This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 39
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Con los primeros rayos de sol de la mañana abandoné nuestra improvisada cama y me puse a buscar mi ropa.

Vince no se había despertado, solo suspiró con suavidad cuando me zafé de su abrazo.

Cuando separé nuestros cuerpos sudados, pegajosos.

Anoche lo hicimos otra vez. A diferencia de la primera, esta había sido rápida e intensa.

Después estuvimos un rato mirando juntos las estrellas antes de quedarnos dormidos con el murmullo de las olas.

El mismo sonido que me acompañaba mientras iba a casa de Kay.

La arena todavía estaba fría, en la playa no había nadie.

Me apetecía salir a correr, como todas las mañanas, aunque la noche se dejaba sentir.

Tenía un tirón en la ingle y los párpados me pesaban de puro cansancio, pero había valido la pena.

Posiblemente la noche que había pasado con Vince incluso fuera la más bonita de mi vida.

Nunca había sentido nada parecido. Tantas cosas al mismo tiempo.

Nunca había habido nadie por quien quisiera poner mi vida patas arriba.

Y es que, en ese sentido, no había sido del todo sincera con él.

Sería mucho, muchísimo, lo que cambiaría para mí si decidía llevar una relación a distancia con alguien que vivía en Hawái.

Alguien que no tenía nada que ver con el mundo del tenis.

Sí, podía cambiar mi base de entrenamiento, pero para ello tendría que separarme de Milan.

No era muy probable que se fuera a vivir a la otra punta del mundo con su mujer y los gemelos porque yo me había enamorado.

Y tampoco sabía cómo reaccionarían mis padres.

Estábamos muy unidos y no solíamos pasar mucho tiempo separados.

Y a todo ello había que añadir el innegable hecho de que Hawái se hallaba a miles de kilómetros de cualquier sitio del mundo.

Se tardaban cinco horas en avión solo para llegar al continente americano.

Once a Nueva York. Y, pese a todo, ahí estaba esa voz en mi interior que me decía que era factible, que podíamos conseguirlo.

Vince y yo. Lo decía bien alto mientras iba por la playa.

Y algo más bajo cuando subí la escalera que llevaba hasta la casa de Kay.

Sin embargo, ahí estaba, y no desapareció.

—¿Qué tal está Laurie? —se interesó Gabe—. ¿Ya se ha recuperado un poco del susto?

Estaba tendida boca abajo en la camilla y me costaba no dormitar. La jornada de entrenamiento había sido dura, me había exigido mucho.

—Sí, durmió catorce horas. —Le había mandado un escueto mensaje a la hora de comer—. ¿Tú cómo lo sabes?

—Me lo contó Holden Chipman esta mañana.

Holden Chipman. Chipman.

—¿Es...?

—El padre de Griffin y Tristan, el director de Ocean Safety.

—Ah, es verdad. —Recordé lo que me había contado Chip de su padre en la barbacoa. Y el día anterior también lo habían mencionado al comentar que en la torre de vigilancia no había nadie.

—Y mi vecino —añadió Gabe.

—¿Los Chipman son tus vecinos? —No pude disimular mi sorpresa.

—Sí.

—Y ¿hablas con ellos? —le pregunté, y nada más hacerlo me arrepentí.

—¿Por qué no iba a hablar con ellos?

Tragué saliva.

—Bueno, porque pensé que... como Kay dijo...

—Holden y Dana son buena gente —Gabe puso fin a mi balbuceo—. Mis hijos pasaban mucho tiempo con los suyos. Su casa era como un segundo hogar para Keiko y Millie.

Era la primera vez que lo oía pronunciar el nombre de su hijo, Keiko.

—Lo que pasó no fue culpa de ellos —añadió en voz baja.

«Pero ¿sí de Chip?». No lo dije, en parte porque en ese momento Gabe me llevó el talón del pie derecho hacia el trasero y lancé un grito de dolor.

—Hoy estás muy tensa. ¿Qué pasa?

Gracias a Dios, estaba tumbada boca abajo y esquivé que me viera la cara como un tomate.

—No lo sé —mentí.

—Ayer no deberías haberte saltado la fisioterapia.

—Probablemente, ya —admití, porque tenía razón.

Repitió el ejercicio con el talón del pie izquierdo, con la misma intensidad.

—Por cierto, antes de ayer no nos cruzamos por poco. —No sé por qué lo mencioné—. Te acababas de ir cuando yo volví de casa de Vince.

Él se detuvo un instante, pero no dijo nada. Reuní todo mi valor.

—¿Te puedo hacer una pregunta, Gabe?

—Mmm.

—¿Por qué no estáis juntos? ¿Kay y tú?

Oí que cogía aire y lo soltaba despacio.

—Es evidente que entre vosotros hay algo —continué con vacilación.

—¿Tú crees? —murmuró, y no supe muy bien a qué se refería.

—Para mí sí.

—Ya te puedes dar la vuelta.

No contaba con que fuese a decir algo más del tema, así que me llevé una buena sorpresa cuando lo hizo. Con una expresión a medio camino entre meditabunda y pesarosa.

—Entre Kay y yo... es complicado.

—Complicado no tiene por qué ser malo —aseguré, y pensé en Vince y en mí.

Me miró con aire pensativo.

—No, no tiene por qué. Pero... hay que estar dispuesto a ello.