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Una semana después US Open, primera ronda
Estaba en el túnel de jugadores del estadio Arthur Ashe, trotando en el sitio para que no se me enfriaran los músculos.
A unos metros de distancia mi rival, Kim Bird, comprobaba el ajuste de su vestido de tenis.
Era de mi edad, pero casi una cabeza más baja que yo y bastante más delgada, con lo que físicamente yo tenía ventaja.
Pensé en el consejo que me había dado Kay el día anterior por FaceTime: «Procura tenerla siempre ocupada, no le des respiro.
Si le complicas el juego, cometerá errores».
Al igual que yo, Kim llevaba puestos auriculares.
En una entrevista previa al partido había declarado que escuchaba hip hop para motivarse.
Yo más bien utilizaba la música para evadirme del alboroto que había en la zona de juego. Para aislarme y concentrarme.
—Cinco minutos —nos informó un integrante de la organización del US Open mediante un gesto con la mano.
A su lado esperaba un miembro de seguridad para acompañarnos hasta la pista.
Era la misma pista en la que me había torcido el tobillo, hoy hacía un año.
Ningún guion del mundo podría haberlo escrito mejor.
Imaginé que los comentaristas deportivos en sus cabinas no se cansarían de comentar esta burla del destino.
Y eso que no tenía nada que ver con el destino que hoy me encontrase donde me encontraba.
Tenía que ver con haber trabajado duro y creer en mí misma.
Al ver la señal que nos hacía el miembro de la organización, Kim y yo nos pusimos en movimiento.
A tres pasos por detrás de ella, dejé atrás los grandes retratos de excampeones del Open: Serena Williams, Roger Federer, Rafa Nadal, Naomi Osaka, Novak Djokovic.
Cuántas historias había detrás de cada una de esas imágenes.
Noté que la temperatura subía a medida que nos acercábamos a la salida.
Con treinta y dos grados y la humedad de Nueva York, la pista parecía una sauna, pero después de pasar seis semanas en Hawái no podía estar más aclimatada.
Kim salió primero del túnel. Como número cincuenta y nueve del mundo, era de las jugadoras más bien desconocidas del cuadro, pero el público la recibió con vítores entusiastas, aunque ella no se percató de gran cosa.
Con la mirada baja y los auriculares, fue directa a su banco.
Por mi parte, yo me había colocado en el cuello los míos conscientemente, porque quería oírlo todo.
Los avisos por megafonía, la música, los gritos de júbilo y los aplausos.
El ruido que podían meter los veintitrés mil asistentes.
Un ruido que aumentó cuando salí a la pista y fui hacia mi banco.
Sentí que resonaba en mi cuerpo, vibraba bajo la suela de mis zapatillas.
Acallaba mis pensamientos, el zumbido que tenía en los oídos.
Me arriesgué a dirigir una mirada rápida a mis padres, que estaban en mi palco y me aplaudían rebosantes de orgullo, y sonreí al ver entre el público los letreros en los que ponía BIENVENIDA . Me invadió una felicidad vertiginosa.
Lo que siguió me era tan familiar como mi propio nombre. El breve calentamiento, el lanzamiento de moneda que decidía quién sacaría primero, la fotografía de rigor y el educado saludo entre nosotras, las rivales.
Cuando me situé tras la línea de fondo y sostuve la pelota en la mano, con el corazón acelerado, en el estadio se hizo un silencio absoluto.
Concentrada, acaricié el fieltro amarillo, la costura de goma blanca.
Antes me había asaltado el miedo de que al verme allí me arrollaran los recuerdos, pero ahora lo único que sentía era la alegría expectante de poder crear otros nuevos por fin.
Al cabo de dos horas escasas gané el partido con un ace , levanté las manos y lancé un grito de alegría.
El público estaba entusiasmado. Me había estado apoyando durante todo el encuentro.
No porque estuviese en contra de Kim, ni tampoco porque yo fuera la jugadora más conocida, sino porque eran historias como la mía las que distinguían el deporte del tenis.
Historias de personas que caían y se volvían a levantar.
—Lou, hace justo un año que la sacaron de esta pista en silla de ruedas. ¿Qué se siente al volver a estar aquí? —me preguntó el gran extenista y comentarista televisivo Jim Courier en la entrevista que se realizaba en la pista tras el partido.
—Es una sensación maravillosa. Sin duda uno de los mejores días de mi vida. El último año fue muy duro. No sabía si podría volver a jugar al tenis, si conseguiría regresar. Y ahora estoy aquí, en este maravilloso estadio, con un público increíble.
El final de la frase se perdió entre el atronador aplauso.
—Y todos nosotros nos alegramos de que haya vuelto —observó Courier, abarcando con un gesto al público. Cuando este se hubo calmado un tanto, preguntó—: ¿Qué es lo que más echó de menos el año pasado? ¿Qué es lo que le faltaba?
—La competición, la adrenalina... Me encanta, la verdad —contesté feliz, y me encogí de hombros.
—Se rompió seis ligamentos, la operaron del tobillo. ¿Hubo algún momento en el que dudase de que pudiera volver a los grandes torneos?
—Me gustaría decir que no, pero mentiría.
Cuando se sufre una lesión tan grave como la que sufrí yo, hace falta tener paciencia, que no es precisamente mi fuerte.
El año pasado tuve a menudo la impresión de que no avanzaba, de que no hacía progresos.
Hizo falta un cambio de aires para librarme de esa sensación.
—Tengo entendido que al final fue a entrenar a Hawái.
—Sí, y fue lo mejor que me pudo pasar. Allí aprendí muchas cosas de mí misma, sobre todo —me detuve un momento y sonreí— que las líneas de la pista de tenis no son los límites de mi mundo.