Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Me retiré al baño alegando malestar. Crucé la puerta con el símbolo de un triángulo que, años atrás, había diseñado ingeniosamente una compañera cuyo nombre ya no recuerdo; el de hombres era, sencillamente, un palito. Ingenioso o cruel, según se mire.

Me aseguré de que no hubiera nadie tras las tres puertas interiores y cerré el pestillo de la entrada.

El cerrojo había sido instalado con premura después de aquel escándalo de verano, cuando a Marieni la sorprendieron en pleno jolgorio con su joven ayudante Raúl.

Desde entonces, el baño era el único lugar de la redacción donde una podía respirar tranquila.

Me miré en el espejo. Sonreía. La imagen frente a mí también lo hacía. ¿Cómo era posible que, justo cuando más lo necesitaba, la vida me concediera un respiro? ¿Destino? ¿Karma? ¿Dios? Al final, todas esas palabras vienen a significar lo mismo.

Lo que sí sentí con una claridad casi física fue la presencia de mi yaya.

Como si hubiese estado allí, sentada a mi lado mientras Marieni hablaba.

Como si hubiera tomado mi mano, con esa firmeza amorosa suya, para decirme sin palabras: «Ahora, ve.

El tiempo que te han dado es para mí. Para nosotras».

Salí del baño con una serenidad nueva. Me acerqué a mi mesa.

Las miradas desde los cubículos eran inevitables: ojos curiosos que habían presenciado mi entrada en el despacho de la jefa y ahora intentaban adivinar mi destino.

Puse cara de circunstancias. Que especularan.

Estaba segura de que, en cuanto abandonara la redacción, más de uno saldría disparado a preguntar qué había pasado con Marina.

Me disponía a recoger algunos dosieres de los muchos que había acumulado durante mis dos años como autora de la columna La historia del vestir. Abrí cajones, revolví carpetas, desordené estantes, busqué en el fichero… Nada.

—¡Cristina! —llamé, alzando la voz sin pudor—. ¿Dónde se supone que están los ficheros de La historia del vestir?

—¡Lidia! Ven a-hora mis-mo.

Ambas aparecieron con cara de culpa.

—¿Me podéis explicar por qué no están en su sitio mis cuadernos y ficheros?

—Ohhh, pues…

—Los tengo yo —dijo una voz masculina detrás de mí.

Y ahí estaba. La madre que lo trajo. Gabriel. Gabi. Mi acosador infantil.

—¿Y se puede saber qué te da derecho a tener mi trabajo?

—Tranquilízate, Marina. Respira hondo —contestó, forzando una sonrisa. Me temía. Lo supe.

De niños, Gabriel se empeñaba en estar siempre a mi lado.

Pero su torpeza emocional se traducía en empujones, coletazos y bromas pesadas.

Un día, harta de sus asedios, le propiné un puñetazo tan certero que lo tumbé.

Cayó redondo. Los niños —siempre crueles— se rieron de él sin piedad.

Todos, excepto el hermano de Nita. Lo recordaba bien: alto, desgarbado, con unos ojos que me miraron con algo que no supe identificar entonces… ¿Incredulidad? ¿Asombro? No. Orgullo.

—Solo reorganizaba el espacio —continuó Gabriel—. Mientras tú descansas, ocuparé tu despacho. ¿Te parece bien, o… me vas a volver a pegar?

Cristina abrió los ojos como platos. Lidia, la boca.

—A vuestros asuntos —dije, sin quitarles la vista de encima. Salieron como si el suelo quemara.

—Perdona, Gabriel, pero… ¿qué haces tú aquí?

—Oh, pues ya ves. Buscaban a alguien para un puesto temporal y me presenté.

—No te recuerdo de la uni.

—No me recordarás porque estudié en Barcelona.

—Ah, vaya.

—Pues sí. Ya ves.

—Y dime, Marina, ¿qué tal te va por Madrid?

—Bien. Ahora vuelvo a Valencia, a resolver unos asuntillos. Pero seguro que estaré a menudo por aquí.

Cada vez que veía a Gabriel me asaltaban sentimientos encontrados. Por un lado, arrepentimiento —nunca debí haberle pegado—. Por otro lado, una antipatía inexplicable. No sé si era su aire de chulito, su forma de arrastrar las sílabas o ese vago olor a pachuli, tabaco y carajillo mal disimulado.

En ese mismo instante, estaba empezando a contarme algo sobre un máster… bla, bla, bla…

—Mira, Gabriel —interrumpí, cerrando la puerta con una sonrisa amplia y peligrosa—, te voy a decir un par de cosas.

Me acerqué con calma.

—Como en veinticuatro horas no esté cada carpeta, cada papel e incluso cada bolígrafo exactamente en el lugar en el que lo dejé, te reviento la nariz otra vez. ¿Te queda claro?

—Solo quería un poco de espacio para mi trabajo…

—Búscalo en otro lugar.

Me di la vuelta sin esperar réplica. No quería verle la cara. Ni oler su perfume.

—Claro, señorita Pérez de Ayala. Cómo no…

Cuando ya tenía una mano en el picaporte, le oí decir:

—Recuerdos de Quique.

