Capítulo 3 #3
—Sí, perdón. Sé por qué estamos aquí... el testamento de la yaya, sus últimas voluntades —repetí lo último que Ramón había dicho.
Pues bien, empezamos la lectura.
A mi familia:
Si estáis leyendo esta carta, con toda seguridad es porque he muerto. No estéis tristes. La vida empieza y termina para todos. Yo he tenido una vida agridulce… pero plena. Plena porque te tuve a ti, hija mía, y tú me diste un hijo y una nieta que fue la luz de mis días.
No entraré en lo amargo. Prefiero quedarme con los besos de mi nieta, con las charlas a media tarde con mi yerno, con nuestras risas y nuestras diferencias, y con mi querida hija.
Sé que no siempre nos entendimos. Has heredado de tu padre su fuerza de carácter, su perfeccionismo, su rectitud… y también su genio. Pero llevas en ti la bondad y la capacidad de amar de tu abuelo Manuel, mi padre.
Gracias a Dios, los últimos años de mi vida pude verte de verdad. Conocerte como mujer.
De pequeña eras curiosa, como Marina, y muy cariñosa. Aunque eso sí, siempre querías ser el centro de atención, y tu padre te lo concedía encantado. Te adoraba.
Recupera a esa niña. Piensa cómo eras. Recuerda tu naturalidad, tu frescura… y relájate. Vive.
Lo que no hagas hoy, ya lo harás mañana. A nadie debes dar explicaciones. A nadie se las debes.
Eres fuerte, independiente. Una mujer con valía, con una carrera brillante.
Delega. Cuida a tu marido —al que tanto amas— y a mi Marina. Y sé feliz.
Te quiero, hija.
Te dejo en propiedad la casa de Asturias, que te corresponde por derecho; pertenecía a tus abuelos paternos. Si a tu padre le hubiese dado tiempo, estoy segura de que te la habría legado él mismo.
También quiero que te quedes con el chalet del Vedat. Haz con él lo que desees; nunca le tuve un cariño especial… Pero sí me gustaría que conservaras el apartamento de Cullera. Has sido feliz allí. Y yo también.
Aún quedan algunos de tus viejos amigos por la zona. Quizá te haga ilusión verlos otra vez.
El dinero os lo dejo a partes iguales a Marina y a ti. Ella aún tiene que labrarse un camino y necesitará ayuda. Tampoco es que quede mucho… pero todo suma.
A mi querido yerno —con quien compartí tantas conversaciones, que fue el hijo que nunca tuve, que ha cuidado con esmero a mi hija y ha adorado a mi nieta—: sabes que te quiero, porque te lo he dicho mil veces. Te respeto y te admiro.
Sigue cuidando de mis chicas.
Quisiera que te quedaras con la colección de libros antiguos de mi marido. También con el mueble de la entrada, ese que siempre te gustó tanto. Dentro encontrarás una sorpresa que hallé hace años, rebuscando entre cosas viejas.
Marina, xiqueta, has sido la estrellita de mi vida.
Mi fuerza cuando flaqueaba.
Mi alegría diaria.
No quiero que sufras por mi ausencia. Recuérdame, escúchame. Estoy convencida de que, si sabes poner todos tus sentidos, podrás sentir que estoy contigo siempre.
Sé que tienes esa sensibilidad. Yo también la tuve.
¿Recuerdas nuestros paseos por la Gran Vía? ¿Los desayunos en VIPS?
¿Los cuentos del hada Margarita y el príncipe Edward?
Recuérdalos, hija. Te hará falta.
A ti, mi preciosa princesa Marina, te dejo el ático de la calle Salamanca y todo lo que contiene, salvo lo que tu madre desee conservar y lo que he dejado a tu padre.
Os quiero. Sed felices.
Carmela.
Giré mi cabeza hacia mi madre. Sonreía, asintiendo en silencio.
Mi padre me miraba con los ojos humedecidos.
Y Ramón aguardaba, respetuoso, mientras digeríamos juntos este último adiós.
Una vez firmados los papeles, Ramón me entregó las llaves del ático de la calle Salamanca, junto con la carta manuscrita de doña Carmen Beltrán i Gamón.
Bajamos los cuatro pisos por la escalera gastada —el ascensor no nos inspiraba confianza— y allí, abajo, nos esperaba Pepet.
—¡Ay, Pepet! Me había olvidado de usted —dijo mi madre.
—No se preocupe, señora. ¿Todo bien?
—Oh… mmm… sí. Gracias. Tenga. —Le tendió un billete de cincuenta euros—. Cómprese algo bonito.
—Oh, no, señora… eh… no podría…
—Por favor. Hágalo. Mi madre estaría feliz de saber que lo hice.
Nos marchamos. Pero Pepet se acercó a mí y, con la voz baja y los ojos empañados, volvió a hablarme:
—Trate de ser feliz, señorita. No deje que nadie le diga lo que tiene que hacer. Y si se enamora… que sea. No le pase como a su yaya… pobreta… sufrió tanto… Es usted tan parecida a ella…
—Gracias, Pepet… ejem… así lo haré.
Enrique 1964. Fragmento carta a Carmela.
Tu madre consiguió lo que quería. Un médico con renombre que te ofrecía un puesto en la sociedad. A mí, en cambio, nunca me perdonó ser fotógrafo. Nunca entendió que, entre disparos de cámara y químicos en el laboratorio, yo era capaz de verte como nadie más lo hizo.
Seguí a mi madre, que ya salía por la puerta.
No entendí ni una palabra de lo que aquel hombre me quería decir. Mis padres me esperaban en la puerta. Me despedí rápidamente de ellos.
Les dije adiós frente al edificio; aunque insistieron en que los acompañara a comer, yo necesitaba hacer algo… y me alejé, encaminando mis pasos hacia la calle Salamanca.