41
El olor a carne a la parrilla y cebolla frita me llegó cuando subía la escalera. Vince estaba junto a la barbacoa con un botellín de cerveza en la mano izquierda y unas pinzas en la derecha, tarareando la melodía de una canción que yo no conocía.
—Hola —me saludó, un tanto sorprendido al verme—. Pensaba que no ibas a venir hasta... —Dejó la frase a medias—. ¿Qué ha pasado?
—Kay y yo hemos discutido.
—Mierda. —Frunció el ceño—. ¿Por qué?
Antes de que pudiera contestar, Laurie salió de la casa con una ensaladera.
—Ah, ¡hola! —saludó alegremente—. Vince dijo que vendrías después de cenar.
—Ya he cenado.
—Menos mal. —Laurie hizo una mueca—. Porque aquí no hay suficiente ensalada.
Con un sonoro chisporroteo la barbacoa llamó nuestra atención e hizo que yo mirara de nuevo a Vince. Que me miró. De nuevo. O no había dejado de hacerlo. «¿Va todo bien?», me preguntó con esa mirada. Esta vez negué con la cabeza.
—¿Te ocupas tú un momento? —le preguntó a Laurie—. Las patatas necesitan otros diez minutos. La carne hay que sacarla, como mucho, dentro de cinco.
—Claro. —Extendió el brazo y su hermano le dio las pinzas. O no se había enterado de nuestro mudo intercambio de palabras o estaba teniendo tacto.
—Vale, ahora cuéntame lo que ha pasado —se interesó Vince cuando estuvimos a solas.
—Le pregunté a Kay si sería mi entrenadora si me instalaba aquí y —gesticulé con las manos— dijo que no.
Vince se quedó pasmado.
—¿Se lo has contado?
—Sí. A fin de cuentas necesitaré una entrenadora si hacemos esto.
—Pero... dijimos que primero lo pensaríamos tranquilamente.
—Ya, pero no tenemos tiempo. Mi vuelo sale dentro de una semana.
—Lou... no... —La luz de la luna, en cuarto creciente, no bastaba para poder verle la cara, pero su voz rezumaba inquietud—. No puedo.
—¿Qué?
—No puedo estar contigo.
Mi cerebro trabajaba a marchas forzadas, pero no entendía lo que estaba pasando.
—No he sido sincero contigo.
—¿No has sido sincero? —pregunté con voz trémula.
Un silencio plúmbeo se instaló entre nosotros.
—Te dije que... antes me dedicaba a la informática, y es verdad, pero... esa solo es una parte de la verdad.
De pronto me crispó de mala manera que tuviera que conformarme con su voz. Quería llevarlo a la luz. Verle la cara. Y, sobre todo, quería respuestas. Ahora.
—¿Se puede saber qué significa eso?
—Vale —oí que musitaba, e intuí que ese era el principio de una historia que lo cambiaría todo entre nosotros—.
Cuando estaba en el instituto desarrollé con mi mejor amigo, Lance, una aplicación de finanzas.
La llamamos Vinance, un cruce entre Vince, Lance y finance , o sea, finanzas.
—A juzgar por su tono de voz, hoy le resultaba embarazoso—.
Con la aplicación se podían agrupar las cuentas.
Cuentas bancarias, depósitos, criptocuentas, cuentas de pago...
todo. Estábamos tan convencidos de lo buena que era que fuimos a Negociando con tiburones .
—¿Qué es Negociando con tiburones ?
—Una serie de telerrealidad de la ABC en la que los participantes intentan conseguir inversores.
—Ah —repuse, y me vino a la cabeza la versión alemana, Tu oportunidad .
—Uno de los tiburones creyó en nuestra aplicación e invirtió en ella. Fundamos una Fintech, atrajimos a más inversores y demás... Lo petamos y un año después vendimos la app por dos millones y medio de dólares.
Abrí mucho los ojos.
—No teníamos ni dieciocho años. —Respiró hondo y soltó el aire—.
