44
Mi último día de entrenamiento quedó en agua de borrajas.
Literalmente. Cuando salí a correr, ya me cayeron las primeras gotas en la cabeza y el resto de la mañana llovió a cántaros.
Las pistas de tenis estaban encharcadas, así que no me quedó más remedio que ir al gimnasio.
Mientras estaba sentada en la máquina de remo y en la bicicleta le mandé un mensaje a Gabe para anular la sesión de fisioterapia.
Era poco probable que hoy pudiera pisar la pista.
Aunque dejara de llover en breve, no estaría seca.
Haría pesas un rato, me ducharía y me iría a casa para terminar de hacer el equipaje con calma.
Gabe respondió con un pulgar hacia arriba y dijo que se pasaría más tarde para despedirse.
Solo entonces fui consciente de que nuestra sesión de hoy también habría sido nuestra despedida.
Una sensación de apatía se extendió en mi vientre al comprender que a partir del día siguiente Gabe ya no estaría a mi lado.
A lo largo de esas semanas se había convertido en un buen amigo, y deseé que algún día Kay y él se dieran cuenta de lo que podían ser el uno para el otro.
Aproveché un momento en el que escampó para ir corriendo a casa.
La carretera desprendía vapor. Los baches del asfalto se habían llenado de un agua pardusca.
Los charcos alentaban a algún que otro coche a pasar por encima a toda velocidad.
No había avanzado ni cincuenta metros cuando el rugido de un trueno me hizo dar un respingo.
Miré al cielo y acto seguido la lluvia cayó sobre la tierra de tal modo que en cuestión de segundos estaba calada hasta los huesos.
Eché a correr, pero frené en seco cuando un rayo iluminó el firmamento.
Salvo palmeras y banianos, cerca no había ningún lugar donde guarecerse.
Maldiciendo para mis adentros, seguí adelante.
La lluvia me daba en la cara y el peso de la bolsa de tenis me tiraba hacia atrás, como si un chimpancé se me hubiese agarrado a los hombros.
La casa de Kay ya se veía cuando otro trueno me hizo estremecer.
Justo entonces metí el pie en un bache y tropecé.
Caí de bruces en el asfalto, medio sepultada por mi bolsa.
El tosco firme me hizo arañazos en las rodillas.
No lo veía, pero sentía un dolor abrasador.
Escasos segundos después le siguió un pánico en estado puro.
¡El tobillo! «No. Nonononono». Con gran nerviosismo, intenté levantarme y lancé un grito de dolor cuando mis rodillas tocaron el suelo.
Estaban ensangrentadas y llenas de porquería de la carretera.
Sentí náuseas y tuve que cerrar los ojos. Cuando los abrí, ya no estaba sola.
—¡Lou! ¿Estás bien?
Vince había aparecido como de la nada. Se arrodilló delante de mí y me miró con cara de preocupación mientras la lluvia le azotaba el rostro. Durante unos segundos me quedé mirándolo sin hacer nada, sobrepasada por la situación, abrumada por los recuerdos que me asaltaron de pronto.
—¡Lou! —Me sacudió el brazo—. ¿Te encuentras bien?
—El tobillo —grazné, pero el fuerte golpeteo se tragó mis palabras.
—¿Qué? —vociferó.
El dedo índice me temblaba cuando me señalé el tobillo. Los ojos de Vince siguieron el movimiento. Y se abrieron como platos del miedo.
Ese fue el momento en el que se me vino encima el desconsuelo de los últimos días. Empecé a sollozar de mala manera. Un temblor descontrolado se apoderó de mí y se negaba a cesar.
—Hey, hey —oí que me decía—. Verás como todo va bien. —Sus manos me rodearon las mejillas, sus ojos buscaron los míos—. ¿Me oyes? Verás como todo va bien.
Apreté los labios y sacudí la cabeza, pero su mirada me decía: «Que sí, créeme».
—¿Puedes... puedes moverlo?
—No lo sé.
Parpadeó debido a la lluvia.
—¿Todavía no lo has intentado?
—No me atrevo —admití, atemorizada—. ¿Y si me lo he roto? ¿Y si me he vuelto a romper los ligamentos? ¿Y si no...?
—Chsss. —Me cerró la boca con un dedo y, por algún motivo, eso me tranquilizó. Aunque una parte de mí expresara el deseo de que lo hubiera hecho con los labios—. Lo primero que tenemos que hacer es ponerte a resguardo de la lluvia.
