This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 50
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US Open, octavos de final

El primer set lo gané con facilidad. Era como si la pelota obedeciese mis órdenes y cayera siempre donde yo quería.

Mi juego agresivo dio guerra a Bozovic, que no conseguía coger ritmo.

En el segundo también llevaba la delantera, pero entonces pasó algo: Bozovic cambió de táctica.

Colocaba las pelotas con más precisión en la línea de fondo y sus golpes eran más veloces.

Intenté seguir con mi juego, pero a menudo ya no era capaz de puntuar directamente.

Tras perder el segundo set, me senté en el banco, vertí agua en la toalla y me la pasé por la cabeza.

Tenía que ganar el tercer set. Si no lo hacía, el torneo habría terminado para mí.

Mi regreso habría sido un fracaso. Y eso que...

no, eso no era verdad. Había jugado lo mejor que había podido, y quedar fuera en octavos de final no era ninguna deshonra. Al contrario.

Me levanté y volví a darlo todo en el tercer set, seguí jugando con agresividad e intenté cerrar los puntos desde la red.

Por desgracia, mi valor no se vio recompensado.

Primero tuve mala suerte con la cinta, después Bozovic devolvió con un increíble passing shot una volea bien colocada.

Después de más de tres horas, la serbia puso fin al partido con un ace y cayó al suelo de la alegría.

Mientras el público la aplaudía, yo esperaba la pena que pensé que sin duda llegaría.

El dolor. La vergüenza por haber fracasado.

Sin embargo, no sentí nada de eso, sino una profunda satisfacción.

Una especie de paz. Había perdido, pero no pasaba nada, porque había jugado bien.

Porque había vuelto más fuerte que nunca.

Y habría ocasiones más que de sobra para demostrar mi valía.

Con el pelo húmedo después de darme una ducha y la bolsa de tenis al hombro, abandoné el estadio por la salida trasera, donde ya me estaba esperando una furgoneta.

Mis padres habían ido directos al hotel al finalizar el partido.

Yo había bajado pulsaciones en la máquina de remo, había ido a ver al fisioterapeuta, me había duchado y había participado en la rueda de prensa.

—¡Hey, campeona!

Me detuve y ladeé la cabeza deprisa. Durante un momento pensé que los ojos me engañaban.

Me quedé de piedra en el sitio mientras Vince venía con parsimonia hacia mí, con las manos hundidas con desenfado en los bolsillos de los chinos beis.

Era la primera vez que lo veía con un pantalón largo —¡con un polo!

—, lo cual parecía confirmar que el subconsciente me engañaba.

Pero cuando se detuvo delante de mí, nos miramos a los ojos y sonrió, se me antojó bastante real.

Clavé la vista en él y no fui capaz de decir una sola palabra.

Durante al menos diez segundos. Diez segundos en los que la determinación y el nerviosismo se alternaron en su rostro.

—¿Y esa ropa?

Vince se sorprendió, pero acto seguido se echó a reír.

—Esa no era la pregunta que esperaba oír. —Se miró un tanto cohibido y se encogió de hombros—. Nunca había ido a ver un partido de tenis y no sabía si había un código de vestimenta.

Fui consciente de lo mucho que había echado de menos su voz.

—¿Un código de vestimenta? ¿Para el público? —contesté sonriente.

—Bueno, Bradley Cooper iba con camisa.

Arqueé las cejas.

—¿Bradley Cooper?

—Lo vi entre los asistentes. En tu primer partido.

—Oh —exclamé sorprendida.

—Y Justin Bieber estaba en el segundo. Y una de las Kardashian en el tercero.

—Mmm —asentí, impresionada, aunque no era ningún secreto que el US Open era un auténtico imán para los famosos. Cada año, las gradas del estadio Arthur Ashe se llenaban de actores de Hollywood, cantantes y estrellas del deporte—. ¿Has visto mis partidos?

—Todos.

El corazón me dio un vuelco.

—La forma de contar los puntos me sigue pareciendo un misterio, y tampoco entiendo qué es un tie break , pero...