Yo quería invertir el dinero en una nueva empresa emergente, una plataforma de pago, una idea que tenía desde hacía algún tiempo.
—A pesar de la oscuridad, vi que hacía un gesto con la mano como para indicar que no quería entrar en detalles—.
Lance tenía otros planes. Todo aquello lo había sobrepasado y quería bajar el ritmo e ir a la universidad.
—No lo decía en tono de reproche—. Así que él fue a Harvard y yo a Silicon Valley.
Fundé VinTech y con diecinueve años era el director de mi propia startup de finanzas.
—VinTech —repetí como para mí misma, pero Vince pensó que me burlaba.
—Ya, me van los juegos de palabras.
—¿Qué te dijeron tus padres?
—Hubiesen preferido que fuese a la universidad, como Lance, que destinase todo ese dinero a formarme.
—Pero tú no querías.
—Sí, en cierto modo. Es lo curioso. —Parecía pensativo—.
En el fondo sabía que habría sido más sensato ir a una universidad prohibitiva a la que iba la élite y adquirir todos los conocimientos que necesitaba para jugar en primera línea.
Pero era impaciente. Sentía... urgencia.
Como si no tuviese tiempo que perder. Como si se me escapara.
Tragué saliva y volví a tener la sensación de que Vince malinterpretaba mi reacción.
—Sé lo mal que suena. Un chico de diecinueve años con miedo a perder oportunidades.
Pero había probado un pastel que estaba demasiado bueno como para guardarlo para más adelante.
Quería comer más. —Dejó escapar un sonoro suspiro—.
Mis padres no tuvieron más remedio que aceptarlo.
Yo era mayor de edad y, además, económicamente independiente de ellos.
—Volvió a hacer una breve pausa—. De modo que me fui de casa y me instalé en Palo Alto.
Hacía un minuto estaba en mi habitación de cuando era pequeño, y de pronto era vecino de Mark Zuckerberg.
Lo miraba alucinada. No me podía creer lo que me estaba contando.
—Debió de ser muy fuerte.
—Lo fue. O sea, tenía diecinueve años, era la primera vez que estaba lejos de casa y de repente tenía empleados.
Todos ellos con un gran talento y muy cualificados, habían estudiado en las universidades de más renombre del mundo.
Y ahora trabajaban para mí —suspiró—. Tenía la sensación de que era un impostor.
De que no merecía estar allí, porque el currículum y las aptitudes de los demás eran mucho más impresionantes.
—Pero, a fin de cuentas, era tu startup .
—Ya, lo sé. Y sin embargo, ahí estaba constantemente esa sensación de tener que demostrar mi valía.
De tener que trabajar más que todos los demás.
—Se interrumpió, e intuí que todo lo que me había contado hasta ahora no era más que la punta del iceberg—.
De la noche a la mañana me vi sumido en la cultura del esfuerzo.
Trabajaba sin descanso. Noventa, a veces cien horas a la semana, de lunes a domingo.
—¿Cómo aguantaste ese ritmo? —pregunté, aunque creía conocer la respuesta.
—Tomando según qué cosas, no supone ningún problema —contestó con amargura—. De todas formas, tampoco dormía bien. Tenía pesadillas, trastornos de ansiedad, ataques de pánico. A veces me despertaba en plena noche empapado en sudor y echaba las tripas.
Se me erizó la piel en los brazos y los crucé.
—¿Tus padres no se dieron cuenta?
—Seguro que se habrían dado cuenta. —Exhaló un hondo suspiro—. Si todavía formaran parte de mi vida.
—¿No estabais en contacto? —pregunté, y no pude ocultar mi estupor.
—En ese momento apenas, no. Cuando estás volcado solo en el trabajo, en el rendimiento y el éxito, no queda sitio para lo personal.
Sencillamente es una pérdida de tiempo. Porque siempre parece haber algo más importante que mandarle un mensaje a tu madre, hablar por teléfono con tu padre, ir a verlos en Acción de Gracias y Navidad.
