Capítulo 20
El trayecto de vuelta desde las Catskills duró dos horas. Katja pasó cada una de ellas pensando en la risa de Juliet.
La he hecho reír.
No paraba de darle vueltas a eso durante todo el descenso de la montaña.
Y a otras cosas también. Juliet, colgada a seis metros de altura, confiando en un apoyo que no podía ver porque Katja le había dicho que estaba allí.
La voz de Juliet, tensa como una cuchilla, al hablar de Jake.
Lo que a la propia Katja se le había escapado en el saliente, lo del barranco y los buitres.
Lo decía en serio.
Ese era el problema.
Jake estaba viendo la tele cuando ella entró, con el portátil abierto encima.
—Aquí está ella —dijo él y la besó cuando Katja se inclinó sobre él—. ¿Cómo ha ido? ¿La has dejado allí para los buitres?
—Qué va —esbozó una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Le ha encantado!
—¿Le ha encantado? No estoy seguro de que Juliet...
—De verdad. Hemos hablado mucho. Y nos hemos reído.
Él se la quedó mirando. —¿Juliet Lawson se ha reído? ¿Contigo?
—Sí. A mí también me ha sorprendido. Es maja. ¡Más que maja!
Jake hizo el paripé de ir hasta la puerta, abrirla y mirar fuera. —¿Alguien me ha cambiado a mi mujer?
—Tonto —dijo ella sonriendo—. Me cae bien. Más que un poco.
Le contó cómo había ido el día, omitiendo que no había dejado de pensar en la boca de su exmujer.
Entre otras partes de su cuerpo.
La deseo. Ya se lo había dicho a sí misma, y la escalada no había hecho más que reafirmarlo.
El lunes tocaba modo trabajo.
Juliet estaba en la reunión de la mañana, de nuevo como socia directora, pura severidad, al mando de la sala.
Nada en su rostro indicaba que se hubiera sentado en un saliente en las Catskills a reírse.
¿Cuál es la verdadera Juliet?
Katja empezaba a pensar que la oficina era el disfraz.
La invitación para Noruega llegó más tarde ese mismo día.
Hedda Sørensen los quería en su casa del fiordo durante unos días.
—Sin ningún motivo aparente —leyó Juliet la invitación—. Pero no podemos no ir.
Quedó decidido.
Los tres volarían el domingo. Juliet, Katja y Jake.
Trabajaron hasta tarde el jueves anterior al vuelo. A las seis, los analistas ya se habían ido.
A las siete, solo quedaban ella y Juliet, que en una rara excepción a su norma, se había quedado.
Repasaron los otros acuerdos en los que Harwood estaba trabajando, identificaron riesgos y cuellos de botella y diseñaron estrategias.
Katja observaba a Juliet al otro lado de la mesa; la blusa color crema de la socia directora se ceñía a sus pechos.
Había sentido los ojos de Juliet, tanto en el gimnasio como en la oficina, fijos en su boca y en sus muslos.
A Katja le entraba calor cada vez que sentía su mirada. Se le endurecían los pezones, tenía que apretar las rodillas y obligarse a respirar.
No estoy ciega. Me desea y nunca hará nada al respecto.
Lo cual dejaba la iniciativa en manos de Katja.
Debería haberla asustado más de lo que lo hacía.
La asustaba, vaya si la asustaba. Estaba casada con un hombre al que amaba con todo su corazón.
Juliet era su jefa y la ex de Jake. Todo aquello era un polvorín esperando una chispa.
Pero nunca había deseado nada con tanta intensidad.
No tenía práctica en contenerse.
Katja Storm siempre había ido a por lo que quería.
Voy a averiguar qué es esto. En Noruega.
En cualquier otro momento, con cualquier otra persona, lo que estaba bien y lo que estaba mal habría estado claro para ella.
Con Juliet, eso pasaba a un segundo plano.
Se levantó a por agua y regresó por el lado de la mesa de Juliet en lugar del suyo. Se inclinó sobre el hombro de Juliet para mirar sus notas.
—Ese podría salir mal —dijo señalando un acuerdo, con el brazo apoyado a lo largo del de Juliet.
Juliet se quedó inmóvil. Pero tampoco se apartó.
Giró la cabeza. Su cara estaba a escasos centímetros, lo suficientemente cerca para ver cómo el verde de sus ojos se oscurecía en el centro.
Katja sintió su magnetismo. Tragó saliva.
Vio cómo la mirada de Juliet se clavaba en su garganta.
Faen. ¿Debería besarla?
¡No!
Tuvo que obligarse a retroceder y fue consciente de que los ojos de Juliet seguían su trasero mientras rodeaba la mesa para sentarse.
¿Estoy flirteando con ella?
Sí, lo estaba haciendo.
Y no le importaba.