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Tenía muchos mensajes cuando eché un vistazo al móvil de camino al hotel.
Tras la breve entrevista con Courier, me puse a disposición de los medios de deportes internacionales, hice un poco de remo, fui con el fisioterapeuta y, después de darme una ducha, aparecí en la rueda de prensa.
Era el protocolo habitual que teníamos que seguir los jugadores profesionales después de cada torneo.
Fui viendo los nombres de quienes me daban la enhorabuena, entre ellos Kay, Laurie y Gabe, tenistas alemanas, Milan y representantes de la Federación de Tenis de Alemania. En ese preciso instante vi que me entraba un mensaje. Lo abrí conteniendo la respiración.
¡Enhorabuena! Te lo mereces.
El corazón me dio un vuelco. Leí el mensaje una segunda vez y una tercera, pero las letras se quedaron donde estaban.
—¿Lou? —La voz de mi padre me devolvió al presente.
Levanté la vista de la pantalla de mala gana.
—Que si quieres que reservemos mesa en ese italiano tan agradable de Chelsea. El que tiene esos cannelloni que te gustan tanto.
—Pues... creo que preferiría pedir algo en la habitación.
Frunció el ceño.
—¿No te apetece celebrar un poco tu victoria?
—Bueno, espero que esta no sea la única.
—Aun así: hoy has jugado de un modo espectacular —afirmó mi madre.
Mi padre coincidió con ella.
—Un tenis fantástico, sí.
Sonreí antes de que mis ojos volvieran a la pantalla. Vince ya no estaba en línea. Así y todo, mis dedos empezaron a teclear. Un «Hey» que borré acto seguido. Un «Gracias» al que añadí un emoji sonriente... y que también borré.
—¿Malas noticias? —preguntó mi madre.
—No, solo... inesperadas.
No había vuelto a saber nada de Vince desde que me había ido de Hawái. Había cruzado algún mensaje con Laurie, pero habíamos sido consecuentes y evitado el tema Vince.
—Inesperadas... ¿buenas?
Indecisa, clavé la vista en la pantalla.
—No lo sé.
Una parte de mí se alegraba enormemente de que Vince me hubiese mandado el mensaje, quería imprimirlo y enmarcarlo.
Otra sabía lo peligroso que era. Porque representaba el pasado.
Y yo ahora tenía que concentrarme por completo en el futuro.
En el aquí y ahora. Y de repente, como si cobraran vida propia, mis dedos se pusieron en movimiento, se deslizaron veloces por las teclas.
Te echo de menos.
No lo envié, pero tampoco lo borré. Y cuando dejé el móvil en el regazo y miré por la ventanilla, me pareció que aquello era el doble de difícil.