This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 34
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A partir de entonces pasé cada tarde en casa de los Greenfield.

La mayoría de las veces iba nada más terminar de comer, me sentaba con Vince y Laurie junto al brasero y hablaba con ellos del día.

Les contaba cómo me había ido en el entrenamiento y escuchaba las novedades del hostal.

Me enteré de que ya habían llegado las almohadas y las colchas y de que las habitaciones ya estaban listas para ser ocupadas.

De que cada vez recibían más solicitudes de reserva y Laurie y Vince no daban abasto contestando correos electrónicos.

A veces escuchábamos música mientras tanto, en ocasiones Vince echaba mano de su guitarra.

Laurie y yo tarareábamos o nos contentábamos con escuchar los suaves acordes que envolvían la terraza.

Los graves bajos, que vibraban en el vientre.

Y eran muchas las veces que me sorprendía el deseo de quitarle a Vince la guitarra de la mano y subirme a su regazo.

Soltarle los dedos de las cuerdas y ponérselos alrededor de mi cintura.

Pegar mi boca a la suya y besarlo. Que no es que no hiciéramos esas cosas constantemente; siempre que Laurie entraba en la casa para ir a por algo de beber o al cuarto de baño, nuestros labios se fundían en besos furtivos, nuestras manos buscaban suaves caricias.

El disimulo no era necesario, pero nos gustaba lo que hacíamos, escondernos un poco.

Lo que, sin embargo, no me impedía apoyar la cabeza en el hombro de Vince cuando estaba cansada.

Acurrucarme contra su pecho cuando el viento soplaba más fuerte.

A veces notaba que Laurie nos observaba.

No era una mirada crítica, pero sí vigilante.

Atenta. Pese a lo cual siempre era la primera en irse a la cama cada noche, dejándonos a solas en la terraza con todos los sentimientos acumulados y la tensión que había entre nosotros, que la mayoría de las veces no tardaba mucho en descargarse.

Nos besábamos en el sofá abrazados, nuestras manos se deslizaban por debajo de la ropa y exploraban centímetro a centímetro nuestra piel desnuda.

Cambiábamos de sitio y nos íbamos a la habitación de Vince.

Nos acariciábamos, nos tocábamos y excitábamos.

Era emocionante este conocerse. Prometedor.

Aunque con cada día que pasaba necesitase más fuerza de voluntad para dejar sus brazos a una hora razonable e irme a casa.

Dormir en mi propia cama y conseguir las por lo menos ocho horas de sueño que mi cuerpo necesitaba urgentemente.

—¿Seguro que ya es la hora, Cenicienta? —farfulló Vince cuando hice amago de levantarme. Tenía la sensación de que la cama era tan vieja como la casa y crujía cada vez que nos movíamos.

—Son las diez y media. Tendría que estar en la cama hace por lo menos una hora.

—Hace una hora que estás en la cama.

A mis labios asomó una sonrisilla.

—Sí, pero no en la que debo.

—Eso según se mire. —Se apoyó en el antebrazo, con aire travieso.

La luz era tenue, pero bastaba para ver lo alborotado que tenía el pelo. Era culpa mía. Las causantes habían sido mis manos.

—¿Nunca tienes la sensación de perderte algo?

Puse cara de sorpresa.

—Solo es curiosidad —aclaró Vince—. Creo que yo tendría un FOMO de narices si todos los días estuviera en la cama a las nueve.

—No estoy en la cama todos los días a las nueve, pero es cierto que un descanso reparador es importante si uno quiere rendir al máximo en el deporte.

Por favor, parecía que lo había citado de un manual. Casi me extrañó que no me tomara el pelo. En lugar de hacer eso, dio la impresión de que se paraba a pensar en algo.

—A la semana pasas despierta unas quince horas menos que yo. Es muy fuerte.

Aunque, al igual que antes, lo decía más alucinado que como una crítica, me sentí un poco acorralada.

