Tiempo bordado en hilos de espolín Capítulo 2
3%

Capítulo 2

Prepara las maletas que la muerte acecha

Mi relación con la yaya Carmela siempre fue profunda y afectuosa.

Desde pequeña pasaba muchísimo tiempo con ella.

Se había quedado viuda joven y ansiaba compañía.

Mi padre, que nunca dejó de estudiar —por puro placer intelectual, no por obligación—, me dejaba cada mañana en su ático de la calle Salamanca.

Teníamos nuestros rituales: desayuno en el VIPS de Gran Vía y luego un paseo por el bulevar, los días sin cole, claro.

Durante aquellos paseos, la yaya me contaba cuentos sobre hadas, gnomos y criaturas que, según ella, vivían bajo las raíces de los árboles centenarios. Siempre nos sentábamos en el mismo banco, y allí empezaba la magia:

—Yaya, cuéntame otra vez cuando el príncipe Edward, montado en su Vespa blanca, rescató al hada Margarita de las garras del gnomo Toto.

—¿Otra vez ese, xiqueta? Tengo muchos más cuentos para ti, princesa Marina…

—No, yaya, yo quiero el del hada Margarita.

Y ella me lo volvía a contar. Siempre el mismo cuento, pero con detalles nuevos, giros inesperados o diálogos distintos. Sin embargo, los protagonistas nunca cambiaban. Siempre estaban Edward y Margarita.

Con el tiempo, empecé a notar que la yaya acariciaba con suavidad el respaldo del banco mientras hablaba. Sus ojos se humedecían, aunque su voz seguía firme.

—¿Yaya? ¿Estás triste?

—No, xiqueta. Solo estoy recordando.

—¿Qué recuerdas?

—Otros días, otras horas… otros cuentos, con finales tristes.

—¿Y por qué no cambias el final?

—Porque a veces los finales son como son, y nadie los puede cambiar.

—¿Y por qué no?

—Porque el tiempo es un traidor. Y, una vez que pasa… ya no se puede volver atrás.

Aquella conversación quedó grabada en mí como una advertencia disfrazada de cuento.

Entonces no lo entendía. Hoy sí. Cada palabra de mi yaya era una cápsula del tiempo, cargada de experiencias, con una pretensión concreta, conectarme con una futura misión, preparándome para otra época, porque la vida no espera.

Y fue esa misma sensación —esa certeza de que el tiempo no espera— me asaltó de golpe cuando, años más tarde, recibí la llamada de mi madre.

Su tono era lúgubre, más apagado de lo habitual. Y por eso, más alarmante:

—Marina, prepara las maletas. La yaya está muy malita... No tardes, hija.

Enrique, fragmento carta a Carmela.

Estuve allí, en el último banco. Invisible, como tantas veces me he sentido desde que nos alejamos.

Observé tus pasos lentos, tu mirada perdida, tus manos temblorosas.

Y lo supe: no era felicidad lo que llevabas en los ojos, sino resignación.

Aquel brillo que me buscaba cada tarde, en cada esquina, en cada fotografía que te tomaba... ya no estaba.

La voz de mi madre sonaba preocupada; noté que lloraba. Me quedé muda, tratando de asimilar la noticia.

Guardé silencio.

El corazón me dio un vuelco. El suelo se descompuso bajo mis pies, mientras el miedo se instalaba sin permiso, incapacitándome. El traidor del tiempo volvía a hacer de las suyas.

Me quedé quieta, paralizada, incapaz de decidir el paso siguiente. Mi cuerpo necesitaba unos segundos más para entender lo que mi mente ya sabía. Orson, como si pudiera percibir mi temblor interno, se enroscó junto a mí en el sofá. Su suave maullido fue el empujón que necesitaba.

Me pesaba enormemente no haber podido ir a visitar a la yaya Carmela el último año y ahora, quizá, el tiempo me negaba una segunda oportunidad.

En menos de una hora tenía hecha la maleta.

Llamé a Claudia, mi vecina, que, como siempre, fue un ángel.

Se ofreció a cuidar de Orson sin dudarlo.

Me ayudó a pedir el taxi, me preparó una tila —con misterio, le llama ella; yo la llamo cargadita de alcohol— y hasta me metió un sándwich en el bolso, como haría una madre improvisada que se da sin pedir nada a cambio.

Pude encontrar un billete, carísimo, para el AVE Madrid-Valencia y llamé a un Cabify que me llevara a la estación. Algo de equipaje de mano y un sentimiento de terror, de urgencia, cargado en el pecho.

Durante el trayecto en tren intenté repasar los artículos pendientes, los eventos en pausa, las entrevistas por confirmar… pero era inútil. Mi mente volaba más deprisa que el AVE. Atravesaba años.

Vi a mi yaya envejecer, rememoré su voz, sus cuentos; pude oler su perfume, tocar sus manos suaves, oír sus silencios cargados de recuerdos.

Mis ojos se perdían en los cuadros abstractos que se pintaban frente al marco de la ventanilla —marrones, verdes, azules y grises—, creando un intrincado lienzo que cambiaba cada metro que recorría el tren. Pero mi pensamiento corría aún más deprisa. Temía. Presagiaba. Negaba.

Hacía varios años que la yaya padecía un maldito cáncer que la había ido consumiendo poco a poco.

La que antaño fue una mujer de curvas generosas y cuerpo proporcionado se había convertido en una muñeca débil y menuda, de huesos marcados y sombras profundas.

Pero seguía siendo ella. Nunca perdió su alegría, sus ganas de vivir ni su risa… sobre todo, su risa.

Cuando llegué a Valencia, el aire era húmedo, pesado. La oscuridad se cernía sobre la capital del Turia, cargada de claroscuros que anticipaban la noche… y la muerte.

Tomé un taxi directo al hospital.

Apenas crucé palabra con mis padres en la puerta. Dos besos, un sentido abrazo, una pregunta en los ojos, el entendimiento.

—Sube, Marina. Te espera.

Me condujeron directamente a su habitación.

Y allí, más pequeña y más frágil que nunca, pero con la misma paz en el rostro, estaba mi yaya Carmela. Ella, que siempre fue de mejillas sonrosadas y labios coralinos, mostraba —para mi pesar— el color grisáceo que antecede a la muerte. El color de un cuerpo que se despide de esta vida.

Sonrió con la satisfacción serena de saber que yo había llegado.

Me acerqué a la cama y le tomé la mano huesuda. Estaba tibia, suave y acogedora, como siempre lo fue… pero débil, sin fuerzas.

—Xiqueta… —murmuró, sin abrir del todo los ojos—. Has venido.

—Claro que sí, yaya. Siempre.