Se apartó de la cara el mojado pelo y se paró a pensar. Con gesto de determinación, se echó al hombro mi bolsa, se agachó y me deslizó una mano por debajo de las rodillas y la otra por la espalda. Me puse rígida de golpe y porrazo.
—¿Qué haces?
—Te voy a llevar a casa. —Abrí la boca para protestar, pero él ya me había levantado. Tras proferir un leve gemido, dijo—: Aquí solo tengo la moto. —Apuntó con la cabeza hacia el arcén—. Y la casa está ahí mismo.
Tenía razón. La casa de Kay no estaba ni a cincuenta metros. Y, pese a ello, todo en mí se resistía a que me llevara en brazos.
—Esto ya lo has vivido —observó con cierta guasa.
—Sí, pero la otra vez por lo menos estaba inconsciente.
Se rio y me estrechó más contra él. Al hacerlo, me rozó las raspadas rodillas.
—¡Ay! —exclamé, e hice una mueca de dolor.
—¿Tanto te duele?
—Me escuece muchísimo.
—Eso es bueno. Dice que lo del tobillo no es nada.
Fruncí el entrecejo.
—Ya sabes, el dolor más fuerte hace que el menos fuerte desaparezca.
Asentí, aunque no estaba segura de que fuese así. En los últimos metros vi con claridad lo mucho que le costaba cargar conmigo. La expresión de su rostro era tensa y las venas del cuello se le marcaban cada vez más.
—Lo siento —me disculpé cuando Vince tuvo que parar un momento para coger aliento.
Me dirigió una mirada tan profunda como el océano.
—Yo no.
La respiración se me aceleró y noté el martilleo del corazón hasta en las costillas. Solo un rayo que iluminó el cielo hizo que apartase los ojos de él.
Poco después, con mi ayuda, abrió el portón de seguridad.
Miró a su alrededor mientras subía conmigo a cuestas el camino de acceso.
Fui consciente de que era la primera vez que estaba aquí.
La lluvia había aflojado mínimamente cuando llegamos a la puerta.
Vince introdujo aquí también el código que le di.
—Qué frío hace —fue lo primero que dijo.
—Es el aire acondicionado. Lo puedo... lo puedes apagar. A la izquierda de la puerta.
—No soy yo el que tiene que vivir aquí —farfulló.
El ruido que hacían sus encharcadas zapatillas de deporte era lo único que se oía cuando me llevó al sofá y me tendió en él. Con delicadeza y cuidado.
—Hay que desinfectar eso. —Me miró las rodillas, que me sangraban—. Y tienes que quitarte esa ropa.
—Tú también.
Tenía la camiseta tan mojada que se le transparentaba y dejaba a la vista la piel, y el pantalón corto de algodón se le pegaba a los muslos.
—Y tenemos que echarle un vistazo a ese tobillo —añadió, pasando por alto mi comentario.
El «tenemos» de su frase mantuvo a raya durante unos segundos el pánico que yo sentía. Después se hizo notar con toda su furia.
—Tengo miedo, Vince.
—Lo sé. —Me tendió una mano—. Parece que el tobillo no está hinchado, y no te duele —afirmó con serenidad—. Creo que solo te has llevado un susto. O... has sufrido una especie de flashback .
—¿Tú crees?
Solo era un graznido esperanzado, pero él hizo un gesto afirmativo.
—Cógeme la mano.
La agarré con aire vacilante.
—Y ponte de pie muy despacio.
Noté sus ojos clavados en mí mientras, con su ayuda, me levantaba del sofá.
Primero apoyé el peso del cuerpo en el pie izquierdo y después en el derecho.
No sentí el dolor que esperaba. Ningún pellizco, punzada o palpitar.
Tan solo un ruidito ridículo. Aliviada a más no poder, me llevé una mano al corazón y proferí en voz queda un: «Dios mío».
Bajé la cabeza, y la tensión desapareció de mi cuerpo.
Estaba a punto de volver a echarme a llorar cuando Vince me abrazó.
Tenía el cuerpo mojado, pero caliente, y yo me había quedado sin energía para luchar contra los recuerdos que me arrollaron por todas partes.
Contra el deseo de abandonarme a él y aspirar su olor.
Así que lo hice directamente, y él me dejó.
Me apartó de la cara los mechones mojados y me estampó un beso en el pelo. Permanecimos así un rato.
—Dime la verdad: ¿cuánto te duele que hayas dejado que te traiga en brazos sin motivo?
Aunque me di cuenta de que con esa pregunta solo pretendía escabullirse de la situación tensa, esbocé una sonrisilla. Cuando me separé de él, vi las manchas de sangre que le había dejado mi mano en la camiseta.
