Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Llegó a casa, se deshizo de dos patadas de sus Louboutin —que fueron a parar al sofá, haciendo que Orson saliera disparado en busca de refugio—, lanzó su bolso al suelo, se desabrochó el pantalón y el sujetador con rabia y cayó de bruces sobre la alfombra blanca del salón.

Comenzó a llorar.

Un llanto desconsolado. Un duelo aún no superado que le partía el alma.

—¡Mamá, por Dios! ¿Qué te pasa?

Era un llanto profundo, desgarrador. Nunca antes había visto a mi madre perder los papeles. Aquella mujer fuerte, imperturbable, la gran señora de los Pérez de Ayala se rompía ante mí.

El duelo es un territorio caprichoso. Cada uno lo habita a su manera. Algunos lo cruzan en semanas; otros se quedan varados en él durante años, y hay quien nunca lo supera, perdido en un laberinto sin final de emociones que vagan entre el recuerdo y el dolor.

Mi madre necesitaba estallar. Toda esa rigidez contenida se quebró en un torrente de lágrimas. No dejaba de repetir el nombre de su madre. Una y otra vez.

~~~

Pasaron dos meses desde la muerte de la yaya. Cada cual retomó su rutina como pudo, fingiendo que el tiempo bastaba para recolocar las cosas. Mi madre volvió a erguirse, pero algo en ella había quedado torcido para siempre.

Entonces, un día cualquiera, recibí una llamada inesperada. Era Ramón Santa Eulalia, un viejo amigo de la familia y notario.

—Marina, cielo… Soy Ramón Santa Eulalia. ¿Me recuerdas? Necesito que vengas este jueves a mi despacho.

—¿Este jueves? ¿Tan pronto?

—Sí, cielo. Sé que es lunes y que hay poco margen, pero es importante.

No, no puedo darte detalles…

Puedes imaginarlo, claro.

Tus padres también estarán. Habla con ellos. Un beso, cielo.

Jueves, once de la mañana.

Colgué. Me senté. Necesitaba pensar.

El jueves. Tres días. El artículo de Yo Divina, sin terminar. La columna de Historia del vestir, casi lista… Una última revisión. ¿Cuántos días libres me quedan? Cuatro… tal vez cinco.

Motivo: lectura del testamento.

¿Y yo qué pinto allí?

Supongo que todo lo de la yaya es para mamá. Pero tal vez… tal vez quiso dejarme algo. No lo sé.

Si esa fue su voluntad, tendré que estar allí.

Enrique 1964. Fragmento carta a Carmela.

Hoy dejo de esperarte. No porque haya dejado de amarte, sino porque debo seguir. Porque si tú has podido dar ese paso, aunque haya sido por obligación, yo también puedo mirar hacia delante.

Valencia.

Despacho del ilustre notario don Ramón Santa Eulalia.

Fui hasta la calle Isabel la Católica, en pleno centro de Valencia. Mayo envolvía la ciudad con ese calor tibio que no quema, pero aprieta. Y, en la ciudad de las flores, de la luz y del amor, olía a azahar. El sol lucía con fuerza y las parejas deambulaban cogidas de la mano aquí y allí.

Para la ocasión, había elegido un conjunto azul marino de pantalón y blusa de manga larga, acompañado de un chaleco de lana hasta media pierna.

El azul es mi color: resalta mis ojos azules y dorados y favorece los tonos cobrizos de mi cabello.

Colgué al hombro mi bolso favorito —un Loewe Flamenco en camel— y me calcé unas zapatillas venecianas carísimas que mi madre se había empeñado en regalarme.

—Ya que no llevas buenos zapatos, ¡lleva buenas zapatillas, nena!

Esperé a mis padres frente al gran patio del edificio Condes de Buñol, muy cerca del despacho de don Ramón.

Hacía años que no pasaba por allí y el lugar me pareció un eco de lo que fue: un antiguo palacio venido a menos.

En el patio central, un gran macetero presidía el espacio bajo un techo acristalado altísimo.

Los bajos estaban ocupados por tiendas de muebles y ropa, que mostraban su decadencia con resignación, aunque era un edificio de lujo destinado a oficinas.

A la derecha, el acceso al edificio. Allí estaba sentado Pepet, el viejo conserje.

—Buenos días, familia Pérez de Ayala. ¿Cómo se encuentran?

Siento mucho el fallecimiento de su madre, señora Isabel.

Nos conocíamos desde críos, desde que empecé a trabajar en la finca de la calle Salamanca.

Ella era algo más mayor que yo, siempre amable.