—La voz se le quebró—. Cuando murieron mientras navegaban, llevaba casi dos años sin verlos. Hacía meses que no hablaba con ellos.
Tragué saliva.
—¿Y Laurie?
Su silencio fue elocuente.
—Mi trabajo no era solo el centro de mi mundo, Lou. Era mi mundo.
—¿Nunca te planteaste pedir ayuda? ¿Ir a terapia?
—Para eso habría tenido que admitir que tenía un problema.
—Pero no podías dormir. Tenías trastornos de ansiedad —exclamé—. ¡Ataques de pánico!
—Sí, como todos a mi alrededor —afirmó con indisimulado desencanto—. Casi formaba parte del estilo de vida rebasar los límites físicos y psicológicos. Y no olvides lo joven que era —musitó—. Y lo solo que estaba.
Una parte de mí quería acercarse a él para abrazarlo; a otra le habría gustado echarle en cara que fue él solito quien se metió en aquello.
—Cuando mis padres murieron, me vi obligado a tomarme un descanso. Tuve que regresar inmediatamente, ocuparme del entierro, el papeleo, la casa. De Laurie, que estaba fatal.
Me mordí la cara interna de la mejilla, porque la idea de perder de pronto a mis padres, a los dos, me parecía insoportable.
—Intenté estar a su lado, pero me costó.
Por lo menos al principio. Entre nosotros había una especie de...
abismo. Nos habíamos distanciado. Y tenía claro que el responsable era yo.
Yo era el único culpable de que fuese como un desconocido para mi hermana, de que no pudiese ayudarla a superar la muerte de nuestros padres.
Eso hizo que algo cambiara en mí. —Al final de la frase su voz era entrecortada—.
Cuando volví a Palo Alto, busqué un terapeuta.
Ya con las primeras sesiones comprendí que mi trabajo no solo me consumía mi tiempo y mi energía, sino también mi identidad.
Que esa ya no era la vida que quería llevar.
Que esas no eran las personas de las que quería rodearme.
—Hizo una pausa—. Vendí VinTech e invertí todo el dinero en una fundación, la Fundación Tim y Luciana Greenfield, que promueve iniciativas para fortalecer la salud mental.
Se instaló un silencio ensordecedor.
—¿Por qué no me lo contaste? —pregunté en la calma que reinaba.
—No es algo que se mencione mientras uno se está comiendo unas gambas.
—Entre esas gambas y hoy las cosas han cambiado un poco entre nosotros, ¿no te parece?
—Sí, y eso ha hecho que me resultara más difícil aún.
—¿Por qué?
Oí que suspiraba.
—Porque a nadie le gusta parecer débil delante de alguien a quien quiere impresionar. Y menos delante de alguien como tú.
—¿Alguien como yo?
—Irradias pura fuerza, Lou.
Me miré.
—Esto es solo un cuerpo, el resultado de un duro entrenamiento.
—No es verdad. Eres fuerte por fuera y por dentro. A ver, el año pasado fue duro de narices para ti. No sabías si podrías volver a jugar al tenis al mismo nivel de antes. Y, a pesar de todo, no te rendiste. No dejaste de creer en ti en ningún momento.
Fui a decir algo, pero él se me adelantó.
—Es impresionante, Lou. Pero también intimidante.
Me esforcé por no parecer demasiado ofendida.
—¿Que yo te intimido?
—Intimida el espejo que me pones delante.
—Pero ¡si no te pongo ningún espejo!
—Sí que lo haces. Sencillamente... siendo tú.
Me sentí atacada y levanté mi escudo protector.
—En ese caso, quizá habría sido mejor que te mantuvieras alejado de mí.
—Pues sí.
Tragué saliva.
—Y quería hacerlo. Por lo menos al principio. Cuando me enteré de quién eras... y a qué te dedicas, decidí evitarte.