—¿Por qué?

—¿Por qué... no entiendo lo que es un tie break ? —Hacia el final de la frase su voz era un poco más bronca.

—Por qué estás aquí, Vince.

Una sonrisa tímida tiró hacia arriba de las comisuras de su boca.

—Creo que porque no hay nadie a quien prefiera oír pronunciar mi nombre. —Cogió aire. Casi como si necesitase infundirse valor—. Y porque te quiero. Porque nunca debí dejarte marchar sin decírtelo.

No fui capaz de pronunciar un solo sonido, simplemente me quedé mirándolo mientras mi corazón hacía las cosas más extrañas del mundo: primero dio un vuelco, luego se detuvo y al final siguió latiendo tres veces más deprisa.

—Te quiero y quiero estar contigo, Lou, aunque eso signifique que no podamos estar juntos.

Fruncí el entrecejo, confusa.

—En mi cabeza sonaba más guay —aseguró, compungido, y no pude evitar sonreír.

Hizo un segundo intento—. Sé que no podemos tener una relación normal.

O, por lo menos, una relación en la que nos veamos todos los días.

Y sé que será complicado. Complicado de cojones.

—Hizo una pausa—. Pero si algo he aprendido de ti es que «complicado» no es razón para darse por vencido.

Es lo que me has demostrado esta última semana cada vez que salías a esa pista.

—Esbozó una sonrisilla—. Tu amor al tenis no permitió que te dieras por vencida.

Y —cogió aire y exhaló, temblando— mi amor por ti... no me permite darme por vencido.

—Pero... dijiste que no quieres formar parte de mi mundo. —Señalé con un gesto el estadio—. Que te quieres proteger y...

—Todo eso era una chorrada. O... no. No era una chorrada.

Lo que pasa es que tenía miedo —suspiró—.

Miedo de no estar a tu altura y a la de tu vida.

De que esa vida me recordase demasiado a la que yo llevaba.

A mis demonios. Y —vaciló— también tenía miedo de que siempre fuera a sentirme débil contigo.

—No...

—Pero contigo todo lo que soy es... feliz. —Me cogió las manos y me miró a los ojos—. Y alguien que está muy orgulloso. O sea, lo que haces en la pista, cómo juegas y peleas por cada punto es... muy fuerte. Tú eres muy fuerte.

—Fuerte e intimidante, quieres decir.

Su mirada dijo algo así como: «Me lo merezco».

—Fuerte en el sentido de que al cavernícola que hay en mí hoy le habría gustado salir corriendo a la pista cuando terminó el partido para contarle a todo el mundo que eres suya.

—Pero imagino que te habrás enterado de que he perdido.

—No has perdido. Es solo que no has ganado.

—¿Desde cuándo eres tan filosófico?

—Posiblemente desde que me pongo pantalones largos.

Me reí con ganas.

—Ya sin broma, no veo la hora de quitármelos. —Arrugó la nariz y se tiró del algodón elástico—. Durante el partido sudaba a mares.

—Ahora que lo dices, ¿cómo conseguiste la entrada? Estaban agotadas.

—Abordé a mi vecina. Tiene muy buenos contactos. —Sonrió y lo miré sin dar crédito.

—¿Kay te ayudó?

—Fui a verla y le dije que no estaba dispuesto a renunciar a lo que teníamos. Y que nunca te impediría vivir tu sueño.

—Y ¿eso la convenció? —Abrigaba mis dudas.

—Eh... no —se rio—. Pero acabó comprendiendo que no cejaría en mi empeño. Y tuve que prometerle que solo te confesaría mi amor cuando hubiese terminado el partido.

Su respuesta me recordó que incluso lo había hecho varias veces, y yo todavía no había contestado.

—¿Es la tuya? —me preguntó Ana Bozovic al tiempo que señalaba la furgoneta negra con el logotipo del US Open.

No la había oído llegar, y durante un momento me quedé demasiado perpleja para responder. Miré a Vince, cuyos hombros se tensaron. Como si supiese todo lo que dependía de lo que yo contestara.

