Capítulo 5 #2
Me detuve. Mi dedo rozó el esmalte como si temiera que desapareciera al contacto. Las letras brillaban tenues bajo la luz de la lámpara de mi habitación.
—Enrique —susurré.
Y mi corazón, sin previo aviso, dio un vuelco.
No era solo una joya. Era una declaración.
Y ahí estaba.
Después de tantos años. Guardada. Protegida. Como si su secreto aún mantuviera su calor.
La pulsera pesaba muy poco. Pero el recuerdo que despertaba... pesaba toneladas.
Volví a meterla en la cajita, como quien guarda una reliquia. Y me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.
Bien. Vale. No me sorprendo...
Continúa adelante, Marina.
La bolsa grande de seda, en cambio, no ocultaba demasiado. Era fácil adivinar su contenido incluso antes de abrirla: un par de zapatos.
Pero no podía imaginar que fueran… estos.
Los saqué con cuidado. Eran de seda blanca, suaves como pétalos.
Brillaban con un tono nacarado que invitaba a acariciarlos con reverencia.
En la punta, una flor rosa, con tonos cereza y ciclamen, se abrían con delicadeza enmarcados en oro.
A los lados, pequeños puntos dorados como semillas de granada añadían brillo y empaque.
En el talón, dos flores anaranjadas miraban en direcciones opuestas, brillantes, rematándolos en perfecta armonía
Eran tan bellos, tan meticulosamente bordados, que parecía que el tejido quisiera salirse de ellos.
No eran unos simples zapatos de fallera: eran otra cosa. Más raro. Más valioso. Más sagrado.
Yo, acostumbrada a investigar tejidos —aunque fuera sobre papel o fotos antiguas—, supe enseguida que esta no era una seda cualquiera.
¿Bordada a mano, quizás?... No podía saberlo. Pero sí sabía quién podía ayudarme.
Solo me quedaba por descubrir el sobre con las fotos.
Abrí el sobre. Quizá ahí pudiera encontrar la solución al acertijo:
¿De quién era todo aquello? Aunque todo apuntaba a la yaya, tenía mis dudas.
Nunca quiso saber nada de las Fallas. Algún paseo para ver un monumento, y un chocolate con buñuelos en San Vicente... ese era el único contacto que recordaba con la semana fallera.
Tres fotos.
Una: Carmela, muy joven —uff, ¡idéntica a mí!— en la Malvarrosa.
Vestido midi azul, rebeca, pañuelo en el pelo.
El cielo claro del mediodía y el azul del mar de fondo.
La dorada arena resaltaba su figura y daba luz a sus ojos.
Segunda foto: una pareja.
Mi yaya... con un chico.
¿Enrique?
Él, con una cámara al cuello, sonriendo ladeado, apoyado en una Vespa blanca.
Mi cuerpo reaccionó con una punzada antigua, como un recuerdo perdido.
No... no podía conocer a ese hombre.
Carmela estaba sentada de lado, con falda de cuadros y jersey ajustado, sobre la moto.
¡Nuestro banco!
El de la Gran Vía. El de todos los sábados.
El que recorría con sus dedos con melancolía contenida, el que guardaba sus secretos...
En la tercera imagen se reveló todo.
Mi yaya. Vestida de fallera.
Con los zapatos que tenía ahora entre mis manos.
Con su traje de princesa.
Quizá el que dijo que sería mío.
Flores rosadas. Lirios anaranjados. Campanillas azules.
A su lado, su padre, mi bisabuelo. Orgulloso.
Detrás, la puerta del casal: Falla Gran Vía Marqués del Turia - Calle Salamanca.
Sostenía una cesta de flores. Sonreía con el alma... al fotógrafo, más que a la cámara.
Me tumbé sobre el suave cubrecama acolchado y recliné la cabeza en las mullidas y acogedoras almohadas.
Cerré los ojos y empecé a poner en orden mis ideas.
Tenía una caja llena de tesoros de antaño.
Un aderezo. Una pulsera con dos iniciales. Unas cartas.
Podía haber sido perfectamente para mi madre. Pero ella me eligió a mí.
¿Qué quería que hiciera con toda esa información?
¿Qué podía yo...?
Y empecé a caer suavemente por el pozo de los sueños, confundiendo ideas, despegándome de la lógica, rumbo al mundo de lo onírico.
Pero fue justo en ese instante —ni un segundo antes ni uno después— justo cuando iba a cruzar el umbral de la consciencia… cuando lo vi en mi mente:
El sobre blanco.
Lo había olvidado completamente.
Era una de las piezas del puzle que formaba la caja.
Desperté de golpe, forzando a mis ojos a mantenerse abiertos.
Me incorporé demasiado rápido —tanto que me mareé un poco— y, en pocos segundos, ya estaba buscando el sobre.
El que estaba pegado a la tapa de la caja.
Miré y remiré. No estaba junto al pequeño altar de objetos que había montado en el lateral de la cama.
