Capítulo 3
Y en la última página se leía fin
Todas las vidas son, en el fondo, un libro único.
No hay ediciones revisadas ni segundas oportunidades.
Se empieza a escribir el día en que el alma decide encarnarse, sin prólogo, sin advertencias. Desde ese instante, lo que haces —y lo que dejas de hacer—, cada decisión, cada indecisión, va llenando sus páginas.
Hay libros con más páginas y otros con menos.
Unos son livianos; otros, espesos.
Cada gesto, cada silencio, cada elección —incluso las que creemos pequeñas—, cada omisión, cada error o acierto da forma al relato que somos.
Algunas páginas las escribimos con entusiasmo; otras se manchan con lágrimas que no supimos contener. Hay páginas que quisiéramos arrancar y otras que releeríamos una y otra vez.
Pero lo cierto es que no podemos volver atrás.
La memoria —caprichosa y selectiva— se convierte en la única forma de releer lo ya vivido. Y, aun así, nunca será igual. Porque el tiempo, que a veces cura, también borra. Y porque nosotros tampoco somos ya los mismos que leímos aquellas páginas por primera vez.
Quizá por eso añoramos tanto aquello que ya fue.
No por lo perfecto, sino por lo irrecuperable.
Porque no volverá.
Y porque, sin saberlo, nos hizo ser quienes somos… y formará parte de lo que seremos hasta la última página, hasta la palabra final.
Enrique 1964. Fragmento carta a Carmela.
Tampoco yo supe luchar más. Me cansé de esperar, de mendigar permiso para amarte.
Pero no te culpo. Sé que te dolió. Sé que aquella última noche, cuando nos encontramos a escondidas, nuestros cuerpos se hablaron por última vez.
Que nuestras manos no querían soltarse. Que aquel beso —ese que aún siento en mis labios— fue un adiós disfrazado de eternidad.
Y luego todo cambió.
El libro de la yaya llegó a su última página después de una larga noche.
Su pequeño cuerpo, consumido por el dolor y por el cáncer, ya no tenía fuerzas. Solo tuve tiempo para decirle cuánto la quería, y se durmió.
Pasó la noche sedada, en ese lugar intermedio entre el aquí… y el lugar al que vuelve el alma cuando concluye su camino. A veces balbuceaba palabras inconexas, que ya no pertenecían a este mundo; otras, entre las pausadas respiraciones, parecía nombrar a alguien que ninguno conocía.
Mamá no dejó de acariciar sus pies. Yo le cogí la mano, cada vez más fría, aunque seguía siendo la misma: fina, pequeña, suya.
Olía a su perfume de siempre —Aire de Loewe—. Seguía siendo ella.
Comencé a contarle los cuentos que me narraba de niña. El hada Margarita, el gnomo Toto y el apuesto príncipe Edward fueron las últimas palabras que su cuerpo cansado escuchó.
Y entonces, en un momento inesperado, el rictus de su rostro se suavizó. Esbozó una pequeña sonrisa. Parecía más joven. Estaba guapísima…
Y respiró por última vez.
El aire no volvió a sus pulmones.
Su libro se cerró.
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El tanatorio era un edificio pulcro, con paredes blancas y un silencio denso que, a pesar de sus pretensiones de ser acogedor, no lograba más que parecer un lugar frío, lúgubre… como la muerte que habitaba en cada rincón.
Ni flores, ni mármol pulido, ni adornos caros podían ocultar la omnipresente verdad: que la temida muerte —esa verdad irrefutable— es parte de la vida. Es lo más cierto, lo más presente, lo más temido.
Crecemos con la creencia ancestral de que estamos a salvo de ella. La tentamos, la desafiamos mientras la juventud habita en nuestros huesos. Pero a medida que envejecemos, empezamos a aceptar que ese día llegará… aunque deseamos que lo haga tarde, lo más lejos posible.
Y cuando la piel se arruga, cuando los huesos flaquean, sentimos que se acerca. Y, sin embargo, seguimos sin aceptarla.
Olvidamos que hay un lugar al que todos estamos predestinados. Nos asusta porque no podemos verlo, aunque nuestra vida es un constante camino hacia él.
—Señorita, su abuela está preparada. ¿Desea despedirse de ella antes de cerrar el ataúd? —preguntó una mujer vestida de negro, elegante, con el pelo recogido en un moño apretado.
Miré a un lado y al otro. Estaba sola. Mis padres habían salido a tomar el aire —en el caso de mi madre, a fumar un cigarrillo—.
No sé por qué acepté. Sin pensar. Sin saber realmente a qué me enfrentaba. Tal vez por responsabilidad. Tal vez por estupidez. Asentí.
La joven me condujo a una sala contigua, señaló el ataúd y se retiró.
No la reconocí.
Allí yacía mi yaya, en un ataúd de madera brillante, sobre un acolchado blanco. El maquillaje destacaba en un tono oscuro y anaranjado en su piel.
Ella, que fue de tez pálida como la mía, que jamás usó más que un toque de color en los labios, ahora tenía el rostro hinchado y un rictus sin vida.
Sin su alma… ya no era ella. Solo quedaba el cuerpo. Carne. Materia.
Y, aun así, era mi yaya.
Me incliné y besé su frente.
Ojalá no lo hubiera hecho.
Sentí un frío que me atravesó.
Un frío marmóreo. Una sensación helada que se instaló en mis labios… y en mi memoria. Una impronta de muerte que no olvidaré jamás.
Las visitas iban y venían.
