Capítulo 5
¿Por qué siento cada latido si el corazón que sangra no es el mío?
Me quedé unos instantes mirando el interior de la caja.
—¿Por qué diablos querría la yaya que yo tuviera esto? —susurré.
Tenía que haber algún motivo…
Tomé con cuidado el paquetito de sobres, tan delicados, tan frágiles, tan raídos por el tiempo.
Deshice el fino lazo de seda rosa y lo guardé con mimo dentro de la caja.
Los acerqué a la nariz.
Lavanda y papel antiguo. Ese aroma dulce me arañó los recuerdos.
Abrí las cartas con sumo cuidado, como si pudieran deshacerse entre los dedos.
Como si, una vez leídas, se desvanecieran junto con las palabras y los sentimientos que el tiempo y la muerte habían intentado borrar.
Había dos tipos de sobres: uno más pequeño, más cuadrado y suave; el otro, más alargado, de un papel más tosco, que había resistido mejor los embates del tiempo.
Aunque se notaba que estos últimos habían sido leídos con más frecuencia: las solapas desgastadas lo delataban.
El papel de carta de los primeros era casi translúcido, suave, dejaba traspasar la luz y la letra inclinada de trazos alargados, completamente uniformes. Mayúsculas trabajadas con esmero.
Era la letra de la yaya.
¡Ay, Carmela!
¿Qué secretos guardabas en el alma?
El papel de las otras era de libreta escolar, con sus rayas azules y tinta de bolígrafo.
Una letra redondeada, firme, clara.
Hermosa.
Y desde luego, no era la letra de mi yayo.
No es que la hubiera visto mucho, pero antes de fallecer me dejó una carta para la posteridad, sabiendo que le quedaba poco tiempo y que yo, la hija de la niña de sus ojos, no llegaría a conocerlo.
Había dos cosas que tenía claras:
1. Las cartas eran de amor.
2. El amor… no era hacia mi yayo.
—¿Qué hago, Carmela?
—¿Las leo?
Eso parece...
Valencia, 18 de abril de 1961.
Querido Enrique:
—¿Enrique? ¿Quién puñetas es Enrique?
Hoy hemos hablado por primera vez.
Las palabras me temblaban en la garganta, y las mejillas, encendidas, me delataban.
Me ocurre siempre que algo dentro de mí se altera, y tú… tú lo trastocaste todo desde el primer instante.
Te acercaste con la excusa de recuperar tu bolsa de la cámara, la misma que, sin saberlo, habías dejado junto a mí.
Pero yo no la vi.
Solo te vi a ti.
Me preguntaste mi nombre, y por fin pude poner voz al tuyo: Enrique.
Aún recuerdo el primer día que te cruzaste en mi camino.
Llegabas montado en tu Vespa blanca, la cámara al cuello, la mirada perdida en tus pensamientos.
Pasaste deprisa, sin detenerte.
Pero yo te vi.
Y al verte, sentí algo que no sabría describir con palabras conocidas:
como si algo en mí cambiara,
como si el mundo se detuviera por un instante,
como si una raíz antigua despertara en mi pecho y se extendiera en todas direcciones.
—Pues ya sabemos quién es el príncipe Edward… pero, Edward, ¿por qué?
No he conocido aún el amor —soy joven, inexperta, apenas aprendiz de la vida—, pero lo que brota en mí cuando pienso en ti no puede ser otra cosa que verdad.
Me tendiste la mano —firme, cálida— y tus ojos buscaron los míos en respuesta.
Me pediste permiso para hablarme si volvíamos a vernos.
¿Y cómo no darte permiso, si no hay deseo más hondo en mí que ese?
Sé que mi padre jamás permitirá un encuentro entre nosotros, pero si tú quieres, hablaré con Marcela.
Ella es mi amiga más fiel, mi confidente. Será nuestra carabina, nuestra excusa.
Nos veremos en los jardines de Viveros, entre árboles antiguos que han visto muchos enamorados y senderos de hojas secas por donde deambularon, uniendo sus manos.
Marcela y yo solemos pasear por allí. Nadie sospechará.
Quizá pienses que soy demasiado atrevida. No lo soy.
Solo que tú me has hecho despertar.
Y solo por ti me atrevo a soñar.
Con afecto y un temblor en el alma,
Carmela.
La carta era tan inocente, tan dulce…
No podía imaginar a mi yaya tan joven, ¡mucho más joven que yo!
Encerraba entre sus líneas ese leve aroma a primer amor.
A candidez.
A inocencia.
No pude dejar de leer.
Parecía que las cartas estaban ordenadas por fechas, perfectamente dispuestas.
Valencia, 21 de abril de 1961
Estimada Carmela:
Gracias por tu carta. Me siento enormemente feliz de que hayas aceptado concederme tus palabras y la posibilidad de vernos, aunque sea —por supuesto— con Marcela.
Me encantará conocerla. Si tú la aprecias, yo también lo haré.
Nombras en tu carta el primer día que me viste y aseguraste que yo no lo hice…
Qué equivocada estás. Te vi perfectamente: tu pelo rojizo recogido con un lazo azul, tu vestido blanco con pequeñas flores rosadas como tus mejillas, tu rebeca de punto azul…
y tu forma de morderte el labio inferior.
No era la primera vez que te veía, Carmela. Te vi el día que acudiste a tu falla tras ser nombrada fallera mayor. Ibas del brazo de tu padre, feliz, ilusionada… En sus ojos se leía orgullo. Se nota que te quiere bien.
Estabas preciosa. Llevabas el pelo apenas recogido, ondulado, bailando al viento como un campo de amapolas. Tus ojos… tan azules, tan dorados, sonreían a todos los que te felicitaban.