Me traía café y alguna pasta. Luego, ya casada, me dejaba un postre o una propina, siempre a escondidas del padre de usted. Pobrecilla.

—Gracias, Pepet. Vamos a ver a Ramón. Que tenga un buen día.

—¡Ah, claro! Hasta luego, niña —me dijo mirándome a los ojos—. Eres igualita a tu abuela Carmela… Trata de ser feliz, hija.

Me sorprendió el comentario. ¿Qué sabía él que yo no? ¿Por qué ese «pobrecilla»? ¿Por qué «trata de ser feliz»?

Subimos los cuatro escalones de mármol Macael, desgastados por los años, que llevaban al viejo ascensor: una reliquia encajada en la escalera de mármol blanco, con pasamanos de madera tallada. Abrimos la puerta de forja repintada en verde pino y entramos en silencio.

El despacho nos esperaba en el cuarto piso. La joven secretaria de Ramón nos recibió con cortesía:

—Buenos días, señores Pérez de Ayala y señorita Marina. Pasen a la sala de espera. Don Ramón los recibirá en unos minutos.

Nos acomodamos en una salita luminosa, con altos ventanales de madera, cerraduras de cremona y contraventanas ajadas por el tiempo.

Las paredes semicirculares, de un tono crema más pálido que los ventanales, lisas y pulidas, contrastaban con el techo, rematado en escayolas con cuatro querubines que sostenían, aleatoriamente, flauta, arpa, laúd y triángulo.

Unas bandas labradas con flores cruzaban sus pechos y, en cada esquina, cuernos de la abundancia repletos de frutas representaban la riqueza de quien antaño habitaba la casa.

El artesonado de madera, en forma de cuadrículas, estaba entrelazado con ramos de rosas y madreselvas, perfectamente mantenido por su actual dueño.

Dos grandes sofás en capitoné granate nos daban asiento y, en el centro de la sala, una mesa de mármol blanco Carrara, con patas talladas en forma de clave de sol, sostenía un cristal envejecido, enmarcado en grueso marco. Encima de la mesa, Tamara Falcó me sonreía desde la portada del Hola.

—Marina, deja de mover las piernas así. Es feo y me pone nerviosa —dijo mi madre.

—Perdona, mamá. Estoy tensa.

—Como todos, cariño. Como todos.

Se abrió la puerta. Sandra, la ayudante, nos invitó a pasar al despacho.

—Hola, familia —saludó Ramón, cálido y directo—. Me reitero en mi pésame.

Nos saludó uno por uno. En lugar de recibirnos en su gran mesa de despacho —una imponente pieza de ébano—, nos sentamos en sillones bajos alrededor de una mesa auxiliar enorme y sólida, realizada en el mismo ébano que la principal. Allí, Sandra había dispuesto café, pastas y agua para todos.

Ramón tuvo cierta dificultad para sentarse, víctima de su sobrepeso.

Vestía su habitual traje gris marengo, camisa blanca, corbata de rayas verdes, demasiado corta para su abultado vientre.

Hacía mucho que no lo veía: el cabello le había encanecido y, aunque su rostro seguía siendo amable, su cuerpo había envejecido.

—Si os parece, y siendo como sois casi familia, vamos a hacerlo de forma informal. Será más llevadero.

—Perfecto —dijo mi padre.

—Claro, Ramón —añadió mi madre.

Yo solo retorcía mis manos. Era una sensación extraña. Aunque consciente de que la yaya ya no estaba, esto era distinto. Era como tocar sus recuerdos, su voluntad, sus cosas amadas. Todo aquello que guardó con ternura a lo largo de los años.

—¿Yaya?

—Sí, xiqueta.

—¿Ese cuadro lo has pintado tú?

—¡No, reina! La yaya no sabe pintar. Fue mi madre quien lo hizo.

—¿Yaya?

—Sí, xiqueta. ¿Què vols?

—Ese jarrón bonito, ¿me lo puedo llevar?

—No, bonica. Cuando yo no esté, podrás llevarte lo que quieras.

—¿Y adónde vas, yaya?

—Ohhh, no te preocupes. Para eso aún queda mucho tiempo. No pienso irme hasta que tú no seas una mujer.

—¡Pues entonces aún queda muuuuucho!

Pero el tiempo, caprichoso y traicionero, no nos concedió tanto margen. Ahora era una mujer adulta (o eso decía mi DNI), demasiado ocupada, demasiado funcional. El tiempo no me dejaba decidir, solo obedecer. Obligaciones, rutinas, trabajo, descanso justo y vuelta a empezar.

¿Y si necesitaba un cambio? —pensé—. La vida corre deprisa en este plano, y yo quiero sentir, no solo sobrevivir.

—¡Marina! Céntrate, cariño. Te está hablando Ramón.