This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 36
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Vince siguió surfeando con soltura diez olas más. Algunas se le dieron mal y cayó de la tabla, pero en la mayoría tuvo mucha maña.

—Rara vez lo he visto así —comentó Pili cuando Vince salió del mar con Milo y Brody. Los tres eran la imagen de la perfección, con su bronceado cuerpo de surfista y su pelo ondulado—. Seguro que es por ti.

Me volví hacia ella.

—¿Por mí?

Pili ladeó la cabeza.

—Yo diría que le motiva que estés aquí.

—Pero si no sabe que estoy. —Mi voz tembló de forma sospechosa—. Me refiero a que no ha visto que hemos llegado.

—Ya te digo yo que sí —aseveró con un tono que no supe interpretar bien.

—Si antes no te ha visto, ahora está claro que sí —comentó Laurie.

A tan solo unos metros de distancia ya, Vince me dedicó una sonrisa deslumbrante a más no poder, que yo atribuí al subidón de dopamina.

Pero, para mis adentros, temía que hubiese otro motivo.

Y era un motivo bonito, de un bonito que aceleraba el corazón.

Pero también peligroso. Y delicado. Y malo.

Tan malo como el orgullo que había sentido yo antes al ver a Vince haciendo surf.

—Hola —me saludó con la más preciosa de sus sonrisas con hoyuelos, como si quisiera distraerme de mis pensamientos negativos.

Y funcionó. Mi corazón se inundó de un agradable calor. Vince se dejó caer de rodillas delante de mí y me dio un beso tan apasionado que nos caímos los dos hacia atrás en la arena. Tenía el cuerpo mojado y frío, y me proporcionó un alivio que necesitaba con urgencia.

Uno de los chicos se puso a decir burradas, y vi con el rabillo del ojo que Vince le hacía una peineta sin dejar de besarme.

—Me alegro de que hayas venido —musitó contra mis labios, que ahora sabían a sal.

Nos sentamos y ni siquiera nos molestamos en sacudirnos del cuerpo la arena con la que estábamos rebozados.

Pili y los chicos se abalanzaron sobre la comida como si estuvieran desfallecidos.

Laurie y yo nos conformamos con agua mientras escuchábamos sus opiniones de surfistas profesionales.

Utilizaron tantas palabras que no conocíamos — airdrop y tubo y kick out y aéreo— que desconectamos relativamente deprisa y nos pusimos a hablar de otras cosas.

—¿Qué tal el entrenamiento? —preguntó Vince algo después, y me abrazó por detrás y apoyó la barbilla en mi hombro.

—¡Ha sido flipante! —respondió por mí Laurie—. No es coña, tendrías que haberlo visto. Cómo lanza a todo trapo las pelotas al otro lado de la red. —Lo imitó con un enérgico movimiento de la mano y le dio en la mejilla a Vince—. Uy, perdona.

Halagada y un poco cohibida, bajé la vista.

—Puede que algún día yo también tenga ocasión de verte jugar —me susurró al oído, y se me erizó la piel a lo bestia en los brazos.

—Joder... a vosotros dos no hay quien os aguante —se lamentó Pili, e hizo una mueca como de asco.

—Tú porque no quieres —repuso Vince lo bastante alto para que lo oyera ella, pero no Milo.

Pili puso los ojos en blanco. En ese mismo momento, Brody saludó:

—Chip, ¡hola!

Chip venía hacia nosotros con la tabla de surf debajo del brazo, el torso al aire y un bañador estampado que le caía por las caderas.

Algunas personas que estaban a nuestro alrededor lo reconocieron y empezaron a cuchichear entusiasmadas.

Conocía a Chip y lo mucho que le gustaba recibir esa clase de atención.

—¿Me habéis dejado alguna ola buena?

Pili hizo una especie de reverencia.

—El escenario es todo tuyo.

Él asintió satisfecho, dejó la tabla en la arena y se quitó la mochila que llevaba al hombro.

