Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Marcela, mi amiga del alma y confidente, nos hizo de carabina en nuestras primeras citas. Decía que le gustaba hacer de espía y que le parecía todo muy emocionante, como en una novela de las que leíamos a escondidas.

Fue gracias a ella que pudimos vernos sin levantar sospechas: nos pasábamos notas dobladas escondidas en los bolsillos o entre las hojas de las libretas. Mensajes breves, apasionados, llenos de nervio, que cruzaban patios y pasillos, escondidos en su cartera de clase.

A veces bastaba con una frase.

O incluso con una palabra.

Y ya estaba todo dicho.

Hicimos pequeñas escapadas con su Vespa —que sonaba como un insecto feliz— y recorrimos los rincones de nuestra ciudad que, sin quererlo, se volvieron sagrados para nosotros.

Nos sentábamos en un banco de la Gran Vía Marqués del Turia, bajo la sombra cómplice de los árboles centenarios, donde nadie parecía mirarnos, donde compartíamos conversaciones y algún roce furtivo.

Visitábamos los Jardines de Viveros, y allí, entre la música de las fuentes y el olor del jazmín, llegamos a cogernos de la mano por primera vez.

En la Malvarrosa caminábamos descalzos por la orilla, dejando huellas en la arena que el agua borraba con lentitud, al contrario que nuestro recuerdo.

Y luego vino aquel día en la Albufera, en la Gola de Puchol… Vimos el atardecer más hermoso que he visto jamás.

Nos subimos a una barca, solos los dos, y navegamos en silencio entre cañas y reflejos dorados. El sol bajaba despacio sobre el agua de la Albufera y parecía que el mundo entero nos dejaba en paz.

Allí me besó por primera vez.

Y entendí lo que era el amor.

No el de los libros ni el de las novelas.

El verdadero.

Ese que no tiene medida.

Ese que se reconoce sin necesidad de pensarlo.

Un amor que no se elige, pero que se sabe.

Ese que te da miedo de lo mucho que puedes llegar a sentir… y sin embargo no quieres huir.

Yo le di todo, Marina. Todo lo que era, lo que creía ser, y lo que soñaba ser.

Y nunca me arrepentí.

Porque cuando el amor es de verdad, se reconoce por cómo te hace sentir contigo misma.

Por cómo te hace mejor sin que tú lo sepas.

Y si alguna vez te preguntas si es amor lo que sientes… entonces aún no lo es.

Porque cuando lo sea, no habrá lugar para la duda.

Durante aquel año, mientras fui fallera mayor, él estuvo en todos mis actos.

Decía que iba por trabajo —era fotógrafo—, pero las fotos eran solo una excusa.

Entre pasacalles y música de pasodobles, siempre encontrábamos un momento para escaparnos del mundo y mirarnos como si estuviéramos solos en él.

Y lo estábamos.

O así nos sentíamos.

Hasta que nos descubrieron.

La noche de San Juan, mi madre, siempre vigilante, siempre atenta al más mínimo gesto que escapara de su control, nos encontró besándonos en el portal de casa.

No dijo nada.

No me dio tiempo a explicarme.

Simplemente decidió.

Y en menos de una semana, me había mandado a Barcelona, a casa de su hermana, sin despedidas ni explicaciones.

Como si todo aquello hubiera sido un error.

Como si pudiera arrancarme el alma sin dejar huella.

Nunca volví a ser la misma.

Y, sin embargo, Marina, no cambiaría ni un solo instante de aquellos dos años.

Fueron los mejores de mi vida.

Los más intensos.

Los más vívidos.

Aquel espolín Valencia que elegí con mi padre no fue solo un tejido.

Fue una promesa.

Una prenda sagrada que guardó cada latido de mi amor por Enrique.

Cada nota de banda, cada flor bordada, cada hilo de seda, fue testigo silencioso de lo que fuimos.

Por eso, ahora que ya no estoy para contártelo en persona, quiero que ese espolín sea para ti.

No por su valor material, ni siquiera por su belleza —que es indudable—, sino porque lleva cosido el recuerdo de algo que fue real. De algo que me sostuvo durante décadas, aunque ya no existiera más que en mi recuerdo.

Y ahora, te pertenece.

Te propongo un juego.

¿Te acuerdas, mi niña?

La búsqueda del tesoro…

Tú con tus trenzas y yo escondiendo pistas bajo las macetas, entre las cortinas o en las ramas del ficus.

Siempre había una caja.

Y en cada caja, un secreto.

Este es igual… pero un poco más grande.

Y con más verdad.

Esta que tienes ahora entre tus manos es la primera de tres.

La he llamado «la caja de la felicidad», porque dentro de ella guardé los fragmentos luminosos de mi historia: los días que me hicieron sentir viva, deseada, amada.

Es el principio, el lugar desde donde quiero que empieces a conocerme de verdad.

Pero debes saber que el juego no acaba aquí.

Las otras dos cajas también te esperan.

Cada una te llevará un poco más hondo, te mostrará piezas más complejas, más dolorosas…

Historias de pérdida, de decisiones, de secretos guardados con tanto celo que a veces yo misma olvidé.

¿Estás dispuesta a seguir?

¿A descubrirlo todo, incluso lo que aún duele?

Si tu respuesta es sí —y me gustaría creer que lo es—, debes buscar a Marcela.

Ella tiene la segunda caja y todas las instrucciones que necesitas para continuar.

Confío en ti, Marina.

Porque en ti reconozco parte de mí.

Porque sé que sabrás mirar más allá del juicio, y sentir.

Porque una parte de mi historia está bordada en tu piel.

Con amor infinito,

Tu yaya Carmela.