Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 4
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Capítulo 4

De los regalos envueltos en seda

Tu recuerdo vivirá en mis fotografías escondidas, en cada luz de atardecer, en cada rincón de Valencia que fue testigo de lo que fuimos.

Te recordaré siempre. Pero ahora… te dejo libre dentro de mí.

Gracias por el regalo de tu amor.

Con todo lo que te amé,

Enrique.

Caminaba cabizbaja, con las tres llaves encajadas en un llavero dorado con la inicial «C», que pesaba en mis manos como plomo. Sentía cada gramo de su carga.

Agradecida, sí… pero aún incapaz de asimilar que la yaya me hubiera legado el enorme ático que un día fue de mis abuelos.

Según contaba mi padre, cuando se casaron, mis yayos se instalaron en un piso en la calle La Paz, muy cerca de la plaza de la Reina.

Por lo poco que sé, mi yaya odiaba aquel lugar frío, compartido entre la vivienda y el despacho médico.

A veces asistía en la consulta, acompañaba pacientes, pero nunca lo sintió suyo.

No era su hogar.

Nunca lo fue.

Cuando mi madre tenía apenas diez años, la yaya perdió un hijo que venía en camino. Por la expresión de mi padre, algo terrible debió de pasar.

Y entonces se mudó de vuelta a casa de sus padres.

Nunca regresó a la calle La Paz.

No quise saber más.

Y ellos tampoco me contaron.

—¿Marina cariño? ¿Eres tú?

La voz cantarina, tan conocida y querida, de Nita me llamaba desde la entrada del ya cerrado centro comercial Jorge Juan. Allí donde, de niña, la yaya y mi padre me llevaban a jugar en la placita interior mientras él tomaba un café y ella, un chocolate caliente.

—Cielo, ¿estás bien? No esperaba encontrarte en Valencia…

—Oh… sí, Nita. Acabo de salir de la lectura del testamento de la yaya. Estoy un poco aturdida…

—Vaya, cariño… cuánto lo siento. ¿Puedo ayudarte en algo?

—Gracias, Nita… no creo.

—¿Te acuerdas de mi hermano Quique?

—¿Tu hermano?

Lo recordaba vagamente. Un chico algo mayor, desgarbado, con piernas y brazos desproporcionados, corrector dental y ese aire de adolescente que aún no encaja del todo en su cuerpo.

—Oh… sí. Recuerdo que era alto, flacucho y un poco desproporcionado…

Y lo sentí.

Antes de verlo.

Sentí su presencia instintivamente, un fuego ardiente que nació en el centro de mi ser. Como si siempre hubiera estado allí, callado, silenciado.

Venía hacia mí sonriendo con la mirada —ojos pardos, entrecerrados—, como si conociera todos mis secretos e inquietudes. Ladeó la cabeza con un gesto natural, sin dejar de observarme.

Y entonces… el mundo desapareció.

Todas las células de mi cuerpo se alinearon en una única dirección. Un impulso magnético, primitivo, me empujaba hacia él. Mi centro gravitacional se desplazó.

Mi norte cambió.

Y lo supe.

No sé cómo… pero lo supe.

Entre las costillas y el estómago me nació un nudo cálido e incómodo. No dolía, pero apretaba.

Aparté —como pude— ese torrente abrumador y lo guardé.

Lo archivé en ese lugar oculto donde se pospone lo inevitable, donde se aplazan los sentimientos.

Sin prisa.

Sin buscarlo.

Solo… sintiéndolo.

—Hola, soy Quique. «El desproporcionado».

Me miró de arriba abajo con media sonrisa, torció la cabeza y se acercó a darme dos besos.

Su olor… olía a tarde de verano, a limón, a bergamota y a tierra mojada.

—¿Recuerdas a Marina, Quique?

—No creo acordarme de ella… —respondió él, mientras pensaba: «Claro que me acordaba. La señorita del grupito de niñas bien, con su melena rojiza y ondulada, con esos ojos dorados y azules que nunca me miraban… y yo, que no podía dejar de hacerlo».

El suelo bajo mis pies se volvió etéreo. Inestable. Irreal.

