Capítulo 6
Dime dónde he de aparcar este dolor
Hay un lugar al que van los amores perdidos, los que se perdieron y los que no llegaron a ser. Allí se esconden los sueños rotos, las promesas no cumplidas, las desilusiones que vagan sin rumbo.
Un rincón silente, donde ya no brotan lágrimas, porque reina el dolor seco, mudo, sin consuelo.
Está oculto, sí… pero siempre vuelve.
Regresa con su peso invisible y se instala justo entre la boca del estómago y el corazón, oprimiendo el pecho hasta que duelen las costillas y te retuerces.
Y entonces lo sabes: ese dolor viene a recordarte lo que el tiempo te robó.
Lo que ya no será.
Lo que dejó de existir.
Lo que se perdió… para siempre
Sequé mis lágrimas con el dorso de la mano. Sentía una pena iracunda, una rabia sorda, por la oportunidad de un amor robada, por el dolor de Carmela, también por él.
Nunca había experimentado ese tipo de dolor por amor. A juzgar por las palabras de mi yaya, no creía haberme enamorado nunca.
Había tenido algunos amigos especiales, rollos de unos meses… y a Daniel. Pero nunca fue así. Nunca sentí eso que abrasa, que consume, que llega sin buscar y se queda para siempre.
Daniel y yo compartimos tiempo y espacio durante un año. Él creía amarme. Yo… creo que a él no.
La convivencia era fácil. Todo fluía suave, sin aristas, sin tensión. No discutíamos, no había conflictos. Todo era tibio, previsible, sin sobresaltos ni pasión.
Hasta que un día se rompió. Sin ruido.
Llegué a casa y allí estaban sus maletas en la puerta.
—No eres tú, soy yo… Perdóname, no puedo evitarlo.
Y se fue. Así, sin drama.
Me senté en el sofá, buscando en algún lugar recóndito de mí alguna emoción que justificara su ausencia. Pero no sentí ni frío ni calor. Busqué el dolor...
No estaba donde debía.
Seguí con mi vida sin volver a pensar en él.
Desde Daniel, poca cosa. Nada memorable. Alguna noche de sexo hueco. Alguna relación tan corta que apenas dejó sombra.
Y ahora... me encontraba con la definición exacta del amor verdadero. El que siempre me contaba mi yaya en sus cuentos de Margarita y Edward.
Lo recordé. Lo busqué en mi interior.
Había un resquicio de algo olvidado, una vibración en el rincón más hondo de mi no-conciencia.
La aparté. Cuando tenga que ser, será.
Me recompuse como pude, volví a leer la carta.
Decidí que, fuera donde fuera que me llevara la búsqueda del tesoro, lo haría por ella. Porque sí.
Porque mi yaya me preparó toda la vida para este momento, porque no podía —ni quería— fallarle.
Porque… Ay, Dios mío… ¿cómo lo hago?
La revista tiene plazos que cumplir, y yo no tengo tiempo para investigar doble: para la yaya y para la redacción.
Podría pedir vacaciones atrasadas… pero ¿quién se haría cargo de mi columna? ¿Podría trabajar desde aquí? Quizá sí, con La historia del vestir... pero con Yo Divina, lo dudo.
No lo sé. Lo estudiaré. De momento tengo tres días. Y lo primero es lo primero: llamar al tío Miguel.
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Mi tío Vicente y Miguel me recibieron dos días después en su piso de Madrid.
Llevaba conmigo, en una vieja bolsa de lona, algunos de los tesoros de Carmela: la fotografía en la que lucía el traje de valenciana, el aderezo de piedras azules y los zapatos de seda.
Me senté en su mullido sillón de cuero amarillo, en ese salón perfecto que siempre olía a vainilla y canela. Vicente me sirvió una taza de té de cúrcuma y manzanilla, «para asentarte el cuerpo y el alma», dijo.
Olía dulce y terroso. Su color, un anaranjado vibrante, me recordó al polen en primavera.
A mi derecha, se instaló Mercury, uno de sus gatos Devon Rex. Me observaba con sus ojos azul agua, fijos, intensos. Como si supiera que algo me preocupaba.
Quizá los gatos sí tengan un sexto sentido. Ojalá lo tuviera yo.
—Bueno, señorita Marina —dijo Miguel con sorna—. ¿Qué tesoros me traes hoy?
Fui sacando uno a uno los objetos. El aderezo despertó enseguida su atención. Lo examinó con dedos expertos.
—Es un aderezo de barquillos —explicó—, muy usado a finales del XIX y principios del XX.
Tiene valor por su antigüedad, aunque no tanto por sus materiales.
Está hecho a mano, en latón dorado. Las piedras azules son de escaso valor, pero las perlas…
—Miró de cerca—. Son naturales. Eso lo eleva.
Y mira esto —dijo señalando el enganche y la espiral del broche—.
Intactos. Apenas usado. Diría que es de los años veinte, así que rondará el siglo.
Cuando saqué los zapatos, Miguel dio un respingo. Su expresión cambió.
—Qué joya, Marina… Estos zapatos están hechos con espolín Valencia. Para ser sincero, si no fuera por las falleras y sus trajes regionales, seguramente los espolines ya no existirían. Es un arte, ¿sabes? Un arte en peligro de extinción.
Me miró con seriedad. Y comenzó a explicarme.