—¿Cómo le va a Tristan? —se interesó Vince.

—Bien. —Chip se encogió de hombros—. Se ha presentado a capitán del equipo. —Y añadió a continuación, con guasa pero sin malicia—: Mi padre está que no cabe en sí de orgullo.

—Hablando de tu padre... —Brody señaló la desatendida torre de vigilancia que teníamos cerca—. ¿Se puede saber qué pasa? ¿Desde cuándo terminan de trabajar tan pronto?

Chip se miró el reloj.

—Pero si son las cinco y media.

—Cuando llegamos ya no había nadie —adujo Milo.

—Mmm. Puede que vuelva a haber falta de personal —aventuró Chip.

Milo arrugó la nariz.

—Solo era un comentario. Es peligroso, con estas olas.

—Se lo diré. —Chip miró a sus amigos—. Bueno, ¿qué? ¿Viene alguien conmigo o ya os habéis cansado?

Pili y Milo negaron con la cabeza, Brody se paró a pensar.

—Y tú, ¿qué me dices? —me preguntó Vince en voz baja—. ¿Quieres probar otra vez?

Lo miré como si estuviese mal de la cabeza.

—Ni de coña me meto yo ahí. Casi me da algo de pensar que esas olas gigantes os pudieran engullir a alguno de vosotros.

—¿Estabas preocupada por mí? —preguntó con excesiva autocomplacencia.

Puse los ojos en blanco.

—He dicho «vosotros».

—Yo me quedo, ya he tenido bastante por hoy —decidió Vince.

Chip y Brody cogieron sus respectivas tablas y fueron hacia el mar.

—Voy con vosotros —dijo Laurie, que se levantó de un salto de su toalla—. Necesito refrescarme.

—Pero ten cuidado, el oleaje es fuerte —advirtió Vince.

Poco después, Pili y Milo cogieron el balón de vóley playa y se pusieron a darle toques relajadamente.

—¿Jugamos? —me preguntó Vince.

Iba a asentir cuando Pili dijo:

—Yo he traído unas palas.

—Ni de coña —soltó Vince—. No pienso jugar al tenis playa contra alguien que compite en Wimbledon.

—¿Tienes miedo? —le tomó el pelo Milo.

—No sabes cuánto —fue la sincera respuesta de Vince, y nos echamos a reír.

—Seré buena —prometí, y le guiñé un ojo.

—Ya, ya, ¿y lo de «lanzar a todo trapo las pelotas al otro lado de la red»?

—Yo aquí no veo ninguna red —aduje, con una sonrisa inocente.

—No te pongas así, Greenfield —se cachondeó Pili.

Bajó las orejas refunfuñando y aceptó la pala verde fosforito que le di.

—Por si te tranquiliza: hace siglos que no juego a esto.

Lancé al aire la pelota rosa y la cogí con una mano.

—No me tranquiliza lo más mínimo.

Me reí y puse entre nosotros la distancia suficiente para poder empezar a jugar.

—Juego, set y partido —anuncié con placer malicioso cuando Vince estaba tendido de espaldas en la arena menos de un cuarto de hora después.

—¿Desde cuándo cansa tanto jugar a esto? —jadeó.

—Desde que juegas contra alguien que compite en Wimbledon. —Le hice un guiño al tiempo que le tendía la mano, pero en lugar de dejar que lo ayudase a levantarse, me hizo caer—. Te veo las intenciones —me quejé solo medio en serio cuando me vi encima de él.

—Tú también te has puesto este biquini con «intenciones» —musitó contra mi boca.

Iba a besarlo cuando un grito hizo que me detuviera. Levanté la cabeza y la volví deprisa hacia el agua. Desorientada, entorné los ojos porque el sol me cegaba y entonces oí otro grito. Una chica pedía ayuda.

—¡Mierda, es Laurie! —exclamó Pili.

Tras un instante de conmoción, Vince y yo nos levantamos de un salto y clavamos la vista en el mar: en efecto, era Laurie.