—Sí, voy al hotel —dije.

La expresión de Vince cambió. Cuando me puse en movimiento, él se quedó donde estaba. Volví la cabeza, lo miré y le pregunté:

—¿Vienes? —Miré sus pantalones—. Conozco un sitio en el que te puedes librar de ellos.

—¿Mejor? —pregunté cuando salió del cuarto de baño y comprobó cómo le quedaba el pantalón corto. El polo lo había cambiado por una camiseta azul holgada, que resaltaba el color de sus ojos.

—Mucho mejor. Me he dado una ducha rápida. Espero que no te importe.

—Claro que no —aseguré, aunque imaginarlo debajo del agua me desconcentró brevemente.

—Menudo morro tienes. El cuarto de baño de mármol y la cama gigante bien que te los callaste cuando te quejabas de la cantidad de noches que pasabas sola en habitaciones de hotel —me tomó el pelo mientras echaba una ojeada a la habitación, que por el tamaño más parecía una suite .

Era moderna y lujosa. En un jarrón había flores, y manzanas relucientes en un frutero.

—El hotel es cosa del organizador.

Vince enarcó las cejas, sorprendido.

—¿Todos estáis en habitaciones como esta?

—Todos no —admití—. Solo a partir de cierto puesto en el ranking .

Se acercó al ventanal desde el que se veía el skyline de Nueva York. El sol se estaba poniendo y se reflejaba en los rascacielos.

—¿Tienes hotel para esta noche?

De espaldas a mí, negó con la cabeza, y mi corazón reaccionó con un nervioso aleteo.

—Me quedo en casa de unos amigos.

—Oh —exclamé, y me ruboricé al ser consciente de lo decepcionada que soné.

Y eso que decía mucho en su favor que no diese por sentado que pasaríamos la noche juntos solo porque...

Eso, ¿por qué? ¿Porque había volado más de diez horas para verme?

¿Porque me había confesado su amor? ¿Porque había dicho todas aquellas cosas tan bonitas de mí?

¿Porque no me atosigaba? ¿Porque me dejaba tiempo para que tuviese claro lo que sentía?

De repente lo vi todo con suma claridad.

Lo oí en mi cabeza. Lo sentí en el corazón. El sí.

Fui con él, le rodeé la cara con mis manos y lo besé. Apagué el pequeño suspiro que salió de su boca. Disfruté el calor que pasó de sus labios a los míos. Cerré los ojos y saboreé plenamente el momento. Cuando los abrí, lo miré a los suyos.

—Yo también te quiero, Vince.

Esbozó la sonrisa de la que me había enamorado desde el principio.

Después me estrechó contra él y me dio un beso sentido, apasionado.

Nuestros labios se abrieron y nuestras lenguas chocaron.

Con cierta vehemencia, como si quisiéramos demasiado y demasiado deprisa. Los dos dejamos escapar una risita.

—Te he echado de menos —musité, y le rodeé el cuello con más fuerza, como si ya no fuese a soltarlo nunca.

—Yo también te he echado de menos. Mucho.

Empezamos a quitarnos la ropa con premura y nerviosismo. Tiramos con nuestros dedos de prendas, los pasamos por debajo, por encima.

—Alto —exclamó cuando le iba a quitar la camiseta.

Lo miré perpleja. Con un semblante cuya seriedad me desconcertó, Vince dijo:

—Solo he metido ropa para dos días. Así que, si pretendes prenderle fuego a esta camiseta o mancharla de sangre...

Lo hice callar con un empujón.

—Si no tienes nada más que ponerte, nos quedaremos los próximos días en esta habitación. No me importaría lo más mínimo.

—¿Hasta cuándo tienes tiempo?

En ese momento la pregunta fue como recibir un jarro de agua fría.

—Dentro de una semana tengo que estar en Guadalajara. —Al ver su cara de interrogación, añadí—: México. ¿Y tú?

