This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 45
92%

45

—Machácalas —dijo Laurie con vehemencia cuando nos dimos un último abrazo.

Nuestra despedida fue más emotiva de lo que esperaba, y las dos teníamos lágrimas en los ojos.

Tal vez porque temíamos que fuese un adiós para siempre, aunque Laurie había dicho que quería asistir por lo menos a uno de mis torneos en Estados Unidos.

Estaba por ver si de verdad iría. De todas formas, primero yo tenía que superar el bautismo de fuego del US Open.

Terminar el torneo sin lesionarme y, con suerte, alzándome con la victoria.

Después de hacer prometer a Laurie que no volvería a meterse en el mar si había mucho oleaje —o por lo menos no sin Chip—, la abracé una última vez.

Me quedé mirándola mientras subía por la escalera que llevaba hasta su casa y permanecí allí un poco más sentada en la arena caliente.

El sol ya estaba bajo en el cielo, se fundiría con el océano dentro de unos diez, quizá quince minutos.

Sería mi última puesta de sol en Hawái. Al día siguiente a esta hora estaría aterrizando en Nueva York.

Mis padres me habían dicho que irían a buscarme al aeropuerto.

Tenía muchas ganas de verlos. Pese a ello, en ese momento se me antojaba muy difícil imaginar que iba a cambiar el Pacífico por un skyline ; el rugido de las olas por sirenas de policía; el olor a sal por el de los tubos de escape y la fritanga.

«A ver, que vas a Nueva York», me recordó una voz en mi cabeza, y tuve que admitir que, en efecto, lo estaba pintando todo muy negro.

Más tarde —Kay y yo acabábamos de cenar— Gabe vino a casa y me dio un regalo de despedida. No pude evitar reírme a carcajadas cuando, al abrirlo, vi la blusa con estampado de flores de hibisco y un nudo a la altura del ombligo.

—La llevaré con orgullo —prometí con exagerada solemnidad.

Kay lo invitó a tomar una copa de vino, y él le dio las gracias, pero rehusó.

—He quedado para cenar.

Solo entonces me di cuenta de que se había engalanado. O por lo menos yo nunca había visto a Gabe con una camisa. Y también estaba más peinado y olía a un perfume masculino acre.

—¿Tienes una cita? —le preguntó Kay con marcado desenfado.

Él no contestó en el acto, y cuando lo hizo, la miró a los ojos.

—¿Y qué, si así fuera?

Durante una décima de segundo a Kay se le cayó la máscara de indiferencia que lucía, pero se la volvió a poner de inmediato.

—Si así fuera, te diría que te diviertas.

La comisura derecha de la boca de Gabe se le crispó de un modo que revelaba que contaba exactamente con esa reacción y, sin embargo, lo desilusionaba.

—Cuídate, pequeña —dijo, y me dio un cariñoso abrazo.

—Tú también —musité—. Y avisa si quieres venir a algún torneo. Para ti siempre habrá un sitio en mi palco.

Puso cara de conmoción.

—Pero para eso tendría que salir de la isla.

Sonreí.

—Ahí fuera el mundo no es tan malo, créeme.

Levantó la mano para despedirse.

— Aloha , Louisa.

— Aloha , Gabe. Y  mahalo por todo.