—No creo que durante esas horas me pierda mucho.

Vince subió y bajó las cejas.

—¿Quieres que te demuestre lo contrario?

Resoplé mientras ponía los ojos en blanco y saqué las piernas de la cama. Cuando me fui a levantar, Vince me retuvo con suavidad.

—Podrías quedarte a dormir aquí.

—Pues...

—A dormir de verdad, digo. —Esbozó una sonrisilla—. Dará lo mismo que estés en una cama u otra a las nueve.

—No me meto en la... —Cuando me di cuenta de que me estaba picando, no terminé la frase—. También es importante la calidad del descanso.

—¿Es que mi colchón no satisface tus exigencias?

—El problema no es el colchón. —Me incliné hacia delante y le di un sonoro beso—. Sino la persona que lo ocupa.

—No soy de los que te dejan sin sábana, si es lo que temes.

—No es eso lo que temo.

—Y no ronco.

—Eso dicen todos.

—No hablo en sueños.

—¿Eso te lo ha dicho la mujer que duerme contigo por las noches?

—Arqueé las cejas de broma y se rio. Me reí con él, y de pronto tuve la sensación de que nos conocíamos desde hacía una eternidad.

Como si fuese lo más natural del mundo tomarnos el pelo el uno al otro.

Era bonito, pero también asustaba un poco—.

Si estuviese contigo en la cama, no querría dormir. —Me salió sin pensarlo—. Querría...

Dejé la frase en puntos suspensivos, pero la cara que puso me dijo que lo entendía perfectamente.

«Acostarme contigo». Hasta ahora no habíamos dado ese paso.

El gran paso. El último. Sabía que dependía de mí.

Que Vince dejaba que fuese yo la que decidiese si quería darlo.

Y que no pasaba nada si no quería, si no quería sexo sin un futuro.

Acostarme con alguien que dentro de dos semanas habría desaparecido por completo de mi vida.

Eso era algo que también me gustaba de él, que aceptaba mis decisiones, respetaba mis límites.

—Te acompaño a casa —dijo, y se incorporó.

Fuimos por la playa, como el día anterior y el otro.

Quizá porque el camino era más romántico.

O más largo. Retrasaba la despedida. La luna solo era un pequeño gajo rodeado de miles de estrellas que iluminaban el cielo, bañando el océano en una luz plateada.

El agua se hallaba en calma, era como una balsa.

Solo un leve murmullo revelaba que estaba ahí.

—Por cierto —empezó cuando estábamos cerca de la escalera por la que se subía a la casa de Kay—, mañana por la tarde he quedado con los demás para hacer surf.

—No pasa nada. Tampoco tenemos por qué estar pegados como lapas todas las tardes. —Hice una mueca, aunque debía admitir que me gustaba bastante estar pegada a él.

—En realidad, te quería preguntar si te apetece venir con nosotros.

—Oh —dije, sorprendida.

—Podrías mirar o, si te apetece, probar otra vez.

—¿Estás seguro?

—¿Por qué? ¿Hay algún motivo por el que no debería estarlo?

—Bueno, es que hace tiempo que no haces nada con tus amigos, y no me quiero interponer.

—No te interpones.

—Y ¿ellos opinarán lo mismo?

Nos quedamos parados junto a la escalera. La arena aún conservaba el calor del día, pero cuanto más hondo se enterraban en ella los dedos de mis pies, tanto más fría estaba. Me gustaba esa sensación.

—Claro —repuso con naturalidad—. Además, saben que solo te... —No terminó la frase, y sentí un pequeño pellizco en el corazón—. Que te irás pronto.

—¿Cuándo habéis quedado? —pregunté para no pensar en las contradictorias emociones que me asaltaron: el miedo, la alegría anticipada, el nerviosismo, la tensión, la preocupación, la melancolía.

—A las tres y media. Así aún tendremos unas cuantas horas hasta que se ponga el sol.

