconoce una vieja melodía o el olor de un ser amado.

Y entonces lo vi.

No con claridad —no en ese momento turbio de confusión, miedo y alcohol—, pero sí lo suficiente como para que una parte dormida de mí despertara de golpe.

Él estaba ahí. Firme. Tenso. Con los ojos encendidos por una furia que no era solo por lo que acababa de presenciar, sino por algo más profundo, algo que ardía bajo su piel desde hacía tiempo.

Mi garganta se cerró y las lágrimas me nublaron los ojos, pero aun así logré susurrarlo, con la voz hecha pedazos y el alma encogida:

—Quique... Oh, Quique...

Su expresión cambió como si esas dos sílabas tuvieran el poder de romperle por dentro.

Sus facciones, endurecidas por la rabia, se ablandaron en un segundo.

Bajó la mirada y, durante un instante, pareció rendirse ante algo más fuerte que él.

Me sonrió. Apenas. Una mueca triste, casi culpable.

Y ese gesto me traspasó más que cualquier palabra.

Se acercó un paso. Me rozó el rostro con el dorso de la mano, lento, como si temiera quebrarme.

Sentí el calor de su piel, la tensión contenida en su cuerpo, el deseo feroz de abrazarme, de quedarse, de protegerme.

Pero también sentí la distancia, ese muro invisible que aún no sabía por qué existía.

—Lo siento, Marina —dijo, con voz ronca, baja, íntima—. He de irme.

Y se fue.

Lo vi alejarse con el pecho encogido y el corazón apretado, mientras mi cuerpo clamaba por él.

Mientras una parte de mí gritaba que se quedara, que no desapareciera otra vez.

Pero no dije nada. Solo me quedé allí, rodeada de caos, deseando que aquella noche, en otro universo más justo, hubiera terminado con sus brazos envolviéndome y su voz susurrándome que todo iba a estar bien.

Quique

Me sentía destrozado por tener que dejarla en aquella situación, pero tenía que impedir que el malnacido de Rodrigo continuara abusando de las mujeres de la zona.

Llevábamos siguiéndolo medio año, desde que varias chicas que frecuentaban la zona de ocio habían denunciado abusos y, en dos casos, violación por parte del susodicho.

Subí a toda prisa al coche patrulla, aparcado en la parte trasera del local, oculto por la oscuridad de la noche y por dos furgonetas que obstaculizaban la visión.

Arrancó con ímpetu y seguí los pasos de Rodrigo.

Lo encontré a unos metros de un pub cercano, impasible, sin remordimientos ni conciencia de falta.

Lo agarré por sorpresa del cuello de la camisa y tiré de él hacia la espesura de la noche. En un parque silencioso y vacío, protegido por la impunidad de la oscuridad que proyectaban los árboles, le propiné un par de puñetazos y me contuve de no seguir machacándolo.

—No te mereces que pare, cabrón. ¿Qué buscabas en el pub? ¿Otra víctima para tu deleite?

Le puse las esposas y lo empujé hacia el coche policial.

—¿Quién te has creído que eres? ¿Superman? Te voy a denunciar por violencia policial.

Rodrigo reía con ironía, como si el asunto no fuera con él. Era un niño rico, acostumbrado a que su papá le resolviera todos los problemas y tapara sus fechorías.

—No te vas a salir con la tuya. Mi padre tiene buenos abogados y me sacará de esta.

Ardía de ganas de reventarle la cara; el simple hecho de contenerme me producía un fuerte dolor en el pecho que me dificultaba respirar.

—Eso lo veremos —le contesté.

Lo subí al coche, le leí sus derechos mientras Rodrigo sonreía con la tranquilidad de los psicópatas faltos de empatía, me aseguré de que no pudiera escapar y arranqué el coche hiperventilando y apretando el volante con furia.

—A todas las unidades, Jávea 2243. Tengo al sospechoso de agresión sexual en el coche. Me dirijo a comisaría son las dos cuarenta y ocho de la madrugada, el sospechoso se llama Rodrigo Bonafont, tardaré cinco minutos.

El coche patrulla chirrió al detenerse frente a la comisaría de Jávea. Aún con la respiración agitada, bajé del asiento del conductor y abrí de golpe la puerta trasera. Rodrigo salió arrastrando los pies, esposado, con esa sonrisa insolente que me hervía la sangre.

—Camina —ordené con voz grave, sujetándolo del brazo.

Los agentes que estaban de guardia en la entrada se quedaron tensos al verme llegar.

Yo investigaba a Rodrigo desde hacía tiempo en Madrid. Se habían producido varios abusos y violaciones que conducían directamente a él.

Cuando se creía cerca de ser descubierto siempre volvía a su casa, a Jávea, al amparo de su familia. Pero era un perturbado y siempre reincidía.

Le seguí en una operación especial. Me destinaron a Jávea de manera temporal hasta que el caso se resolviera y durante un tiempo estaría por Valencia.

El veterano García, con bigote canoso, arqueó las cejas.

—¿Qué me trae, capitán Ruiz? ¿Usted solo?

—Sí —escupí, con los ojos clavados en Rodrigo—. Este hijo de puta no iba a escaparse otra vez.

Rodrigo rio con descaro.

—Qué honor, el mismísimo capitán jugando a poli de calle. ¿Qué pasa, Ruiz? ¿Te crees el héroe de la película?

Lo empujé hacia el vestíbulo, la luz fría contrastaba fuertemente con la iluminación más cálida de las farolas en la noche.

Las paredes encaladas estaban adornadas con fotografías de presuntos delincuentes y algún desaparecido, el mostrador con papeles amontonados, y un sutil olor a sudor y café inundaba la comisaría.

—Avanza, Rodrigo, se te ha acabado la fiesta.

Rodrigo giró la cabeza y lo miró con burla.

—Cuando mi padre llegue con sus abogados, me sacaré la foto sonriendo en la puerta… y tú quedarás como un payaso.

Los dos agentes que acompañaban la escena se miraron incómodos. Sabían cuánto me costaba contenerme. Respiré hondo, apretando los dientes. Había una línea que no podía cruzar.

—Registro completo —ordené a mis hombres, sin apartar la vista del detenido—. Que conste cada detalle en el parte. Y llamad ya al juez de guardia en Dénia.

Rodrigo soltó otra carcajada.

—¿Y qué más? ¿Me pondrás una cama de pinchos?

Di un paso al frente, quedando a escasos centímetros de su rostro.

—Lo único que vas a tener, Rodrigo, es un banco de cemento y tiempo suficiente para darte cuenta de que ya no eres intocable.

—¿Amenaza, capitán? —susurró Rodrigo, alzando una ceja.

—No. Una promesa —contesté, seco.

Con un gesto, los guardias lo condujeron por el pasillo hasta la zona de calabozos. El sonido de las llaves girando y el portazo metálico culminó el momento.

Me quedé inmóvil unos segundos, con el pulso aún acelerado. Después miré a mis hombres.

—Quiero todo limpio y en regla. Este cabrón tiene detrás un ejército de abogados, pero no van a encontrar ni una grieta. ¿Está claro?

—A la orden, mi capitán —respondieron casi al unísono.

El silencio volvió a llenar la comisaría. Desde el calabozo, la risa apagada de Rodrigo resonaba como un eco de desafío. Cerré los puños, clavando las uñas en la palma. Esa noche no dormiría, pero estaba convencido de algo: esta vez no se me iba a escapar.

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