Capítulo 1
Marina Pérez de Ayala
Nací en el seno de una familia acomodada, una larga estirpe de abogados de apellidos pomposos y egos inflados, donde parecía tener más peso el linaje que las personas que lo llevaban.
Entre susurros de poder heredado y silencios rígidos, aprendí pronto que allí el apellido era más que una identidad: era una sentencia.
Crecer entre tanta solemnidad fue una lección constante: el poder se hereda, igual que la fe y el desprecio por lo que no produce. Me educaron para brillar, para ser la próxima Pérez de Ayala con todos los honores que eso implicaba.
Mis padres no escatimaron en mi educación: me enviaron a los mejores colegios bilingües, donde se congregaba la crème de la crème, una élite empeñada en rivalizar y competir desde muy jóvenes ya fuera por los puestos más codiciados o por las carteras más abultadas de la sociedad valenciana.
Allí aprendí pronto que la sensibilidad era un lujo que no estaba permitido, y que la compasión era más un estorbo que una virtud.
Recibí una sólida formación musical; alcancé el Grado Superior de Piano. El cual se convirtió en mi compañero más fiel, y de sus teclas marfileñas brotaban melodías que mis dedos arrancaban con delicadeza. La música se convirtió en un catalizador de los confusos sentimientos adolescentes.
Me trataron de inculcar cierto espíritu deportivo, aunque no destaqué precisamente en ese terreno; no por falta de empeño, sino más bien por ausencia de aptitudes —tengo, como suelo decir, dos piernas izquierdas—.
Aun así, sigo siendo socia del Club de Tenis Valencia.
El tenis fue el único deporte que logró captar mi interés después de probar varias disciplinas.
Por supuesto, también me impusieron las «mejores» amistades posibles: nobles cunas, príncipes y princesas sin trono ni hacienda, un desfile de expectativas que, a la larga, no supe cómo encajar.
Pero salí rana.
Como suele decir mi madre:
—Dinero y tiempo perdidos. ¡Es igualita a su abuela!
Aunque a veces la frase era menos diplomática:
—Una inútil, como su padre.
Mi madre, célebre abogada de derecho mercantil —estirada, clasista y manipuladora—, no podía aceptar que yo, carne de su carne, su única hija y heredera del apellido Pérez de Ayala, decidiera no seguir la abogacía y me lanzara al periodismo como medio de ganarme la vida, según ella:
—Esa profesión que utiliza palabras disfrazadas de verdad, vendidas al mejor postor, que se dedica a sacar trapos sucios y vilipendiar a diestro y siniestro.
Ella, la doctora doña Isabel María Gastaldi i Beltrán, hermosa donde las haya, elegante y culta, conoció a mi padre durante la carrera y se enamoró al instante.
Mi padre —el «inútil», también abogado— obtuvo la mejor calificación de España en la selectividad en 1985. Se licenció en Derecho con premio extraordinario de fin de carrera.
Nada le causó más placer que ver a mi madre —de tez clara— apretar los puños, torcer el gesto y enrojecer de rabia hasta parecer un tomate del Perelló cuando me gradué en Periodismo.
Aunque doña Isabel María no aceptaba mi decisión, se esforzó por admirar y alabar la valentía de su única hija en sociedad: Que si es una decisión valiente.
Que si trabajará en un periódico de prestigio.
Que si bla, bla, bla… No fuera que sus excelentísimas amistades pensaran que su hija no era digna de alto rango.
Don Juan Manuel Pérez de Ayala, su amado esposo, era el tercer hijo de sus notables padres, que habían puesto toda su ilusión en su primogénito: mi tío José Javier.
Pero él no tenía el intelecto suficiente para alcanzar las altas expectativas familiares.
No pudo siquiera acabar la carrera. Harto, cansado y desesperado, cayó en una terrible depresión que, tras años de drogas y alcohol, lo llevó a la tumba.
Mi tío Vicente, el segundo hijo, fue educado con menos expectativas.
Hombre dotado de notable inteligencia, se convirtió en un reputado abogado de familia.
Sin embargo, mis abuelos, en un acto cruel y homófobo, nacido y alimentado en una época de intolerancia absoluta, consideraron que no era digno de ser un Pérez de Ayala.
Ni cortos ni perezosos, lo desheredaron y le retiraron la palabra.
Él es mi único tío: compañero de fatigas, confidente… y, en más de una ocasión, cómplice de mis pequeñas rebeldías. A menudo me quedaba unos días en su casa, que compartía con Miguel —su pareja—, y juntos se convertían en mis mejores aliados en cualquier investigación sobre la historia del vestir.