—«¿A qué me dedico?». Lo dices como si fuese un señor de la guerra.
Pasó por alto el retintín.
—No era tanto relacionarme contigo lo que me asustaba, sino el hecho de que vienes de un mundo en el que yo no quería volver a poner un pie. Uno en el que lo único que cuenta es el rendimiento. En el que la presión no es algo malo, sino un privilegio.
Me quedé helada, y él se percató. «La presión es un privilegio» es una frase que está grabada en una placa a la entrada del estadio Arthur Ashe, el lugar en el que se disputa el US Open. La cita al completo es: «La presión es un privilegio, solo llega a quien se la merece».
—Ya, sé que la frase es de Billie Jean King. Tenía un póster de esa frase colgado en mi despacho. Lo veía todos los días. Durante años. Pero no me enteré hasta hace poco de que su autora era tenista.
—Es una leyenda —aseguré con un hilo de voz.
—Aun así, no estoy de acuerdo con lo que dice. La presión no debería ser algo que se gana o se merece. Y desde luego uno no debería estar orgulloso de sentirla.
—Pero ella no lo dice en ese sentido —objeté—. Solo intenta sacar el lado positivo de la presión.
—Ya, pero es que la presión no tiene ningún lado positivo.
—Desde luego que sí —aseveré—. Puede hacer que rindas al máximo si la sabes sobrellevar.
—Sí, pero solo unos pocos son capaces de hacer eso. La mayoría se hunde en el empeño. —Y añadió en voz queda—: Como yo.
—Pero tú no te hundiste. Tú abriste a tiempo el paracaídas y ahora estás aquí y... vives la vida que quieres vivir. Y eso es estupendo.
—Lo es. —En su voz se coló una tristeza que me preocupó—. Y por eso tengo que protegerla. Tengo que protegerme.
Puse cara de sorpresa.
—¿De qué?
—De ti, Lou. De todo lo que representas.
Me quedé de piedra.
—Estuve a punto de palmarla en ese mundo en el que lo único que cuenta es el rendimiento y el éxito, y no quiero volver a él. Nunca.
—Ni tienes por qué hacerlo.
—Tú vives en ese mundo. Estar contigo significaría volver a formar parte de él.
De pronto se me cayó la venda de los ojos. Conque eso era. Por eso me había abierto la puerta a su pasado.
—Pero tú no tienes por qué formar parte de él.
No tienes por qué acompañarme a los partidos o sentarte en mi palco.
No tienes por qué hacer nada. —Inspiré con fuerza y casi me ahogué con mi propio aire, que me llegó demasiado deprisa a los pulmones—.
Ni siquiera tenemos que hablar de tenis. Podemos...
—Lou —me cortó con suavidad—. Tú misma lo has dicho, que tu objetivo es llegar a lo más alto y que lo darás todo para conseguirlo. Necesitas a tu lado a alguien que te apoye.
—Tengo bastante gente a mi lado que me apoya. Tu papel no tiene por qué ser ese.
—Pero entonces, ¿qué queda? Toda tu vida gira en torno al tenis. El deporte determina cuándo te levantas, lo que comes, adónde vas, cuánto tiempo te quedas, dónde duermes...
—Eso ya lo sabías antes. Antes de la otra noche. ¿Por qué no dijiste nada en ese momento? Cuando hablamos del tema... ¿Por qué...?
—Te dije que no creía que tuviésemos futuro.
—Sí, porque no te gustan las relaciones a distancia. No porque detestes mi forma de vida.
—No la detesto.
—Pero la juzgas.
—¡No! —Se pasó una mano por el pelo en un gesto que dejaba traslucir su agotamiento—. No juzgo tu vida, Lou, es solo que no puedo formar parte de ella.
Esas palabras y lo definitivo de su carácter se me clavaron con miles de garras en el corazón. Un corazón que había entendido hacía rato que Vince lo estaba rechazando. Que no lo quería retener.