40
—Bueno, ¿y a qué debo este honor? —preguntó Kay cuando por la tarde estábamos juntas en la terraza, cenando la lasaña de verduras que yo había preparado—. Por cierto, está muy buena.
—Gracias. —Mi sonrisa fue un poco tensa—. Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo.
Profirió un suspiro.
—Si vas a empezar otra vez con lo de Gabe...
—No —la interrumpí—. Es otra cosa.
—Vale —dijo, alargando la palabra, y me escudriñó con curiosidad.
Me preparé mentalmente e intenté acordarme del discurso que había ensayado.
—Estas últimas semanas... o más bien desde que estoy aquí he mejorado muchísimo.
Kay asintió en señal de conformidad.
—He recuperado la confianza en mí misma y he ganado seguridad. He vuelto a ser quien era —proseguí—. Y creo que eso se debe, sobre todo, a que las cosas han funcionado bien. Entre tú y yo, me refiero.
—Me alegro de que lo veas así.
—Sí, al menos así es como lo veo yo. —Me aclaré la garganta—. Por eso te quería preguntar si te verías siendo mi entrenadora. A largo plazo.
—¿A largo plazo? —repitió, como si hubiese oído mal.
Hice un gesto afirmativo.
—Este último año Milan y yo ya no nos entendíamos. Me he dado cuenta ahora. Nos quedamos estancados, no avanzábamos.
Kay fue a decir algo, pero me adelanté.
—No es culpa suya. Al menos no solo. Después de lesionarme, yo era una persona distinta —aseguré—. Tendríamos que habernos dado cuenta los dos de que necesitaba empezar de nuevo. En todos los sentidos.
—Bueno, quizá solo hiciera falta una pausa —apuntó Kay.
—No. —Negué con la cabeza con determinación—. Es más que eso. —La miré a los ojos—. Bien, ¿qué me dices? ¿Quieres ser mi entrenadora?
—Lou. —Exhaló un suspiro de pesar—. Por mucho que me honre que pienses en mí para ello... me temo que no puede ser.
—¿Por qué no?
—No quiero dar más tumbos por el mundo, pasarme la vida en aviones y hoteles.
—No tendrías que hacerlo. Puedo ir sin ti a los grandes torneos. Podríamos contratar a una coentrenadora que te sustituyera.
Kay arrugó la frente.
—Entonces, ¿cómo sería tu entrenadora?
—Me entrenarías entre torneo y torneo y cuando termine la temporada.
—Pero, Lou, no puedo volar constantemente a Múnich para...
—¿Quién ha hablado de Múnich?
Kay se sorprendió.
—¿Entonces?
El pulso se me aceleró un poco.
—En el futuro me gustaría entrenar aquí.
De pronto el silencio era tal que oía los latidos de mi propio corazón.
—¿En O’ahu? —preguntó Kay, sin dar crédito.
Asentí, y vi que se paraba a pensar.
—Así que para ti no cambiaría nada —comenté.
En su entrecejo se formó una arruga.
—Pero para ti cambiaría todo.
—El cambio es bueno —aseveré, para infundirme confianza.
—Puede ser bueno. —Miró hacia un lado antes de volver a centrarse en mí—. ¿Lo has hablado con tus padres?
—No, todavía no. Primero quería hablar contigo.
La expresión de su rostro reflejó cierto alivio.
—Lou, no sé muy bien qué decir.
—¿Que lo harás? —Quería que el tono fuese desenfadado, pero la voz me salió rasposa. Y la sonrisa demasiado afectada, ya que cada vez me sentía más insegura.
—Si te soy sincera, no me parece buena idea, por mucho que me alegre que estés tan satisfecha con el trabajo que estamos realizando. Necesitas a alguien que sea flexible y se pueda adaptar a tu vida.
—Con los niños, Milan ya no lo tendrá tan fácil —aduje.
—Bueno, pero habrá otras opciones.
—Es que no quiero otras opciones. —Mi voz se había teñido de un ligero resentimiento—. Quiero entrenar aquí. Quiero vivir aquí.
La preocupación se reflejó en sus rasgos.
—Es por Vince Greenfield, ¿no? —En ese momento, que siguiera utilizando el nombre y el apellido al hablar de él me puso más de los nervios que de costumbre—. Él es el motivo.
—También —reconocí.
—Lou, no hace ni cinco semanas que conoces a ese chico.
—Eso no importa.
—Ya lo creo que sí. Uno no sacrifica su vida por alguien a quien apenas conoce.
—Pero ¡si no la estoy sacrificando! —exclamé—. Solo estoy trasladando mi lugar de residencia aquí.
—Si lo haces, pondrás en peligro todo aquello por lo que has trabajado tanto.
—Pero ¿por qué?
—Todo tu equipo está en Múnich.
—Puedo reunir otro.
Kay exhaló un suspiro profundo.
—Hawái es el archipiélago más aislado del mundo. Uno no vuela aquí para marcharse a los tres días.
—Nadie dice que esa sea mi intención.
—Entre torneo y torneo muy rara vez hay más de una semana. Te pasarías la vida en un avión.
—Eso ya lo hago ahora —objeté.
Kay negó con la cabeza.
—Es una locura, Louisa.
—¿Que quiera encontrar la manera de jugar al tenis y ser feliz?
—Creía que el tenis te hacía feliz.
—Sí, pero... Vince también me hace feliz.
—Lou. —Me dirigió una mirada insistente—. Me encantaría decirte que es posible tener las dos cosas. Que puedes ser la número uno del mundo y disfrutar al mismo tiempo de una vida personal plena, pero... no es posible.
—Desde luego que sí. Mi madre lo ha conseguido.
—Quiero a tu padre, y lo sabes, pero la carrera de tu madre terminó en cuanto él apareció en su vida.
—Menuda chorrada.
—Después ya no ganó ningún título importante. Ni volvió a ser la número uno.
«Porque lo fui yo». No lo dijo, ni tenía necesidad de decirlo.
—De eso hace casi veinticinco años. Los tiempos han cambiado. Ahora hay muchos ejemplos positivos de lo contrario. Jugadoras que cosechan éxitos y tienen pareja y familia: Serena Williams, Victoria Azarenka, Elina Svitolina, Caroline Wozniacki...
—Ninguna de esas jugadoras está empezando su carrera. Hasta que pudieron permitirse el lujo de tener una vida personal, les tocó hacer sacrificios. —Levantó la mano como para dejar claro algo—. Eso no significa que me parezca bien, solo digo que así son las cosas.
—Así que no me crees capaz de ser la número uno del mundo si tengo novio, ¿es eso?
—Creo —hizo una pausa teatral— que no te puedes permitir una distracción tan grande si quieres volver al ataque con todas las consecuencias.
—Vince no es una distracción.
—Si es el causante de que supedites tus objetivos a estar cerca de él, claro que lo es.
Cogí aire.
—Él no es el causante. Esto fue idea mía.
—Una mala idea.
—Dejar que el amor entre en tu vida nunca es mala idea —insistí—. Pero tengo claro que eso tú no lo entiendes. Ni siquiera eres capaz de verlo cuando lo tienes delante.
Kay pegó un respingo.
—No estamos hablando de mí. Además, creo que te precipitas un poco al utilizar la palabra «amor». Casi no conoces a Vince Greenfield.
—Pero me conozco a mí. —Adelanté la barbilla—. Y sé lo que siento.
—Lo lamento, pero no puedo apoyar algo así.
Me levanté hecha una furia. La silla se cayó hacia atrás cuando salí corriendo.
—Lou, ¡no te vayas! —me gritó.