Cada paso que no daba pesaba como plomo.

Y, aun así, me obligué.

No quería irme.

No quería.

Pero no era el momento.

No aún.

—Nos vemos en otro momento —dije con una voz que no era mía, que salía de un lugar muy profundo donde la voluntad prevalece sobre el deseo.

Quizá fui maleducada.

Quizá no.

Me giré.

Y me fui.

Al llegar al semáforo me detuve. Mi cuerpo quería volver; mi mente, no. Me volví.

Quique sonreía. No se movía.

Pero me miraba.

Esa mirada…

Y, aun así, seguí caminando.

Apreté las llaves en el puño con tanta fuerza que sentí la letra «C» del llavero marcarse en mi palma.

Una herida diminuta.

Un tatuaje casi invisible.

Sigue, Marina.

Sigue… y no te vuelvas.

Me decía a mí misma, cerrando con fuerza los ojos.

~~~

Llegué al edificio de la calle Salamanca y levanté la vista —algo que nunca había hecho antes—. Observé su fachada blanca, antigua pero sólida, con su gran balconada central y los pequeños balcones aledaños, ese mosaico de ventanas alineadas a cada lado.

Por primera vez reparé en las columnas con capiteles que enmarcaban la balconada central, en las dos hornacinas que guardaban jarrones de piedra.

Me acerqué a la puerta.

No sin dificultad —las piernas aún no me respondían— pasé bajo aquellas columnas blancas que custodiaban la entrada al patio…

Y me detuve en seco.

No sabía qué hacer.

Nunca había subido sola a casa de la yaya. Siempre lo había hecho con ella, o para estar con ella.

Ahora… me enfrentaba al silencio.

A entrar en un piso vacío sin su corazón latiendo entre las paredes.

A ver sus posesiones huérfanas, a sentarme en su sillón sin dueña, a mirar sus fotos: testigos de un pasado que ya no volvería y que ocultaban emociones que nadie más sabría descifrar.

—Señorita Marina, ¿le puedo ayudar? ¿Está usted bien?

No sabía cuántas veces me habían hecho esa pregunta en los últimos días. Quizá no era consciente de mi estado, pero me sentía atrapada en una espiral de emociones donde ya no distinguía el principio del final.

—Perfectamente —mentí.

—Rosa, voy al ático de la yaya. Que ahora es mi casa. Quiero estar un rato sola. Que no suba nadie, por favor.

—Ni el cartero, señorita, se lo aseguro —me respondió con su acento andaluz, firme como un centinela, empuñando su escoba como si fuera el arma de un soldado—.

Le acompaño en el sentimiento. Que Dios la tenga en su gloria —dijo, persignándose—.

Ella siempre hablaba con admiración de usted…

y de sus padres. Pero a usted… a usted la adoraba. Era una mujer de las que ya no quedan.

Asentí sin palabras y me dirigí al ascensor. Pulsé el botón del sexto. Cuando las puertas se cerraron, me rompí. Las lágrimas brotaron sin pedir permiso, en un llanto largo, contenido, que ya no supo esperar.

Salí del ascensor y caí al suelo.

La única puerta del sexto piso me esperaba. Firme. Silenciosa.

Era la entrada a mi nueva vida… y al eco vacío de la de ella.

Crucé el umbral.

El tintinear de las llaves al caer sobre el platito cuadrado de cerámica —el de las tres rosas en relieve, junto al mueble de marquetería heredado por mi padre— fue casi ceremonial. Como si marcara el inicio de algo… o el final de todo.

La casa olía a limpieza, a Las Tres Brujas, su producto favorito. Y, sin embargo, seguía ahí ese leve rastro de humedad, ese aroma acre inevitable de las casas antiguas.

Entré al salón.

Sus gafas seguían allí, sobre la mesa auxiliar, descansando sobre Orgullo y prejuicio, su novela favorita. El gran sofá de cuero color arena aún conservaba la fina línea de bolígrafo —mi firma infantil—, testigo inocente de una travesura sin castigo.

—Yaya.

—Dime, Marina.

—¿De qué color son los ojos del príncipe Edward?

—Pardos.

—¿Parrdos?

—Pardos, Marina.

—¿Qué color es ese?

—Color miel… y verdes.

—¿Y el hada Margarita? ¿De qué color tiene los ojos?

—Como los tuyos, reina.

—¿Siiiii?

—¿Por qué, cariño?

—Estoy haciendo un dibujo.

—¡Qué bien! Luego me lo enseñas…

—¿Por qué lloras, princesa?

—Es que me he salido… y he pintado tu sofá.

—A ver… no llores, cariño. No pasa nada. La yaya lo limpiará. Y si no sale… se quedará ahí, como la firma de Marina.

El recuerdo me envolvió como una manta tejida con hilos de voces pasadas y relatos infantiles.

Sobre el sofá, el cuadro de la plaza de la Virgen —pintado por mi bisabuela— seguía colgado. Enfrente, el gran aparador de madera, guardián de la vajilla buena, la cristalería intacta, la vida detenida.

La televisión de cincuenta pulgadas que le regalé para su último cumpleaños seguía allí, esperando un capítulo más de sus telenovelas turcas. Nunca llegó a usar la suscripción a Netflix que le contraté.

A la izquierda, el sillón orejero con motor: su trono. Su rincón para leer, dormir… y soñar sin molestar a nadie.

Pasaba frente a su dormitorio cuando la vi.

Una caja blanca. Grande.

Reposaba sobre la colcha beige de cuadros, inmaculada como siempre. Un post-it naranja, con su caligrafía dulce, decía: Marina.

No la abrí. Aún no.

Intuía que dentro no había solo objetos. Había recuerdos, secretos guardados con mimo durante décadas. La caja estaba decorada a mano, con flores: rosas, lirios anaranjados, campanillas azules. Su patrón eterno. Como las camisetas, la mochila, la bolsa del almuerzo que había pintado para mí.

Esta vez era mi nombre el que aparecía escrito, como si lo hubiera hecho para dejarme un mensaje oculto.

Me senté en la cama, exhausta, frente al balcón. Las macetas seguían en formación: geranios, claveles, jazmines… y alguna suculenta testaruda que resistía a su ausencia.

Abrí las puertas. El aire me faltaba.

El perfume a Aire de Loewe lo invadía todo.

Su olor.

Me dormí sin querer.

Y soñé.

Un camino largo, flanqueado por flores rosas, azules y naranjas. Olía a limón, a tardes de verano. Me detenía a oler cada flor, y cada una me hablaba: cree, busca, lucha, huye, vuelve, recuerda, olvida…

Yo era el hada Margarita. Cabello rojizo, ojos azules con destellos dorados. Caminaba hacia un destino invisible, donde el tiempo se curvaba en espiral.

Al final del sendero, bajo arcos florales, la Vespa blanca del príncipe Edward brillaba. Él me esperaba. Me sonreía.

Y sus ojos pardos eran el final de todos mis cuentos.