Amigos de mis padres, colegas de sus múltiples trabajos y alumnos de sus mil carreras. Mis tíos Vicente y Miguel. Algunas —muy pocas— amistades del barrio. Marcela, la amiga de siempre de la yaya.
Y, por fin, mis amigos.
Con ellos sí pude llorar. Reír. Respirar. Sostener el alma rota, al menos por unas horas.
Era la primera vez que veía de cerca la muerte.
Nunca antes había perdido a alguien tan cercano.
Y esa experiencia quedó tatuada en mí:
El hueco en el pecho. La ingravidez. La mente embotada de recuerdos.
La voz que ya no escucharás.
La mano que ya no cogerás.
Las palabras que no dijiste… y que ya no podrás decir.
Todo queda atrás, pero todo sigue contigo.
Guardado en el archivo invisible de lo que sentiste.
Y si sabes escuchar… vuelve.
Nunca se pierde.
Enrique 1964. Fragmento carta a Carmela.
Aquel día comenzó mi silencio. Y aunque tú no lo supieras, Carmela… Desde entonces, te he escrito en todas las cosas que he amado. Y en las que he odiado.
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Pasados unos días, volví a Madrid. Tenía que retomar mi columna Yo Divina, y sabía que mis arpías secuaces no habrían adelantado ni una sola línea.
En cuanto puse los pies en el aeropuerto Adolfo Suárez, mi mente regresó a la rutina sin miramientos.
Esa misma tarde tenía una reunión importante con Martina, representante de Loewe, que iba a mostrarme la última colección de bolsos y complementos.
Llevaba tiempo esperando ese encuentro y estaba emocionada por conocer, de antemano, las novedades.
En apenas dos días se publicaría el primer artículo de Yo Divina, firmado por Marina Pérez de Ayala, y en una semana debía salir la siguiente entrega de Historia del vestir.
No había tiempo para pensar en otra cosa…
salvo en mi madre, que —aprovechando sus días libres tras el fallecimiento de la yaya— se me pegó como un chicle en la suela y se vino a vivir a mi apartamento de Madrid.
La relación entre mi madre y la suya nunca fue del todo buena.
Eran polos opuestos, como también lo habían sido el yayo y la yaya.
Mamá era energía pura, perfección pulida, una maniática del orden, milimétricamente organizada.
La yaya, en cambio, era la calma. Tenía ese ritmo pausado de quien sabe que todo llega cuando debe llegar.
—Lo que no se hace hoy, se hará mañana —decía.
No era descuidada, ni mucho menos, pero no vivía atrapada en la rigidez del control.
Sin embargo, en los últimos años se habían acercado. Mi madre se había ablandado; su madre la esperaba con los brazos abiertos. Compartían cafés varias veces por semana y algunas tardes se perdían juntas por los pasillos de El Corte Inglés de Colón o por las tiendas de Cirilo Amorós.
Mamá siempre volvía cargada con trajes, bolsos y zapatos; la yaya, con algún capricho para mí o con su inseparable frasco de Aire de Loewe.
Nunca conocí al yayo. Falleció cuando yo era muy pequeña, y la yaya Carmela apenas hablaba de él.
—Yaya, ¿esa foto es del yayo y tú el día que te casaste?
—Sí, xiqueta. ¿Has visto qué joven era la yaya? ¿Y qué guapa? Tú serás igualita en tu día, ya verás.
—Y el yayo también está guapo.
—Sí, cariño. Cuando uno es joven…
—¿Yaya?
—Dime, reina.
—¿El yayo era como el príncipe Edward?
—Ay, no, reina… ¡Qué ocurrencias tienes! —dijo riendo y mirando al techo—. El yayo era el yayo. Y ya está.
Todo lo que sé del yayo Manuel lo aprendí por mi madre —lo bueno— y por mi padre —lo no tan bueno.
Mi padre siempre tuvo una relación entrañable con su suegra.
Eran parecidos de carácter y él la quería como si fuera su propia madre.
En cada visita al ático —cuando me llevaba o me recogía de la calle Salamanca— aprovechaba para tomar un café con la yaya.
Se quedaban hablando durante horas mientras yo jugaba con mis muñecas o montaba puzles.
A veces pienso que papá supo más de la yaya Carmela que su propia hija.
Mamá se empeñó en venir a recogerme del trabajo cada día.
Me esperaba en el patio, impecable: traje de chaqueta, Louboutin de tacón imposible, el Louis Vuitton colgado del brazo, su melena chocolate perfectamente ondulada y ese toque imperceptible de maquillaje, coronado con el aroma embriagador de Les Sables Roses.
A sus cincuenta y tantos, tenía una figura y una piel envidiables. A su lado, yo —delgaducha, con el pelo rojo heredado de la yaya recogido en una coleta suelta, vaqueros, camiseta y zapatillas— parecía más su hermana pequeña que su hija.
Eso sí, un buen bolso siempre me acompañaba. Eso nunca lo descuidé.
Muchas tardes se unía a mis compañeros de redacción para tomar unas cañas y unos pinchos. Hablaba con soltura de cualquier tema, reía abiertamente y, sin buscarlo, se convertía en el centro de atención.
Yo, mucho más reservada, la observaba desde la barrera, bebiendo mi refresco a pequeños sorbos. Los hombres la miraban y las mujeres la admiraban. Yo aceptaba mi segundo plano sin envidia, con dignidad.
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Una noche, después de volver de cenar y con alguna copa de más en el cuerpo, mi madre se derrumbó.