No le seguí la corriente. ¿Quique? ¿Quién es Quique?

Fui directamente al despacho de Marieni. Le lloré lo justo. No era una mujer de corazón blando, pero tenía claro que yo tenía prestigio, experiencia y criterio. ¿Y Gabriel? ¿Qué podía aportar un pusilánime con delirios de grandeza?

—Ha entrado recomendado por un alto cargo de la central de París —me dijo, casi disculpándose.

Fantástico. Para algo le habían servido los másteres.

~~~

Volví a mi tierra natal en junio, y en la tierra de las flores, de la luz y del amor, el aire olía a rosas, lirios y lavanda.

El sol caía con fuerza, impasible, mientras las parejas paseaban juntas —codo con codo, pero casi sin tocarse— vencidas por el calor sofocante.

El aire arrastraba salitre desde la costa, y la humedad pegajosa hacía que cada respiración se sintiera como una tarea en sí misma.

Me instalé en el ático con lo justo para una temporada corta: un par de vaqueros, dos vestidos frescos, dos pares de zapatillas cómodas, unas sandalias, mi perfume de verano preferido —Jasmin Rouge de Tom Ford— y tres, o tal vez cuatro, bolsos.

Empeñada en descansar, poner en orden mis ideas y empezar, por fin, a desentrañar los retos que Carmela me había propuesto.

✓ Dosier: «Tejidos del siglo XVII-XVIII», recopilado por mí y rescatado de la oficina después de que el insoportable Gabriel lo relegara a una caja en el cuarto archivador.

✓ Imagen a color del espolín de la yaya, creada por el tío Vicente.

✓ Caja de los secretos de Carmela.

✓ Una bolsa —enorme— de chuches, indispensables para afrontar todo esto.

✘ La certeza de por dónde empezar.

Había llamado a Marcela la noche anterior.

Se encontraba en Benidorm, de viaje con el Imserso, y no volvería hasta el lunes.

Quedamos en vernos el martes por la mañana, en su casa de Bronchales, a eso de las once.

Así que tenía por delante cuatro días para reflexionar, ordenar mis pensamientos y decidir si, de verdad, iba a atreverme con la segunda caja… o me quedaría para siempre con la duda.

Ay, Carmela… en la que me has metido.

Se me ocurrió que tal vez sería una buena idea contactar con los telares de Garín, donde —según me había dicho el tío Miguel— se había confeccionado el espolín de la yaya.

Llamé por teléfono. Me atendieron con amabilidad y me invitaron a visitar los talleres en Moncada.

Aceptaron ayudarme en todo lo que estuviera en su mano.

Me presenté al día siguiente en la Casa Garín.

Aunque sus raíces eran aún más antiguas —la familia comenzó a fabricar seda en el siglo XVIII en la Plaça dels Porxets, en el corazón de Valencia—, fue en 1820 cuando don Mariano Garín Aguilar estableció formalmente la empresa en la calle Quart, muy cerca de las torres homónimas que en su día formaron parte de la muralla de la ciudad.

Con esfuerzo y constancia, la empresa fue creciendo, adquiriendo telares propios y consolidando un legado.

En 1890, la Sociedad Obrera del Arte Mayor de la Seda los nombró «socios honorarios».

Con el tiempo, la fábrica se trasladó a Moncada, dejando atrás su sede original.

En 1986 sufrieron un incendio que afectó gravemente a uno de los módulos de telares.

Sin embargo, lograron salir adelante. Hoy, Garín continúa en activo, confeccionando espolines de seda de forma artesanal, exactamente como en 1961, cuando se realizó el espolín Valencia de mi familia.

Me invitaron a visitar el Museo de la Seda de Moncada, un espacio donde se preservan tanto la historia como las técnicas ancestrales del espolín.

Les di las gracias y pasamos a una sala que me resultó familiar al instante.

Allí comprendí lo que Carmela quiso decir en su carta al hablar de «estantes llenos de flores de colores»: decenas de carretes de hilos de seda brillaban como un campo en flor, dispuestos con un orden cromático fascinante.

Gamas de rojos intensos, azules profundos, amarillos como miel, verdes de hoja nueva y metales dorados y plateados lucían majestuosos bajo la luz.

Y entonces lo vi.

Mis ojos se toparon con un corte de tela que se parecía tanto al que buscaba que el corazón me dio un vuelco.

Era un espectáculo de color y elegancia.

Las flores reinaban sobre un fondo blanco perlado, con brocados azules, rosados y naranjas.

No era exactamente como el de Carmela, pero me tocó el alma.

Amor a primera vista. Aquellos pequeños zapatos de la yaya me habían conmovido, sí, pero contemplar un corte completo en toda su solemnidad era otra cosa. Me deslumbró.

Le hablé a la representante de la casa Garín de mi abuela y de su espolín. Me escuchó con atención, con afecto. Me animó a comenzar la búsqueda y me ofreció su ayuda para lo que necesitara.

Era viernes. La decisión estaba tomada mucho antes de que me diera cuenta; no había ya nada más que pensar.