~~~

Desperté.

No había comido. Sentía esa presión sorda, justo entre el pecho y el estómago. Un vacío amargo.

Y entonces, las náuseas.

Me quedé tendida, respirando hondo.

Tratando de recomponerme.

Cuando abrí los ojos, tardé unos segundos en recordar dónde estaba… si era de noche o de día.

El viejo tocador permanecía frente a mí, bañado por una luz tenue y pálida que se colaba por la persiana mal cerrada. Todo seguía en su sitio: el cepillo de mango dorado, los frascos de perfume alineados, las cremas dispuestas en perfecto orden, casi ceremonial… ahora sin uso, sin sentido.

Alguien —¿yo?— me había cubierto con una colcha de punto fino.

No recordaba haberlo hecho.

La reconocí al tacto: era la misma que usaba de pequeña, ligera como una caricia, tejida con hilo marfil, algo amarillenta por los años, pero tan cálida como siempre.

En la mesita de noche me esperaban un vaso de leche —cubierto con una servilleta doblada con precisión— y tres galletas de almendra con canela.

Las de siempre.

Las de los martes.

Las que la yaya compraba en el horno de Salvador el día que no había extraescolares. Las que guardaba en una lata azul con dibujos de flores y me daba mientras hacíamos crucigramas o veíamos la tele.