Me bajé y me puse de rodillas en el suelo, para tener mayor visión.
Y allí estaba. Bajo la cama.
¿Cómo se me había podido olvidar?
Lo recogí del suelo e inmediatamente lo abrí para leer.
Un «Querida niña…» encabezaba la misiva, y supe, desde la primera línea, que lo que vendría después sería decisivo.
—Marina, ¿vamos a jugar a la búsqueda del tesoro?
—¡Síííí!
—Tienes la caja con las pistas en el escritorio.
—¡Ya la tengo, yaya!
—¿Y qué dice, reina?
—Tienes tres pis… pistas para encontrar un te… soro escondido en el jardín.
—¿Y cuáles son?
—Un caracol, una flor y un patito de goma.
—Entonces, Marina… ¿Lo buscamos?
~~~
Querida niña:
Si estás leyendo está nota, es que tienes ya la caja de los secretos que tanto ansiabas cuando eras niña, cómo ves solo son cosas, pero cada una de ellas es muy importante para mí.
Cuentan una parte dulce de mi vida, la mejor, los mejores dos años que he pasado jamás; y lo fueron porque los pasé con él, con Enrique.
En el año 1961, mi padre llegó un día de mayo, muy contento e ilusionado a casa llamándome a gritos, yo me asusté, pero cuando salí al comedor y vi su gran sonrisa supe que eran buenas noticias:
—Carmela, he hablado con los falleros de la falla del barrio y no tienen para este próximo año fallera mayor, así que les he dicho que tú, mi niña, serás la fallera mayor del próximo año.
Mi padre mostraba en su cara satisfacción y felicidad a sabiendas de que yo siempre había querido desfilar con un traje de fallera blanco con flores de colores, con un bonito ramo y siguiendo el ritmo de la banda de música cuando tocaban el fallero…
. así se lo había dicho en distintas ocasiones y él, que me adoraba y consentía todo lo que yo deseaba, acababa de hacer realidad otro de mis sueños.
Mi madre por el contrario se enfurruño y se enfadó con él por no haberle hablado antes de su decisión, no soportaba los excesos de cariño ni las excentricidades de mi padre hacia mí, siempre fue una mujer excesivamente rígida, con poco sentido de la maternidad, fui criada por mi tata Catalina mientras ella se dedicaba en cuerpo y alma a la caridad y a la iglesia.
Mi padre, tu bisabuelo me hizo el mejor regalo que podía soñar; un día de junio me despertó y me llevó a la casa Garín para que eligiera la tela para mí traje de valenciana, nunca olvidaré las estanterías llenas de flores de preciosos colores que formaban los carretes de la seda más fina en todos los colores que puedas imaginar, rojos, rosados, corales, azules, lavandas, anaranjados, verdes, turquesas, amarillos… un enorme campo florido.
Se oía de fondo el crujir de las maderas de los telares y de lejos llegaba el sonido de una radio dónde se escuchaba una canción de la Piquer: …Xiqueta Xiqueta meua, no me façes desgraciat…
Repletas de color y brillo se extendían ante mis ojos preciosas muestras de tela con motivos diferentes, pero cuando lo vi, lo supe, era ese, mi tela, mi futuro traje: un espolín Valencia y yo misma elegiría cada uno de los colores de sus flores, cada tono de oro, cada pasada que daría el maestro sedero… Una joya… La mejor.
Estaba emocionada, mi padre era feliz viéndome tan contenta, tuve que esperar lo que me pareció mucho tiempo para que mi tela estuviera creada, pero al cabo de unos meses nos comunicó la casa Garín que el Valencia estaba acabado.
¡Ay, Marina! Cuando vi aquel prodigio de color lloré de alegría…
y no fue la última vez, porque cuando la modista terminó mi traje sentí tal sensación de felicidad que no podía creer que aquello fuera cierto.
Llegó el día de mi nombramiento y mi padre henchido de orgullo y gozo aceptó mi cargo.
Fue entonces, esa tarde de septiembre de 1961, entre trajes de fallera, cintas bordadas y el murmullo lejano de los jardines del Real, cuando lo vi por primera vez.
A Enrique.
No sabría explicarte qué fue exactamente lo que me pasó, pero sentí un pequeño hueco abrirse en mi estómago, como si de repente me faltara algo… y a la vez lo acabara de encontrar.
Como si el centro de gravedad del universo, que hasta entonces había estado en mí, se deslizara sin aviso hacia él.
Era como si el aire entre nosotros se curvara, como lo hace el metal cuando se acerca a un imán.
No me miró enseguida, pero yo ya sabía.
Sabía que algo iba a pasar.
Y pasó.
Durante semanas, cada vez que me miraba —y lo hacía de ese modo tan directo, sin parpadear, como si pudiera leer en mis ojos—, yo sentía el mismo vértigo que se siente justo antes de caer.
Pero no caía.
Volaba.