This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 43
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Los días que siguieron fueron una montaña rusa emocional que logré superar poniendo el piloto automático y volcándome en el entrenamiento.

Dejé de correr por la playa por la mañana para hacerlo por la carretera, que era peor para mis articulaciones, pero mejor para mi corazón.

Mis entrenamientos eran más largos, más duros y más intensos aún, y solo me marchaba de la cancha de tenis cuando creía sentir cada uno de mis músculos y tenía la sensación de poder bañarme en mi propio sudor.

Llevé a mi cuerpo hasta el límite, me dejé la piel para no comerme la cabeza.

Para no tener que pensar en Vince. Durante el día la cosa funcionaba sorprendentemente bien, pero en cuanto salía de la escuela de tenis, el carrusel de pensamientos empezaba a girar de nuevo.

Me arrastraba en un remolino de tristeza, añoranza y desilusión.

Por la noche me atormentaban sueños descabellados y episodios de insomnio en los que miraba a la nada o la pantalla del móvil.

Leía mensajes que tenía y escribía otros que no enviaba.

Una vez casi se me paró el corazón al ver que Vince estaba en línea de madrugada.

Tuve que reunir toda mi fuerza de voluntad para no enviarle un mensaje.

Para que no me aterrorizase la pregunta de por qué estaba despierto a las tres de la mañana.

Si sería por los mismos motivos que yo o por otros que prefería no saber.

Sin embargo, la intuición me decía que Vince no era de los que combaten el dolor de la separación con polvos de una noche.

El cuarto día me pasó factura el modo en que había abusado de mi cuerpo. Cuando entrenaba voleas, sentí un repentino mareo y me pude agarrar a la red en el último momento.

—Vale, no pienso seguir viendo esto —oí que decía Kay—. Ahora mismo te vas a casa a descansar.

—Pero si solo...

—¡Nada de peros! —Kay nunca me había levantado la voz durante esas semanas—. Las ojeras te llegan al suelo y pareces un muerto viviente.

—Solo es el calor —rezongué mientras el sudor me bajaba por las corvas.

—Estás agotada, y no es de extrañar. Llevas días entrenando como una posesa, casi no comes y duermes mal.

Abrí la boca, pero Kay no me dejó hablar.

—Sé que tienes el corazón roto, y ni me imagino cómo te sientes, pero como sigas así cuatro días más, tendrás que ver el US Open desde la cama de un hospital.

Me quedé mirándola con los ojos muy abiertos.

—Vete a casa, Lou —repitió, ahora con más suavidad—. Le diré a Gabe que no venga hoy.

Acababa de introducir el código de la puerta cuando vi que mi madre me estaba llamando. En Alemania ya eran más de las once de la noche, razón por la cual cogí el teléfono con cierta inquietud.

—¿Ya te has enterado? —me preguntó con un tono que no supe interpretar.

—¿De qué? —repuse, conteniendo el aliento.

—Díaz se ha retirado. Acaba de salir el comunicado de prensa.

—¿Se ha lesionado? —quise saber mientras entraba con mi bolsa de tenis.

Me recibió un agradable aire acondicionado.

—No, probablemente siga arrastrando las secuelas de una gripe de verano.

—Mmm —fue todo lo que logré decir, y eso que debería haberme animado que la actual número uno del mundo estuviese fuera antes incluso de que hubiese empezado el US Open. Un obstáculo menos.

—Es una buena noticia —añadió, y con razón, mi madre.

Dejé en el suelo la bolsa.

—Sí, desde luego.

Incluso yo tenía que admitir que no lo dije con mucha convicción. Se hizo una breve pausa.

—¿Va todo bien, Lou?

Iba a contestar «Claro», pero me oí decir otra cosa:

—Pues la verdad es que no. —La voz se me quebró, y acto seguido los sollozos me sacudieron el cuerpo.

—Respira, respira —dijo mi madre mientras de mi garganta escapaban espantosos sonidos.

Con la espalda pegada a la puerta, me deslicé hasta el suelo y dejé correr las lágrimas.

Lágrimas de pena, de añoranza, de agotamiento.

Lloraba por Vince y por nosotros, por todo lo que habíamos tenido y lo que podríamos haber tenido.

Lloraba por la parte de mí a la que le bastaba con ser una tenista de élite.

Que había permitido que mi corazón pusiera en peligro todo aquello por lo que había trabajado tan duro.

Cuando las lágrimas ya solo me corrían mudas por las mejillas, me confié a mi madre.

Le conté cómo nos habíamos conocido Vince y yo, que habíamos conectado.

Que un inofensivo rollo de verano se había convertido en mi primer gran amor.

Que había estado dispuesta a poner mi vida patas arriba por ese amor y él no.

A pesar de lo tarde que era, me escuchó con atención, de vez en cuando decía un «Mmm», y echó de la habitación a mi padre cuando quiso saber qué pasaba.

Cuando terminé de contárselo todo, mi madre no dijo nada durante unos segundos, y empecé a preguntarme si estaría demasiado conmocionada.

Demasiado decepcionada por no haberle pedido consejo.

—No estoy de acuerdo con Kay.

Agucé los oídos, sorprendida.

—Puedes tener ambas cosas, Lou. Amor y éxito. Pareja y una carrera. Es el doble de duro y exige el doble de trabajo, pero es posible.

Algo me dijo que en el aire flotaba un «Pero...».

—Pero creo que Vince tiene razón cuando dice que necesitas a tu lado a alguien que haya crecido en este circo. Y creo que dice mucho en su favor que admita abiertamente que él no es ese alguien.

—Lo sé —musité. Era la primera vez que no solo lo pensaba, sino que también lo decía—. Pero aun así me duele.

—Pues claro que te duele, cariño. Cómo no te va a doler.