Miguel, diseñador y enamorado de la moda de los siglos XVII y XVIII, guarda su tesoro en una habitación donde el aire es distinto; contiene cientos de años de historia.
La temperatura y la humedad están vigiladas con precisión; allí se custodia una reliquia.
Entre estantes y percheros se alinean tejidos, refajos, jubones, sombreros, mantones, mantillas…
y mis favoritos: diminutos zapatitos de seda para pies que parecen de muñeca.
Siempre me pregunto cómo podían caminar aquellas mujeres con tales delicadas torturas.
Tras la inevitable repulsa de mis abuelos —nada que sorprendiera a nadie, y menos al propio tío Vicente—, se instalaron en un pequeño piso en Chueca, donde conviven con el pasado… y con dos gatos Devon Rex que se mueven entre encajes y brocados, también piezas de colección.
Mi padre intentó mediar, discutió con mis abuelos, pero fue inútil. La distancia quedó cortada para siempre. Apenas los vi: dos cumpleaños, mi comunión… y poco más. Francamente, no sé si me perdí algo… aunque me inclino a pensar que no.
Y así, mi padre —del que no se esperaba nada, y nada se le exigía— resultó ser el más brillante de los tres hermanos, con las mejores calificaciones y sustanciosas ofertas de los bufetes más prestigiosos…
Pero él, al acabar la carrera, decidió no ejercer, dedicarse a su familia a tiempo completo y poner su patrimonio al servicio de nuestra familia.
Amable, sincero y cariñoso, es el polo opuesto a mi madre. Pero, como polos opuestos, se aman con locura.
Mi madre suele decir que, si no fuera porque es el amor de su vida, no podría soportar vivir con un «inútil desocupado» como él. Mi padre sonríe y le contesta:
—¿Te he dicho hoy que te quiero?
Ella sonríe y todo le perdona.
Así las cosas, yo, la señorita Marina Pérez de Ayala i Gastaldi, soy la heredera universal de la fortuna de mis abuelos paternos, mal que me pese.
Para mi madre, que había puesto grandes esperanzas en mí, era una vergüenza que su única hija —y una Pérez de Ayala— acabara opinando en alguna revista del corazón o hablando de moda y trapitos en una revistilla con pretensiones.
Y así acabé: creando contenido para una conocida revista digital, opinando sobre moda y escribiendo la sección La historia del vestir.
He de decir que mi trabajo me apasiona. Siempre he tenido un sentido muy desarrollado de la estética —heredado de mi madre— aunque, en la práctica, visto de forma sencilla y cómoda: buenos vaqueros, camisas amplias y zapatillas.
Mi única excentricidad son los bolsos caros, quizá porque siempre estuvieron presentes en casa o simplemente porque me encanta dar un toque de lujo a mis atuendos.
Tacones y trajes de chaqueta carísimos… no, gracias. Solo cuando el trabajo lo exige, y entonces me los pongo con la misma alegría que si me calzara unos grilletes.
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Hacía dos años que me había mudado a Madrid desde mi Valencia natal.
Mis padres venían a menudo por espectáculos, compras o —en el caso de mi madre— por trabajo.
Así que mis visitas a Valencia se habían vuelto esporádicas: Navidad y las vacaciones de verano en Jávea, donde mi familia tenía un bonito apartamento a pie de la playa del Arenal.
Con todo ello, mis amistades se habían distanciado un poco, en gran parte por mi culpa. No soy de llamar por teléfono, ni siquiera estoy en el grupo de WhatsApp: un verdadero desastre.
Pero, entre todas mis amistades de Valencia, conservo la que menos esperaba: Elenita, Nita, para los amigos.
Fuimos especialmente íntimas en el colegio. Amigas inseparables durante la tierna infancia, pero más tarde cada una eligió su camino y dejamos de coincidir.
Nuestra amistad se consolidó con el tiempo, justo cuando en Bachillerato Nita comenzó a salir con el hermano de Beatriz Gimeno, hija de una amiga muy querida de mi madre.
Así, Nita entró a formar parte de esas amistades enraizadas en el alma: las que crecieron contigo, con las que reíste a carcajadas, lloraste en silencio y aprendiste a vivir. Los amigos.
Son vínculos que no exigen llamadas diarias ni mensajes constantes para mantenerse vivos, porque habitan anclados en tu propio ser. Son hilos invisibles que forman parte de tu historia.
Y cuando regresa el verano, el tiempo parece no haber pasado. Todo permanece intacto, porque con ellas compartimos los instantes más importantes de la existencia… porque sí, porque en verano se viven los mejores momentos de la vida. ¿No es así?