—Lo siento. —Arrugué la nariz con pesar—. Puede que la sangre se quite si la lavo ahora mismo.
—Qué dices, si es supervieja.
Con expresión dubitativa, respondí:
—Es lo que dices siempre que me cargo una de tus camisetas.
Se suponía que era una broma, pero ninguno de los dos se rio porque la frase iba acompañada de recuerdos muy preciados. Nosotros dos. Nuestra primera noche. Nuestra última noche.
—Venga, dámela, deprisa —pedí en el incómodo silencio que se hizo—.
La lavadora de Kay tiene un programa corto y de todas formas yo necesito lavar esto.
—Tiré del vestido de tenis que llevaba puesto, en el que se distinguían no solo manchas de sangre, sino también salpicaduras de barro.
Casi me sorprendió que no se negara. Cuando se quitó la camiseta y se quedó desnudo de cintura para arriba delante de mí, lamenté mi ofrecimiento.
Más aún cuando fui consciente de que en casa de Kay no había ningún hombre y, por lo tanto, tampoco nada que él pudiera ponerse mientras tanto.
—¿Qué pasa? —preguntó desconcertado.
—Nada —me apresuré a responder mientras le cogía la prenda empapada—. Ahora mismo vuelvo.
Sentí su mirada fija en mi espalda hasta que llegué al cuarto de baño.
Cerré la puerta, me quité el vestido y la ropa interior y me puse el albornoz de Kay.
Luego cogí la ropa sucia, salí del servicio y me metí en el cuarto de al lado, el de la colada.
Lo metí todo en la lavadora y me debatí entre el programa corto de doce minutos y el de treinta.
¿Doce minutos más con Vince o treinta? Sabía que no era eso lo que debería pensar.
Que la duración del lavado no cambiaría nada el hecho de que no teníamos un futuro común.
Y, sin embargo, mis dedos fueron como por arte de magia al programa de treinta minutos.
Esperé hasta que oí el habitual pitido y, cuando me di la vuelta, vi que Vince estaba en el umbral.
Su forma de mirarme me hizo suponer que me observaba desde hacía un rato. Me puse roja.
—Solo es por la sangre —empecé a balbucir—. No sabía si el programa corto... Creo que doce minutos no habrían bastado. Por eso he puesto... treinta. ¿Tienes tiempo? Si no... te la llevo a casa. O te...
—Tengo tiempo —me interrumpió con una pequeñísima sonrisa—. Y también creo que mejor treinta minutos que doce.
Conseguí asentir, no sé cómo.
—Mientras tanto deberíamos ocuparnos de esas rodillas. ¿Tenéis algo para desinfectarlas?
—Sí —contesté, un tanto perpleja—. En el cuarto de baño. —Apunté hacia la derecha con el pulgar, y eso que el cuarto de baño estaba a la izquierda. Gracias a Dios, Vince no conocía tanto la casa como para darse cuenta.
Unos minutos después estaba sentada en el borde de la bañera de Kay mientras un agua tibia me corría sobre las rodillas. Tenía peor la derecha que la izquierda. Solo cabía esperar que la herida hubiese cicatrizado medianamente para cuando jugase mi primer partido, dentro de seis días.
—¿Quieres una tirita? —me preguntó Vince, que revolvía en el botiquín, detrás de mí.
—Para la rodilla derecha necesito una, sí.
Apareció a mi lado con un espray desinfectante y una caja de tiritas y se puso manos a la obra.
Me curó con cara de concentración las heridas abiertas de las rodillas, solo levantaba la vista de vez en cuando para asegurarse de que no me dolía demasiado.
Y cada vez que lo hacía, el corazón se me aceleraba un poco más.
—Perdona —musitó cuando alisó la tirita y di un respingo—. A ver esa mano.
—Bah, esto no es nada.
Hice un movimiento como para restarle importancia, y él me cogió la mano y examinó la palma. Solo tenía unos arañazos y ya no sangraba. Roció con el espray la parte afectada e hice una mueca.
—Lo siento, Lou.
—No es culpa tuya —afirmé, y fui a retirar la mano.
—No me refería a esto.
Me quedé helada y levanté la cabeza. Lo miré a los bonitos ojos azules, que ahora parecían apagados y tristes.
—Ojalá hubiese podido darte más que el programa corto.
Bajé la vista hasta nuestras manos. Su pulgar descansaba en mi pulso, y me pregunté si se daría cuenta del modo en que se aceleraba. Me sostuvo la mano durante un rato, como si quisiera seguir unido a mí, aunque las circunstancias nos separasen.