—Por ahora, Laurie defiende el fuerte. Así que por lo menos unos cuantos días tengo.

Era una noticia estupenda.

—Si quieres, luego vemos juntos mi calendario de torneos —propuse, con cautela.

—Suena bien. Ahora que Laurie ha decidido quedarse, de vez en cuando yo podría...

—Espera, espera —lo interrumpí—. ¿Laurie se queda?

—Ah, pensaba que ya lo sabías. Sí, se quedará en O’ahu.

—¿Y la carrera?

—La deja.

—Vaya.

—Entonces, ¿va a llevar contigo el hostal o...?

—No, ha encontrado su verdadera vocación.

No se me pasó por alto el deje de ironía que destilaban sus palabras.

Al ver mi cara de interrogación, añadió:

—Ahora quiere ser socorrista.

—¿Socorrista? —repetí, sorprendida.

—Ajá —repuso él, y exhaló un suspiro—. Cuando Chip la sacó del agua, tuvo una especie de —entrecomilló en el aire la palabra— «revelación».

—¿Por qué eres tan escéptico?

—Siempre soy escéptico cuando por medio está Chip. —Hizo una mueca—. Pero lo que quería decir es que si se queda a vivir conmigo por ahora, Laurie se puede ocupar de que todo esté en orden cuando yo vaya a verte.

Sonreí y le rodeé el cuello con los brazos.

—O cuando yo vaya a verte a ti.

—Tengo entendido que dentro de tres semanas hay una fiesta de inauguración. Puede que consiga meterte en la lista de invitados. —Me guiñó un ojo.

En ese preciso instante llamaron a la puerta. Me separé de él a regañadientes. Cuando abrí la puerta, vi delante a mi madre. Llevaba un vestido de verano de lunares y la chaqueta de piel colgada del brazo.

—¿Cómo es que estás aquí todavía? Quedamos en que nos veríamos a las siete en... —No terminó la frase, y comprendí que había visto a Vince—. Oh, tienes... visita.

—Eh... sí. —Carraspeé y di un paso hacia un lado—. Mamá, este es...

—Vince Greenfield. —Vince fue hacia ella con una sonrisa y le tendió la mano—. Encantado de conocerla, señora Herzog.

Algo sorprendida pero con una sonrisa, mi madre contestó:

—Sabine, por favor.

—Sabine —repitió Vince, y se esforzó al máximo por pronunciarlo bien, lo cual fue un poco extraño. Y un poco irresistible.

—Bueno, pues... —Mi madre nos miró a uno y a otro—, no os quería molestar. Es solo que tu padre y yo estábamos preocupados.

Había pasado al inglés para no excluir a Vince.

—Lo siento. Se me olvidó por completo que habíamos quedado para cenar —me disculpé yo, también en inglés.

—No pasa nada. Iremos nosotros dos.

Asentí justo cuando Vince propuso:

—¿Quieres que vayamos con ellos?

Lo miré pasmada.

—¿Quieres ir a cenar con mis padres y conmigo?

Se encogió de hombros.

—¿Por qué no? No he comido nada aparte de un perrito caliente en el estadio que me costó un pastizal, y también me gustaría conocer a tu padre.

Mi madre me miraba con expresión expectante... y con una sonrisa de oreja a oreja.

—Vale —me oí decir, y la situación me arrancó una sonrisilla. Los numerosos giros que había dado el día—. ¿Nos das diez minutos, mamá? Me cambio de ropa en un momento.

—Claro. Hasta ahora.

—Es la primera vez que te oigo hablar alemán —comentó Vince cuando nos vimos a solas—. Suenas muy distinto que el tío de Anniemaycantarais.

Me eché a reír. Ya con más seriedad le pregunté:

—¿Estás seguro de que te apetece? Me refiero a que no pasa nada si no vamos. Estamos juntos desde hace nada. Conocer a los padres viene más tarde.

—Bueno... el orden no es lo nuestro. —Me besó en los labios y guiñó un ojo—. No olvides que te cogí en brazos antes de que tuviéramos nuestra primera cita.