This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 33
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—Creo que tú saliste bastante mejor parada que yo —afirmó Vince, y añadió otro leño al fuego. Las llamas se avivaron y lanzaron chispas al cielo nocturno.

—Y yo creo que deberías dar gracias a que tu madre se decidiera por Vince en lugar de Vincenzo.

—¿Se puede saber qué pasa aquí?

Laurie apareció de repente en la terraza, con varias bolsas en la mano. Su vestido, de color claro, resplandecía en la oscuridad.

—Nada, solo estábamos comentando que a los dos nos pusieron el nombre de nuestros abuelos —conté con una sonrisa.

—A Laurie también —observó Vince.

—Sí —contestó algo después, y frunció el ceño.

—¿Qué tal con Pili? —preguntó su hermano en el silencio que se hizo a continuación.

—Guay. —Laurie seguía pareciendo escéptica, pero yo no supe decir con claridad si se debía al hecho de que yo estuviera allí o a que su hermano le volviera a hablar como si tal cosa.

—Veo que se te ha dado bien —dije, mirando las bolsas—. Enséñame lo que has comprado.

Durante un instante vaciló, pero después hizo un esfuerzo, vino hacia nosotros y se sentó a mi lado, doblando una pierna debajo del trasero con desenfado.

Su perfume se mezclaba con un ligero olor a sudor que, sin embargo, no era desagradable.

Acto seguido, me enseñó con orgullo sus adquisiciones: un biquini bandeau , unos pendientes dorados que eran sendas plumas y un colorido vestido con estampado de flores de hibisco.

Nos habló alegremente del día que había pasado en Honolulú.

De calles comerciales abarrotadas, centros comerciales enormes y los megahoteles de la playa de Waikiki.

Del restaurante vegano al que la había llevado obligada Pili y del Starbucks que servía cafés con flores hawaianas en la espuma.

—No sé si conseguiré ver Honolulú antes de marcharme —confesé.

—No te pierdes nada —refunfuñó Vince—. Es ruidoso y caótico y está lleno de gente. Y tiene muy poco que ver con Hawái.

Laurie se detuvo a pensar un momento, pero le dio la razón.

—¿Y vosotros? ¿Qué habéis hecho? —dijo cuando reparó en los platos sucios de la mesa.

Vince y yo nos miramos.

—Vine a disculparme y Vince me invitó a quedarme a comer. Y hemos estado hablando.

—Vale —contestó ella, alargando la palabra, y me miró con expresión expectante, como si intuyera que todavía no había terminado, pero fue Vince quien continuó.

—Tanto Lou como yo sabemos que solo se quedará aquí tres semanas, y que lo nuestro no puede ser más que un rollo de verano, pero a nosotros no nos supone ningún problema.

Laurie fue a decir algo, pero Vince se le adelantó.

—Solo queremos pasárnoslo bien. Nada más.

—De todas formas, ¿puedo decir algo? —preguntó Laurie.

Él se encogió de hombros.

—Siento haberme entrometido. Me pasé.

Vince pareció sorprendido para bien. Yo también contaba con encontrarme más resistencia.

—Bueno, y ahora tengo que ir a darme una ducha urgentemente. —Laurie se levantó—. ¿Te vas a quedar un rato más?

—Pues... —Miré a Vince. La luz del fuego se reflejó en sus ojos—. Creo que sí.

Su sonrisa me dijo que le gustaba la respuesta.

—Ah, por cierto. —Laurie señaló hacia atrás con el pulgar—. He visto que han llegado los colchones.

—Ya iba siendo hora —repuso Vince, y lanzó un suspiro—. No va a dormir la gente en el somier.

—Entonces ya solo faltan las colchas, ¿no?

Él asintió.

—Y las almohadas. Pero, si hiciese falta, podría improvisar.

—Todavía faltan unas semanas —afirmó Laurie con confianza antes de ir dentro.

—Pues ha ido bien —le dije a Vince.

—Ven aquí. —Me estrechó contra su pecho y me pasó un brazo por los hombros.

Yo aspiré el olor de su piel, que era más intenso en la oquedad de la clavícula.

—¿De verdad que no te importa que dentro de poco tengas que compartir este sitio con tanta gente?

—¿Qué quieres decir?

—Pues que en cuanto abras el hostal la terraza ya no será solo tuya.

—Así es como debe ser.

—¿Mmm?

—El Ohana siempre fue un sitio que acercaba a las personas. —Su voz destilaba un afecto que me llegó hondo—. Me gusta la idea de que vuelva a ser así —musitó, y me abrazó un poco más fuerte.