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Aunque no había puesto el despertador, me desperté a las seis de la mañana.
Noté las rodillas tirantes cuando bajé las piernas.
Eché un vistazo a los raspones, que por la noche habían supurado un poco, y fui directa al vestidor.
Al verlo vacío, me quedé sorprendida, pero entonces recordé que ese día no saldría a correr.
Eché una ojeada a la habitación, confusa, antes de ir hasta la cama para meterme otra vez en ella.
Para mi propio asombro, volví a quedarme dormida y no me desperté hasta que Kay llamó a la puerta. Según mi reloj, eran las ocho pasadas.
—¿Lou, estás despierta? Deberíamos salir dentro de una hora como mucho si queremos ir con un poco de margen.
Sentí un desagradable revoltijo en el estómago. Conque había llegado el día. Me iría y regresaría a mi antigua vida.
—Estoy despierta —exclamé, y me froté la cara con las manos.
Me levanté y fui a darme una ducha. El agua hizo que las rodillas me escocieran y me despertó de una vez por todas.
Me cepillé los dientes y, por primera vez desde hacía seis semanas, me di una crema que no era de sol.
Me puse hidratante, corrector bajo los ojos y rímel en las pestañas.
Me vestí con unas mallas largas negras y una camiseta gris oscura.
En el avión añadiría la sudadera de cremallera a juego de mi patrocinador.
Kay se estaba sirviendo una taza de café cuando llegué abajo, pero me la dio a mí directamente.
—Gracias —musité, y bebí un sorbo.
Ella sacó otra taza del armario y la llenó de café.
—¿Cómo te encuentras?
—Las heridas me tiran un poco al andar, pero no es para tanto.
—Y ¿en general?
Levanté la vista y me dirigió una mirada escrutadora.
—Muy bien —le aseguré con una sonrisa vacilante.
Me apretó con suavidad un hombro.
—En la nevera ya no hay gran cosa, así que será mejor que desayunemos algo por el camino.
Asentí, aunque no tenía hambre.
—¿Ya has hecho el equipaje?
—Lo dejé listo ayer por la noche —dije por encima del borde de mi taza—. Solo me queda cerrar la maleta.
—Bien. —Dejó pasar un momento y a su rostro asomó una expresión más dulce—. Que sepas que echaré de menos tenerte aquí.
Enarqué una ceja.
—¿No tienes ganas de poder volver a bailar desnuda por la casa?
—¿Cómo sabes que no lo he hecho? —repuso, y me guiñó un ojo.
Sonreí. Con más seriedad, dije:
—Gracias, Kay. Por todo.
—¿Esta no es la conversación que deberíamos tener en el aeropuerto?
Me encogí de hombros.
—Creo que es la clase de cosa que se puede decir dos veces.
Sonrió y me abrazó con cuidado para que no derramásemos el café.
Ni veinte minutos después salía con mi maleta de la casa en la que había pasado las últimas seis semanas. Aspiré por última vez el perfume que desprendían las flores de las plumerias, el olor a sal del océano. E hice el firme propósito de grabarlo en mi memoria.
Antes de que el avión virase sobre O’ahu, miré por la ventanilla y vi el cráter Diamond Head, según Vince, lo único que valía la pena ver en Honolulú.
No sabía si tenía razón. Aparte del aeropuerto, no había visto nada de la capital, ni siquiera la playa de Waikiki, famosa en el mundo entero.
«Quizá la próxima vez», me dije, aunque intuía que tardaría en volver a Hawái.
Un pañuelo se interpuso en mi campo visual. Miré perpleja a mi compañero de asiento, al que hasta ahora no había prestado mucha atención. Un tipo fornido, de entre cuarenta y cincuenta años. El corte de pelo a cepillo y la chapa de identificación decían que era militar.
—No lo he usado —aseguró al verme dudar, y eso que no tardé más de unos segundos en darme cuenta de que estaba llorando. De que las lágrimas me rodaban silenciosas por las mejillas y me caían en la sudadera.