El agua la había arrastrado bastante dentro, movía los brazos como loca y gritaba despavorida mientras a su alrededor se alzaban olas de varios metros.

De un segundo a otro el miedo me paralizó.

Alguien pidió que acudiera el socorrista, pero yo sabía que no había ninguno.

Con cierto retraso me di cuenta de que Vince ya se había puesto en marcha y salí corriendo detrás de él hacia el agua.

Una ola enorme rompió encima de la cabeza de Laurie.

Alguien pegó un grito y tardé un momento en darme cuenta de que era yo.

—¿Es ese Chip? —oí que decía Pili mientras Vince se tiraba al agua.

Seguí su dedo índice. Alguien nadaba hacia Laurie. Desde donde estaba no distinguía si era Chip, pero iba hacia ella dando potentes brazadas de crol. Contuve el aliento y ahora percibí a mi alrededor el murmullo teñido de preocupación.

—Ya casi está con ella.

Pili se había situado a mi lado, sin dejar de mirar el mar. Estaba claro que se refería a Chip, ya que Vince aún seguía muy lejos de Laurie y le costaba resistir el embate de las indómitas olas.

—No te preocupes, lo tiene controlado —me aseguró Pili, y una parte de mí deseó que se refiriese a Vince.

Y es que, mientras que ahora Chip ya casi había dado alcance a Laurie, imponentes olas engullían una y otra vez a Vince.

El miedo me atenazó el estómago, y no me pareció bien que una voz desconocida lanzara un suspiro detrás de mí y dijese: «Gracias a Dios».

Chip estaba con Laurie, le decía algo. A continuación la cogió por las axilas.

Una persona gritó de alegría; otra aplaudió.

Yo todavía no sentía ningún alivio. Al contrario.

Tenía el corazón como si alguien lo hubiese estrujado mientras la cabeza de Vince aparecía y desaparecía en medio de olas gigantes.

Volvía a aparecer y desaparecer. Me aterrorizaba tanto mirar como no mirar.

—¡Vince! —exclamé—. ¡Vuelve! —Era consciente de que no me podía imponer al rugido de las olas, pero no me di por vencida—. ¡Vince! —Presa del pánico, me giré hacia Pili y Milo—. ¡Tiene que salir de ahí!

—¡Vince! —gritó ahora también Milo, y me uní a él.

Entre tanto, Chip y Laurie avanzaban bien y se acercaban a la orilla.

—Voy a por él —decidió Milo, pero Pili lo intentó retener agarrándolo del brazo.

Fue solo un segundo, aunque bastó para ver el miedo reflejado en su cara. Temía por Milo.

A lo largo de los minutos que siguieron pasaron tantas cosas a la vez que me costó verlo todo.

Chip trajo a Laurie sana y salva, la ayudó a salir del agua pasándole un brazo por la cintura y la envolvió bien en la toalla que tenía lista Pili.

Milo informó a Vince de que Laurie estaba bien y volvió a nado con él.

Cuando vi que salía del agua, no me pude contener más y salí corriendo a su encuentro.

—Eh, eh, eh —dijo cuando le eché los brazos al cuello—. No pasa nada —me susurró al oído, pero noté que temblaba. Que su corazón martilleaba veloz contra el pecho. Y el mío contra el suyo—. ¿Estás bien?

Comprendí con cierto retraso que no me lo preguntaba a mí, sino a su hermana. Laurie estaba en medio de nosotros, tiritando y pálida. Sus ojos azules decían que todavía estaba un poco conmocionada.

—Se metió en una corriente —explicó Chip.

No se le notaba el esfuerzo que había realizado, pero en su mirada había algo. Oscuridad. Como si algo sombrío se hubiese apoderado de su alma. El vello de los brazos se me erizó.

—¿Necesitas que te vea un médico? —preguntó Vince a su hermana con suavidad, preocupado.

Laurie negó con la cabeza con cierta apatía.

—Solo tengo frío. Y estoy cansada.

—Nos vamos a casa —decidió.