This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 35
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—Que sepas que me he informado: para ganar un partido de tenis tengo que ganar dos sets. Para ganar un set —Laurie se atascó— tengo que llevarme por lo menos seis juegos. —A sus labios asomó una sonrisa de orgullo—. Pero, además, puede haber un tie break , que es cuando... —se interrumpió—. ¿Qué?

—Nada. —Sonreí—. Que es un detalle que lo hayas buscado.

Me agarré a la red con la mano derecha y balanceé una pierna hacia delante y hacia atrás para activar la cadera.

—¿Hola? No iba a venir sin saber nada a mi primer partido de tenis.

Dejé de moverme.

—Pero sabes que hoy solo voy a entrenar, ¿no? No tengo rival.

Frunció la frente.

—Pensaba que tu madrina era tu rival.

Repetí el ejercicio con la otra pierna.

—No, ella solo me tira las pelotas.

No tuve claro si Laurie se sentía confusa o desilusionada.

—De vez en cuando entreno jugando contra mi compañera, Malia, pero hoy no está.

Me situé de cara a la red y volví a hacer el ejercicio con movimientos laterales. Laurie sacó el móvil y me hizo una foto.

—Se lo prometí a Vince.

Enarqué las cejas.

—¿Que me harías una foto mientras calentaba?

—Que te sacaría una foto con ropa de tenis. —Me guiñó un ojo. Después su mirada se desvió y se tensó un poco—. Hola, señora Diamond —saludó educadamente.

Yo estaba convencida de que Kay la corregiría, le diría que era «señorita», ya que no estaba casada, pero me sorprendió y se limitó a saludarla con una inclinación de cabeza cordial.

Kay no tenía nada en contra de que Laurie viese el entrenamiento.

Lo único que había pedido era que fuese después de comer, cuando yo ya había terminado la mayor parte del trabajo diario.

A Laurie y a mí nos pareció perfecto, porque después de entrenar queríamos ir con Vince y los demás.

—¿Empezamos? —preguntó Kay tras dejar su bolsa debajo de la sombrilla, junto al banco en el que se había sentado Laurie protegida por una gruesa capa de crema solar.

Salté un poco y asentí.

Durante la siguiente hora, entrenamos reveses cortados desde la línea de fondo, que combinamos devolviendo pelotas con efecto cortado que me obligaban a subir a la red para acumular puntos con mis voleas.

Estuve bien, jugué con fuerza y precisión.

Miraba sin parar a Laurie, que seguía embobada todo lo que sucedía en la pista.

En una ocasión incluso me grabó en vídeo, y me pregunté si se lo enviaría a su hermano.

Excepcionalmente, me salté la sesión de fisioterapia. Ya lo había hablado con Gabe. Para compensar, estiré bien y además hice unos cuantos ejercicios con el rodillo miofascial.

Laurie y yo nos fuimos sobre las cuatro. Vince nos había dejado el jeep, a él lo iría a buscar Pili. En lo que duró el trayecto, Laurie me acribilló a preguntas sobre tenis, lo que me dijo con absoluta certeza que se había divertido viéndome.

—¿Crees que también estará Chip? —me preguntó cuando, según el navegador, estábamos a solo cinco minutos de nuestro destino.

—¿Me lo preguntas a mí?

—Pensé que quizá lo hubiese mencionado Vince.

—¿Por qué no se lo preguntaste sin más?

—¿A Vince o a Chip?

—A Vince.

Arrugó el entrecejo.

—Ni de coña le voy a preguntar a mi hermano si va a ir su colega cañón. Y menos todavía cuando ya me ha hecho alguna insinuación rara.

—¿Alguna insinuación?

—Sobre Chip y sobre mí, sí.

—Pero si entre vosotros no hay nada. —Le dirigí una mirada escrutadora—. ¿O sí?

—No —refunfuñó—. Solo nos hemos mandado algunos mensajes, pero es todo puramente platónico. Además, no creo que tenga ninguna posibilidad con él.

—¿Por qué no?

—No soy su tipo —adujo, compungida.

—Menuda chorrada...

—Le gustan las clásicas tías surfistas. Como Pili. Y como Millie.

—Su ex.

Me detuve ante un semáforo.

—Bueno, probablemente no sea el mejor momento para enrollarte con él, ¿no? —Lo dije sobre todo para animarla—. Tampoco te vas a quedar aquí mucho tiempo.

—No lo sé. Ya veremos.

La miré con cara de sorpresa.

—¿No tienes que volver a la universidad?

Exhaló un hondo suspiro.

—Pues sí, pero... en cierto modo todo en mí se resiste a ello.

—Cuando se está de vacaciones es normal que uno no quiera volver a la rutina.