Nita es bajita y regordeta, pero con un porte y una locuacidad que ya quisieran para sí unos cuantos Pérez de Ayala. Aunque su familia no era de rancio abolengo, estaba muy espabilada y tenía una gracia especial para convertir un trapo en un vestido de noche.
Sabía encontrar joyas en tiendas vintage, anticuarios, mercadillos e incluso en el Rastro. De hecho, acababa de montar su propia empresa de antigüedades: El baúl de Nita. Una crack.
Siempre recurro a ella cuando tengo una boda, una cena de empresa o algún evento donde no me exigen una marca concreta. Nita es lo que yo llamo una verdadera buscadora de tesoros. Y lo cierto es que se le da fenomenal.
Ese año había sido clave en la revista Dress una modesta sala con sofá, televisión y una mesa con cuatro sillas.
Cuatro paredes lisas y blancas y, sobre el cenador de Ikea, tres fotos: una de mis padres mirándose con cariño, otra de mis amigos en la playa, y la tercera, una foto mía con Carmela, mi yaya, y con mi madre, su hija.
Un pequeño balcón —desde el que apenas podía asomarme— me conectaba con el bullicio diurno de Madrid: bares, cafeterías, librerías, el trajín del barrio.
Me gusta, cada mañana, bajar a la cafetería de la esquina, donde me conocen y, en cuanto me siento, comienzan a preparar mi tostada y mi café con leche sin necesidad de pedir.
Un buenos días es suficiente para que la rueda se ponga en marcha y Rosa empiece a preparar mi primera comida del día.
La cafetería es amplia y tiene bastante luz. El fuerte olor a café y bollería recién horneada despierta mis sentidos cada mañana, y el perfume cítrico de naranja y azahar de Rosa me recuerda que cada día la vida vuelve a empezar.
Todo lo que haces cuenta. Todo lo que no haces, también.
Frente a los ventanales que dan a la calle Almagro, varias mesas con bancos tipo americano, con grandes cojines azules, mullidos y cómodos, acogen a los variopintos clientes con necesidad de cafeína, azúcar e hidratos de carbono.
A primera hora no suele estar muy llena, y me gusta sentarme adormilada junto a la ventana y dar gracias por un nuevo amanecer.
Saco el portátil y programo el día.
Rosa, muy atenta, trae mi desayuno, me regala una sonrisa y el silencio, evitando toda conversación.
El poco tiempo que pasaba en casa, un imán de Jávea en la nevera me recordaba mis raíces, y otros tantos me hablaban de lugares donde había estado por trabajo: Roma, Milán, Nueva York. No solía viajar por ocio; no había tiempo.
El tiempo corre deprisa. La vida puede esperar.
Mi prioridad era consolidar la columna Yo Divina, y estaba decidida a hacerlo… pese a los pequeños sabotajes de mis dos colaboradoras, acostumbradas al ritmo pausado y la indulgencia de mi predecesora: notas que desaparecen, llamadas que no se contestan, trabajos que no se entregan.
Pero, como me enseñó la yaya Carmela, con respeto y educación hasta las piedras responden.
Renunciar a las vacaciones para mantener mi puesto fue duro. Sobre todo, por no poder ir a Valencia. Echaba de menos el mar. Mi pequeño rincón de sol y horizonte.
Anhelaba mojarme los pies en la orilla, sentir cómo la arena se rendía bajo mis pasos, creando pequeños regueros que dibujaban raíces en el agua.
Soñaba con los amaneceres en la playa, rodeada de mis amigos, somnolienta tras una noche de fiesta, viendo al sol despuntar y teñir de oro el azul profundo.
Deseaba el sol quemándome la cara al mediodía, tumbada en la arena, escuchando conversaciones entre risas mientras leía. Y añoraba los atardeceres mediterráneos, cuando el cielo se pintaba de rojo, fresa y lila en largas franjas sobre un lienzo infinito.
Pero lo que más me dolía era no poder ver a la yaya Carmela.
Ella siempre me decía que estaba bien, que no me preocupara, que progresar en mi trabajo era lo más importante… y que encontrara un novio para darle algún bisnieto.
Su eterna pregunta me acompañaba en cada visita, en cada llamada:
—¿Y bueno, xiqueta, algún amigo especial?
¡Para amigos especiales estaba yo! No tenía tiempo ni para cuidar del gato —que, por cierto, se llama Orson, un exótico crema guapísimo—, al que atiende mi vecina Claudia cuando mi vida se desbarata.
Y la vida se me desbarató…