—El espolín se teje en telares de madera, con la misma técnica del siglo XIX.
No hay automatismos. Cada flor, cada hoja del dibujo se inserta a mano con una lanzadera pequeña —la canilla— cambiando de color hilo a hilo.
Es decir, si el diseño lleva treinta colores, se hacen treinta cambios por línea.
Es un trabajo artesanal y lento. No se pueden tejer más de treinta o cuarenta centímetros al día.
Tardan meses en terminarlo. Pero ojo —añadió Miguel—, no todo lo que parece espolín lo es.
Muchas telas llevan el dibujo del Valencia, pero solo el tejido hecho con esta técnica, con pasadas a mano, es un espolín real.
—¿Y cómo lo distingo? —pregunté.
Vicente sonrió.
—Con los cinco sentidos. El espolín se ve, se toca, casi se huele.
Las flores tienen relieve, el dibujo es limpio, nítido, tridimensional.
Verás, el dibujo no es, en la mayoría de los casos, paralelo; quiero decir que en la misma línea de bordado puede haber motivos florales de diferentes colores.
Te explico: cualquier otra tela, sea seda, rayón o algodón, hace franjas del mismo color: una línea de flores rosas, la siguiente amarilla, la siguiente verde, ya que se realiza de manera mecanizada.
Solo el espolín, al ser manual, posee la cualidad de tener en la misma franja de tela flores de diferentes colores.
Si aún dudas, hay una manera infalible de distinguirlo: míralo por detrás.
Me condujo hasta su «cámara acorazada». Allí tenía enmarcadas varias muestras, protegidas con cristal. Desmontó una. Me mostró el reverso.
—¿Ves esto? —señaló—. Cuando es un espolín, en la parte del dibujo verás los hilos pasados de lado a lado, rematados, entrelazados. En cambio, la seda sin dibujo queda limpia, sin trama. Solo así puedes estar segura.
Me incliné para mirar. Y entonces lo vi: el mapa secreto que se esconde al otro lado del arte.
El tío Vicente se comprometió a reproducir una imagen con los colores que, por la foto en blanco y negro y por los zapatos, podía adivinar: rosas fresa y ciclamen, naranja, marrones, verdes, azules, lavanda y oro compitiendo en belleza, llenando cada centímetro de seda blanca y sobreponiéndose a la trama de fondo en una armonía perfecta que se repetía cada sesenta y cuatro centímetros.
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Aquel mediodía me presenté en la redacción.
El ascensor, como de costumbre, se llenó de desconocidos que miraban absortos sus móviles, incapaces de ver lo que tenían delante.
Antes de llegar al sexto piso —donde estaban las oficinas— traté de ingeniar un plan que me concediera tiempo para investigar los secretos de Carmela.
La sala común, ocupada por pequeños despachos acristalados, tenía esa luz azulada, casi quirúrgica, que solo aparece en ciertos espacios de trabajo.
El aire acondicionado, regulado de forma absurda, mantenía una temperatura tan baja que todos parecían alerta, casi nerviosos.
Una mezcla de café, vainilla y humanidad flotaba en el ambiente y me dio la bienvenida como un viejo perfume conocido.
Caminaba hacia mi cubículo cuando vi acercarse a Marieni, mi jefa directa. Su gesto era cordial, pero su voz tenía el tono que solo usan los que saben que te están a punto de arrebatar algo. Me invitó a entrar en su despacho.
Cuando un jefe te llama a su despacho, hay una parte de ti que se prepara para lo peor.
Aunque no hayas hecho nada malo, tu mente repasa cada paso, cada palabra dicha, buscando el posible error.
Si encuentras algo —aunque sea leve— empiezas a trazar, en segundos, una salida limpia, una defensa elegante.
Nunca piensas que te van a felicitar, ni que te aumentarán el sueldo, ni que te darán el día libre solo porque sí.
Y esta vez, no me equivoqué.
Marieni me indicó la silla frente a su escritorio mientras daba la vuelta con parsimonia para sentarse en el sillón. Tardó una eternidad en encender su ordenador. Yo me senté, en silencio, retorciéndome las manos como una colegiala en falta.
—Marina, cielo… —dijo al fin, con tono meloso— ha surgido un problema. Tus compañeras se han quejado de ti. —Pausó. Su expresión era grave, pero no sorprendida—. Creen que no estás centrada en tu trabajo. Y lo cierto es que yo también lo creo.
No respondí. En el fondo, yo también lo creía. Tenía demasiadas precauciones en la cabeza, demasiados frentes abiertos. Me sentía como una bailarina de funambulismo sin red.
—Creo que deberías tomarte unas vacaciones. Descansar un poco. Podrías adelantar La historia del vestir, pero la edición próxima de Yo Divina la firmará Gabi. No te preocupes, la sección es tuya… la retomarás cuando estés lista.
Asentí, disimulando con un gesto apocado y la voz temblorosa. Murmuré que estaba de duelo, que era una mala racha, que volvería más fuerte. Que sí, por supuesto, que seguiría. Que tal vez me iría a Valencia. Lo sentía mucho.
Pero dentro de mí —en ese rincón hondo donde se cuece la verdad— se instaló una calma inesperada. Como si el universo, de forma silenciosa, hubiese colocado una ficha más en su lugar.