El semáforo se puso en verde y aceleré.

—Puede, sí.

Poco después llegamos a nuestro destino.

Daba la impresión de que la playa era conocida, a juzgar no solo por las numerosas furgonetas con soportes para las tablas de surf que estaban aparcadas junto a la carretera.

También el mar estaba lleno de surfistas que zigzagueaban por el agua.

En la arena había gente mirando, que los jaleaba y aplaudía.

—¿Es una especie de pasarela del surf? —bromeó Laurie.

Me encogí de hombros. Fuimos juntas hasta la orilla.

Laurie llevaba una nevera portátil en la que había metido bebidas, fruta y algo de comer para todos.

El biquini ya lo llevábamos puesto debajo de la ropa.

Me había decidido por el de color turquesa y tenía muchas ganas de ver la reacción de Vince.

—¿Tú los ves? —Hice visera con la mano para atenuar el sol.

—Lo más probable es que estén en el agua, pero Vince ha traído la sombrilla de Tommy Bahama, que es bastante llamativa, seguro que la vemos.

No se equivocaba. Enseguida nos tumbamos en un paisaje de vistosas toallas. Laurie había reconocido no solo la sombrilla, sino también el balón fosforito de vóley playa, que al parecer era de Vince.

—Esa podría ser Pili —dijo al tiempo que señalaba a una chica de pelo oscuro que lucía una camiseta de surf amarilla de manga larga.

Estaba subida en la tabla con las rodillas flexionadas, surfeando una ola imponente.

—Vaya —musité mientras observaba alucinada cómo se mantenía en la tabla. Más y más tiempo.

—Es brutal —observó Laurie mientras Pili llegaba hasta donde el agua era poco profunda y saltaba ágilmente de la tabla.

Alguien aplaudió, lo que hizo que Pili mirase hacia donde estábamos nosotras. Al reconocernos, nos saludó con la mano. Al poco, cuando se dejó caer en la arena delante de nosotras, parecía agotada y feliz.

—Hoy las olas son flipantes —afirmó jadeando.

—Ha sido brutal —aseguré—. ¡Menudo control de la tabla con esa ola! Medía por lo menos diez metros.

Ella se rio.

—Puede que dé esa impresión, sí, pero serían, como mucho, cuatro.

—¿Qué? —Miré el océano sin dar crédito.

—Tal cual. Quizá ahora te hagas una idea de las olas que suele surfear Chip.

Me acordé de los 26,5 metros y noté que se me erizaba la piel de los brazos.

—Gigantes dormidos —dijo en voz queda Pili.

—¿Está en el agua? —preguntó Laurie, procurando parecer impasible—. ¿Chip?

Pili negó con la cabeza.

—Ha quedado con su hermano. Puede que venga más tarde.

La decepción se reflejó en el rostro de Laurie.

—¿Chip tiene un hermano? —me extrañé.

Pili hizo un gesto afirmativo.

—Tristan. Es socorrista.

—Como el padre de Chip —recordé.

—Sí, los Chipman son algo así como los Buchannon de O’ahu —respondió con una risita.

—¿Los Buchannon? —preguntamos al unísono Laurie y yo.

— ¿Los vigilantes de la playa? —Pili nos miró con expresión expectante—. La protagonizaba Mitch y también aparecía Hobie, su hijo. ¿Los dos socorristas...?

—Ah, es verdad. —Laurie asintió vagamente. A mí, en cambio, esos nombres no me dijeron nada.

—Bueno, da lo mismo. La cosa es que tanto el padre como el hermano de Chip son socorristas porque es su pasión. —Algo le llamó la atención en el agua—. No está mal, Greenfield —musitó, y amusgó los ojos.

Seguí su mirada hasta un chico con un bañador rojo coral que estaba surfeando una ola y en ese momento permanecía suspendido en el aire.

En cuestión de segundos, realizó un giro de ciento ochenta grados en la tabla y se deslizó por el agua.

Vimos la espuma blanca y Pili se levantó de un salto, eufórica, y exclamó:

—¡Sí!

A nuestro alrededor se oyeron gritos de júbilo.

Por mi parte estaba demasiado conmocionada para poder hacer otra cosa que no fuese mirar.

No era consciente de que Vince podía hacer algo así.

De que podía surfear así. «Por favor, qué sexi», pensé mientras seguía deslizándose, luego retrocedía un tanto y giraba.

Era veloz como una flecha. Me recorrió un cosquilleo que me llegó hasta las entrañas.

Mi cuerpo se llenó de calor. ¿Era excitación?

¿Me ponía que Vince surfease tan bien? No.

Era otra cosa, constaté un tanto asustada: orgullo.

Me sentía orgullosa de él. Y de que fuese mío. En cierto modo.