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«Es solo que no puedo formar parte de ella.
Es solo que no puedo formar parte de ella.
Es solo que no puedo formar parte de ella».
Sus palabras resonaban en mi cabeza mientras echaba a correr para refugiarme en mi habitación.
Las lágrimas hacían que me escociesen los ojos. Lágrimas de decepción, de rabia.
—Lou.
Me detuve y me volví hacia Kay, que estaba al pie de la escalera y me miraba con una mezcla de preocupación e inquietud. Iba en bata y llevaba el pelo recogido en un pañuelo de seda.
—¿Qué ha pasado?
Seguí subiendo sin contestarle. Oí que venía detrás de mí y me volví en redondo.
—Que lo de Vince se ha resuelto. Puedes volverte a la cama.
—Todavía no me había ido a la cama —repuso con suavidad—. ¿Qué ha pasado?
—Que ha puesto fin a lo nuestro. Eso ha pasado —resoplé con amargura—. Y mira que en realidad no se puede poner fin a algo que ni siquiera ha empezado.
—Lo siento, Lou.
—¿Por qué? Si eso era lo que querías.
—Te aseguro que no quería verte llorar.
Me sequé las lágrimas de la cara.
—Bueno, quizá no soy tan fuerte como todos pensáis.
Gruesas lágrimas me rodaban por las mejillas.
Y de pronto me pareció insoportable seguir donde estaba, en esa escalera.
Con ella. Estaba demasiado triste, demasiado desilusionada, demasiado enfadada.
Con la vista borrosa, me di la vuelta y subí los escalones que me quedaban.
Ya en mi habitación, me dejé caer en la cama, enterré el rostro en la almohada y di rienda suelta a las lágrimas.
Sollozaba de tal modo que me dolía la tripa.
Tan ruidosamente que me asusté cuando sentí la mano de Kay en mi espalda.
Se había sentado en el borde de la cama sin que me diera cuenta y me decía en voz baja frases como «No pasa nada» y «Ya verás como todo se arregla».
Una parte de mí no quería escuchar, no quería que Kay estuviera conmigo; quería culparla de todo lo que había pasado ese día.
Otra sabía que no era así: sabía que Vince habría tomado la misma decisión aunque yo no hubiese discutido con Kay, que me habría rechazado y habría rechazado un futuro juntos de todas formas.
—En su día me vi en una situación muy parecida a la tuya —contó Kay en el silencio que se hizo.
Levanté la cabeza de la almohada y la miré sorprendida.
—No me mires como si no me creyeras —comentó con una sonrisa triste—.
Se llamaba Joseph. —Acentuó su nombre casi con melancolía—.
Nos conocimos en una fiesta que organizaron los patrocinadores durante el torneo de Charleston.
Era el segundo año que asistía. Debía de tener veintipocos.
Joseph era unos años mayor que yo. Guapo, había estudiado en Princeton, quería hacer carrera en la política.
Nos presentaron y creo... que fue lo que llaman amor a primera vista.
Enarqué las cejas, sorprendida.
—Hasta entonces yo tenía poca experiencia con los hombres.
Ya sabes que mi madre me había mantenido apartada de esas «distracciones».
—Entrecomilló la palabra en el aire—. Pero esa noche mi madre no estaba.
—Las comisuras de la boca de Kay se curvaron mínimamente hacia arriba—.
Joseph y yo conectamos desde el primer instante.
Estuvimos hablando, riendo, bailando. —Sonrió como si se abandonase a un recuerdo—.
Fue bonito. —Tras una breve pausa continuó—: Cuando la fiesta terminó, fuimos a dar un paseo por Waterfront Park.
Fuimos cogidos de la mano todo el tiempo.
Joseph solo me la soltó una vez. —Una sonrisa algo cohibida se extendió en su rostro—. Para besarme.
Me puse de lado y apoyé la cabeza en la mano.
—Compramos un helado y nos sentamos en un banco.
Me abrazó y contemplamos el mar juntos. Y después dijo algo que no se me ha olvidado nunca.
—Su mirada se volvió ausente—. Dijo: «Si fuésemos dos personas distintas en un momento distinto, podríamos sentarnos aquí cada noche, mirar el mar y comer helado».
Los ojos se me humedecieron de nuevo.
—¿Qué fue de él? ¿De Joseph?
—No lo sé. Después de esa noche no lo volví a ver.
—¿No lo buscaste en Google? ¿O en Facebook?
—¿Por qué iba a hacer algo así?
—Pues por curiosidad. Yo querría saber qué hace ahora. Si cumplió su sueño de dedicarse a la política. Dónde vive, si está casado, si tiene hijos.
Durante un instante me pregunté si dentro de unos años yo querría saber esas cosas de Vince. Qué había sido de él. Sin mí, sin nosotros.
—Creo que prefiero que siga siendo un recuerdo —opinó Kay—. El recuerdo de ese hombre maravilloso con el que pude pasar una noche mágica en Charleston. Que por desgracia no encajaba en esa etapa de mi vida.
—¿Nunca te has parado a pensar en lo que pudo ser? ¿Nunca te has arrepentido de no haber escuchado a tu corazón?
—Pues claro que lo he pensado. Siempre que me eliminaban de un torneo y estaba en la habitación del hotel de turno, frustrada.
Cuando ganaba copas y no podía compartir mi alegría con nadie.
Cuando en mi corazón se abrió ese vacío de soledad.
Pero arrepentirme no me he arrepentido nunca, porque al fin y al cabo claro que escuché a mi corazón. —Sonrió—. Solo que de manera distinta.
Durante unos segundos reinó el silencio.
—Y ¿qué quieres decirme con eso? ¿Que Vince es mi Joseph?
La expresión de su rostro se dulcificó.
—Que a veces conocemos a las personas adecuadas en el momento menos oportuno.