Yo no pude hacerlo, pero, al igual que tú, sentí por primera vez la necesidad de estar a tu lado, de cuidarte, de protegerte de todo y de todos.
No veo el momento de volver a encontrarnos.
Me encontrarás en la puerta de Blasco Ibáñez, junto a mi moto. No me saludes si vienes con tu padre, si no lo deseas. Te buscaré dentro del parque.
Con cariño sincero,
Enrique.
No quise leer más. Decidí espaciar las cartas en el tiempo. Mientras las leyera, Carmela seguiría viva, palpitando a través de sus recuerdos.
Anudé de nuevo el lazo rosa con un suspiro.
—Ay, yayita... tus secretos vuelven a mí.
La caja verde era de tamaño mediano, forrada en una aterciopelada tela color musgo, con restos de letras doradas ya ilegibles. En el frontal, una pequeña cerradura dorada en forma de garfio, sorprendentemente mejor conservada que su dueña.
Dentro, un broche dorado con gemas azules, engarzadas en un marco de oro brillante, resplandecía como gotas de mar atrapadas en el tiempo.
La pieza superior, en forma de corona, tenía tres piedras azules rodeadas por anillos de pequeñas perlas blancas, entrelazadas por hilos dorados que las sujetaban a la pieza central.
Colgando de ella, una pieza en forma de lágrima atrapaba en su centro la cuarta piedra azul de mar.
Lo tomé entre las manos. Estaba frío.
Le di la vuelta. El trabajo era minucioso: cabellos de metal dorado cruzaban el reverso, sujetando los aros de perlas que rodeaban la roseta central. La aguja, unida por una espiral simple, conservaba su delicadeza primitiva.
Los pendientes seguían el mismo diseño. La pieza superior, con su gema azul, se unía a una parte inferior más amplia, coronada también por tres piedras. Tres hileras de perlas en cascada remataban los pendientes, que se mecían suavemente en mis manos.
Dos agujas para el pelo y un pequeño tubo, en el que se insertaba una tercera pieza, completaban el aderezo.
Pero lo que más me estremeció no fue la joya en sí, sino una pequeña etiqueta: una de esas de librito —con lirios blancos en la portada, que parecían pintados a mano— enganchada al tubo mediante una fina goma.
Para ti, Marina: retoma mi historia; reescribe la tuya.
Me quedé quieta.
Leí la nota en voz baja. Una vez. Dos. Tres.
Retoma mi historia. Reescribe la tuya.
No entendía.
Y no sabía todavía que esa simple frase sería el primer paso de un viaje que acababa de empezar.
Cerré la caja y la coloqué con mimo, como si estuviera construyendo un altar, junto al atado de cartas.
—Ay, Marina… ¿Qué más secretos vas a encontrar? —murmuré.
La banda de fallera era una reliquia: cabezal azul con pequeños flecos rojos y amarillos, el nombre y escudo de la falla bordados en oro: Gran Vía Marqués del Turia - Calle Salamanca.
En el centro, el escudo de Valencia sobre una llama amarilla, con tonos naranjas y rojos, y las dos «L» en los bordes del fuego.
Debajo, una fecha: 1962
¿1962? La yaya tendría... ¿diecisiete? ¡Tan joven!
El cuerpo de la banda, de unos quince centímetros de ancho, era una bandera de España en seda moaré, con hilos dorados que bordaban las palabras: Fallera Mayor.
¿Sería suya? Nunca me habló de haber sido fallera. En mi familia no había tradición. Mis padres siempre huían de Valencia del 12 al 19 de marzo para alejarse de la algarabía y el bullicio que llenaba la ciudad en esas fechas, inundando cada rincón de ruido, atascos y multitudes.
Solían ir a Valdelinares a disfrutar de las últimas nieves y esquiar si el tiempo lo permitía.
Allí mi padre tenía un discreto y pequeño apartamento en el que pasábamos temporadas cortas: algún fin de semana, puentes, Pascua o, como he dicho, Fallas.
No he vivido la tradición fallera, y la yaya tampoco, desde que tengo uso de razón.
Y, sin embargo... ahí estaba.
¿Sería de una amiga? ¿Una promesa? ¿Un recuerdo ajeno?
La cabeza me daba vueltas.
—¿Yaya...?
—¿Qué, reina? —recordé, como si fuera ayer.
—Esas chicas, las del vestido de princesa… ¿quiénes son?
—Son falleras, cariño.
—Ahhh...
—¿Te acuerdas de los muñecos grandes de ayer, en la plaza del Ayuntamiento?
—¡Síííí!
—Pues eso son las Fallas y las chicas representan a cada una de ellas.
—Yaya… yo quiero un vestido de princesa como esos.
—No, cariño. Nosotras no somos falleras.
—¿Y por qué no?
—Porque no, Marina.
—¿Por quéééé?
—Déjalo ya. Algún día lo entenderás. Pero no te preocupes… tú tendrás tu traje de princesa. El más bonito. Lo encontrarás… cuando llegue el momento.
Mientras sostenía las borlas doradas del gran lazo final de la banda, reviví aquella conversación.
Si no éramos falleras… ¿de quién era?
La siguiente caja me desconcertó. Era pequeña, roja, con las letras Giménez grabadas en dorado. La abrí despacio.
Dentro, una pulsera. Delicada. De eslabones dorados, finos, casi frágiles.
Colgaban de ella dos pequeños dijes de esmalte azul cielo. Eran redondeados, apenas del tamaño de una lenteja. En uno, una letra «C» tallada en oro. En el otro, una «E».