Encima, una nota escrita en tinta azul.

Solo una palabra: Mamá.

El aroma cálido de la canela me invadió.

Tomé una galleta, le di un mordisco pequeño y bebí un sorbo de leche fría, como a mí me gustaba.

Pero el estómago protestó.

El nudo seguía allí, inmóvil.

Me levanté en silencio, sin prender la luz, y caminé por el pasillo familiar, descalza, sobre el frío piso de mármol.

El ático, con sus techos inclinados y sus ventanas abiertas al cielo, seguía siendo el mismo.

Entré en mi antigua habitación.

La yaya lo había dispuesto para mí hacía años, con amor, con mimo: una cama grande, una mesa de estudio junto a la ventana y, en la habitación contigua, el piano.

Ahí estaba.

Mudo.

Solemne.

Con la tapa cubierta por una fina capa de polvo que el tiempo había depositado lentamente.

Me quedé inmóvil frente a él. Había sido mi refugio, mi cómplice, el único testigo de tardes interminables en las que cada tecla que mis jóvenes manos lograban arrancar de él se convertía en voz.

Y ahora…

Ahora era apenas un mueble olvidado, igual que tantas partes de mí que había dejado atrás para sobrevivir a la prisa.

Entonces la vi en la mesa del comedor.

Blanca.

Impoluta.

Llamándome sin voz.

La caja de Carmela.

No recordaba haberla visto allí al llegar. Juraría que estaba en el cuarto grande.

Debió de ser mi madre.

Me acerqué.

Encima, un segundo post-it amarillo: No la olvides.

La tomé con las dos manos.

Pesaba… tanto como los recuerdos que contenía.

Volví a mi cuarto. Me senté en la cama, con las piernas cruzadas, y la puse frente a mí, en una ceremonia íntima.

Con respeto.

Con intriga.

Con prudencia.

—Yaya.

—Dime, xiqueta.

—¿Qué guardas en esta caja blanca?

—Mis secretos.

—¿Puedo verlos?

—No, reina. Si los ves, dejarán de ser secretos. Algún día tú también tendrás los tuyos.

Los tuyos… y los míos.

Me detuve.

Cerré los ojos.

La abrí.

Carmela,1964, carta a Enrique.

Y en cada hilo tejido se fue bordando la trama que asesinó nuestro amor.

Y en cada flor que bordamos, quedó atrapado el recuerdo de la pasión que nos unió.

El interior olía a lavanda.

No al perfume artificial de los sobres de armario, sino al aroma real de la planta seca, recogida con esmero y envuelta en tela. Provenía de una pequeña bolsita de algodón, bordada con un ramillete y cerrada con una cinta de seda azul, descolorida por el tiempo.

En la parte interior de la tapa, pegada con un trozo de celo, una carta.

Un sobre nuevo, sin remitente ni destinatario.

La dejé a un lado.

Retiré las capas de papel de seda blanco, arrugadas, crujientes, protectoras de un tesoro… Y entonces los vi.

Los objetos, dispuestos con un orden minucioso:

Un manojo de cartas, unidas con un lazo rosa pálido.

Una cajita de piel verde.

Una caja de joyería, pequeña.

Una bolsa de seda blanca.

Una banda de fallera con bordados dorados: 1962.

Un sobre abultado con viejas fotografías.

Eso contenía la caja.

Algo que no podía tocarse, pero que estaba allí.

El eco de una mujer que había amado más allá del tiempo.

Eso era todo.

Así… empezó todo.

Carmela, 1964. Fragmento de carta a Enrique.

Quise olvidarte.

Dios sabe que lo intenté.

Pero cada reproche, cada fracaso, cada silencio, cada golpe, me devolvía a ti como un reflejo en un cristal que no se puede romper.

Por las noches, cerraba los ojos con fuerza.

Imaginaba tus manos. Tu voz.

Creía —quería creer— que, si me concentraba lo suficiente, si te pensaba intensamente, tú… podrías oírme.

Y entonces te gritaba en silencio:

Ven a por mí.

Sálvame.