—Lo veo un poco justo. —Arrugué la nariz—. Pero podría ir después, si no está muy lejos.

—Un cuarto de hora, como mucho. Te envío la ubicación.

—Guay.

—Puede que a Laurie le apetezca, sabiendo que vas tú.

—La verdad es que sería perfecto, porque quería ver cómo entreno. Podríamos ir juntas cuando termine.

—¿Laurie te quiere ver entrenando?

—Sí, lo hablé hoy con ella en la terraza.

—Mucho habláis vosotras —afirmó, y exhaló un suspiro.

Cogí aire, haciéndome la ofendida, y fui a darle un empujón de broma, pero me interceptó la mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—¿Debería ir yo también a verte? —musitó.

—No creo que sea buena idea.

—¿Por tu madrina?

Negué con la cabeza con una sonrisilla.

—Porque sería incapaz de concentrarme.

Acto seguido me estrechó entre sus brazos. Nuestros labios se unieron en un beso tierno, y me invadió una sensación de calidez. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su hombro. Aspiré con fuerza su olor.

—Bueno, entonces, ¿nos vemos mañana? —preguntó cuando nos separamos, después de un buen rato.

—Mmm —musité, embobada.

Satisfecho, Vince hizo un gesto afirmativo.

—Pues buenas noches, Cenicienta.

—¿Por qué Cenicienta?

—Porque siempre te vas en el mejor momento —Sonrió, y en ese instante no habría podido dejar de mirarlo aunque el cielo se hubiese iluminado con fuegos artificiales—. Y porque después tengo la sensación de que mi carroza se vuelve a convertir en calabaza.

—Así que, en realidad, Cenicienta eres tú —afirmé pícara, y le di un último beso en la boca.

Poco después, con una sonrisa extasiada y las rodillas flojas, subí la escalera que conducía a la casa.

En el último escalón oí voces y me detuve.

Solo me llegaban retazos, pero no cabía duda de que era una discusión.

Y, si no me equivocaba, la segunda voz era de Gabe.

Fruncí el ceño. ¿Qué estaba haciendo ahí a esa hora?

Cuando llegué al final de la escalera, me dio tiempo a ver que entraba en la casa.

Kay estaba sentada a la mesa, con la vista clavada en una copa de vino casi vacía.

Justo al lado había otra. Me tomé un momento para analizar la situación, pero acto seguido me sentí como una mirona.

Carraspeé para hacer notar mi presencia, y Kay levantó la vista.

—Hey —la saludé, con vacilación.

Ella esbozó una sonrisa forzada.

—Hola.

—¿Ese era Gabe? —pregunté con cautela.

—Sí, se... pasó sin avisar.

—¿Os estabais peleando?

Pareció sorprendida.

—Lo siento, os oí sin querer —añadí.

En lugar de contestar, Kay se sirvió en su copa el poco vino que quedaba y se lo bebió de un trago.

—¿Te lo has pasado bien?

—Sí —musité, sin saber si debía dejarlo estar o no—. ¿Por qué estabais discutiendo?

—Bah —hizo un gesto con la mano para restarle importancia—, por nada.

Aunque sabía que no era asunto mío, no fui capaz de callarme.

—No lo parecía.

—Lou —dijo, y lanzó un suspiro.

—¿Por qué te cierras tan en banda?

Entornó ligerísimamente los ojos.

—¿Con qué?

—Está claro que entre vosotros hay algo. Entre Gabe y tú.

—No hay nada. —Miró hacia un lado.

—¿Por qué no? Cuando está él sonríes mucho más. Y cuando te mira...

—¡Lou! —me cortó Kay con una aspereza inusitada—. Tú y yo no vamos a ponernos a hablar de mi vida amorosa ahora. —Su mirada me dejó claro que era todo cuanto diría, y no insistí más—. Me voy a la cama —añadió, y echó mano de las copas de vino vacías—. Buenas noches.

—Buenas noches —farfullé, pero ella ya se había metido en casa.