This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 49
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Después de pasar a octavos de final, disfruté de un día en el que no disputaría ningún partido.

Dormí a pierna suelta, por la mañana entrené y pasé con mi madre unas horas en el spa del hotel.

Sudamos en la biosauna, nos dimos un masaje y dormitamos en la tumbona de la zona de descanso.

Por la tarde quedamos con mi padre en un restaurante japonés del SoHo y comimos sushi y ramen.

Pagamos —no eran ni las ocho— y cogimos un Uber para volver al hotel.

Poco después de las nueve estaba en la cama, repasando mentalmente por última vez la estrategia que iba a emplear en octavos de final.

El partido se jugaría a las once y me enfrentaría a la número cuatro del mundo, la serbia Ana Bozovic.

Mi balance contra ella era bueno: había ganado cinco de siete encuentros.

Sin embargo, debido al descanso que me había visto obligada a tomar, las circunstancias habían cambiado.

Todo era posible. Quizá al día siguiente pasara a cuartos de final.

Quizá quedase eliminada del torneo. Llegué a la extraña conclusión de que ambas cosas me parecían bien, siempre que jugara dando lo mejor de mí.

Siempre que me divirtiera mientras lo hacía.

El móvil me vibró en la mesita de noche. Eché mano de él y miré la pantalla. Kay me había mandado un mensaje:

¡Mucha suerte mañana! Mantén un juego agresivo y aprovecha las oportunidades sistemáticamente para subir a la red. Tienes que imponerle tu juego y controlar el partido.

Con una sonrisa en los labios, iba a dejar el teléfono a un lado cuando vi que tenía otro mensaje.

De hacía media hora, cuando me preparaba para irme a la cama.

Era un selfi de Laurie y Brody. Estaban juntos en el sofá y sostenían en alto un cartel en el que ponía: ¡A POR ELLA, LOU!

Me emocioné, el corazón se me encogió, aunque Laurie ya me había contado que Brody y ella habían visto todos mis partidos (y Brody había reconsiderado su opinión sobre el tenis femenino).

Contesté con un corazón y salí del chat.

Durante un instante me quedé mirando otros mensajes.

Mi dedo índice permaneció suspendido uno o dos segundos encima de su nombre.

De las cinco letras. En el último momento lo retiré, puse el móvil en silencio y lo dejé a un lado.