This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 32 #2
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Estaba claro que esa era la versión corta, pero no quise insistir.

—Pensé que tenía que ver con una exnovia —admití.

Enarcó las cejas con una mezcla de asombro y regocijo.

—Bueno, como Laurie tenía miedo de que te hubieras... de que pudieras haberte... quizá... enamorado de mí. —Mi voz ya no era tan firme como me habría gustado—. En cierto modo era lógico, no sé.

—Mmm. —Bajó la vista al plato—. Hace bastante que no tengo una relación.

—Igual que yo. Las relaciones son complicadas cuando uno se pasa todo el año viajando, cuando está cada dos semanas en un país distinto.

En la habitación de un hotel distinto. En un huso horario distinto.

Y las relaciones a distancia no son lo mío.

Quiero tener cerca a las personas a las que quiero. Suena egoísta, lo sé.

—No, a mí no me lo parece. Y te doy la razón en lo de las relaciones a distancia. Están condenadas al fracaso.

—¿Alguna vez has tenido una?

Asintió.

—Cuando terminé el instituto. En verano la que era mi novia entonces se fue a la Costa Este para ir a la universidad. Todo fue bien durante tres meses exactamente, y caro de narices.

—¿Tú a qué universidad fuiste?

Tras un instante de vacilación que no se me escapó, repuso:

—A ninguna.

Dejé escapar un «Oh» de sorpresa que en el acto me resultó embarazoso, porque pareció esnob.

—Yo tampoco fui a la universidad —me apresuré a decir, y a continuación me metí en la boca unas cuantas espirales—.

Y tenías razón, por cierto: ya no podré volver a disfrutar del pesto que se vende en los supermercados.

—Mastiqué—. Así que, o me das la receta o vete contando con que a partir de ahora me plantaré en tu puerta cada dos por tres.

—Prefiero que te plantes en la puerta.

Algo en su tono me azoró.

—Porque las recetas de familia no se pueden revelar —aclaró en voz baja.

—Cierto. —Fue solo un susurro trémulo, que en ese momento lo dijo todo sobre mi estado de ánimo.

Nos miramos a los ojos.

—Oye... sé que todavía no hemos hablado de cómo va a ser esto a partir de ahora, pero... por mi parte me encantaría besarte. —Me miró con tal intensidad que solo fui capaz de asentir—. ¿Es eso un sí? —preguntó, para asegurarse, con una pequeña sonrisa, y se acercó.

En lugar de contestar, salvé los últimos centímetros que nos separaban y pegué mis labios a los suyos. Estaban aceitosos del pesto, pero no nos importó. Entreabrió los suyos y acepté la invitación adelantando la lengua. Se me escapó un suspiro cuando me topé con la suya y la rodeé con delicadeza.

—Sabes bien —musitó contra mi boca.

Arqueé una ceja.

—¿Otra vez poniendo por las nubes tu pesto?

—Mi... pesto alla genovese .

El brillo de sus ojos me dijo que lo había recalcado a propósito, ahora que sabía lo mucho que me gustaba oírle decir cosas en italiano.

Pese a ello, su plan funcionó: me derretí como la nieve al sol.

Él aprovechó la breve interrupción para dejar los platos en la mesa, pero en lugar de volver a besarme, se levantó.

Desconcertada, lo miré primero a él y luego a la mano que me tendía.

—Todavía te debo una puesta de sol.

—Vaya —musité mientras el firmamento se coloreaba con las más bellas tonalidades rojas, anaranjadas y doradas.

Me figuré que veríamos la puesta de sol desde la playa, pero Vince señaló el árbol que se alzaba hacia el cielo en medio de la terraza.

Subimos por unos peldaños hasta el mirador y nos quedamos allí de pie, acodados en la barandilla y con la mirada fija en el espectáculo que la naturaleza nos ofrecía en el horizonte.

—¿Subes aquí a menudo?

Vince hizo un gesto afirmativo.

—Creo que este es uno de los sitios que más me gustan de esta isla.

Me tomé unos segundos y lo miré de reojo, pero él seguía contemplando el horizonte.

—Gracias por enseñármelo —susurré.

Vimos en silencio cómo se hundía el sol en el océano y subía el crepúsculo. En el cielo despertaron las primeras estrellas y la luna se presentó para encargarse del turno de noche.

—Deberías poner un telescopio.

Arrugó la nariz.

—No sé mucho de estrellas. Sé dónde está la Osa Mayor y de milagro. —Sus ojos recorrieron el firmamento—. O no. No.

Me reí, le cogí la mano y tracé con su dedo índice las siete estrellas.

Mis conocimientos de astronomía también se reducían a dos o tres constelaciones, pero la Osa Mayor la distinguí en el acto.

Cuando fui a soltarle la mano, él entrelazó sus dedos con los míos.

Contuve la respiración, por lo íntimo que resultaba el momento.

Lo cercano. Vince me dirigió una mirada penetrante.

—Bueno, y ahora ¿qué? ¿Cómo seguimos? —Su voz era queda, un poco ronca.

—Ni idea. —Era la respuesta más sincera que le podía dar.

Dejó pasar unos segundos y dijo:

—Así es como lo veo yo: me gusta mucho estar a tu lado. —Me acarició con el pulgar el mío—. Estoy a gusto. Y creo que juntos... nos divertimos.

—Sí —dije con un hilo de voz, ya que todavía no sabía qué rumbo tomaría la conversación.

Miró nuestras manos entrelazadas mientras proseguía:

—Soy consciente de que solo estarás aquí tres semanas.

Y de que tienes mucho que hacer. Y yo tengo el hostal.

Pero... —cogió aire y levantó la vista— no creo que pase nada porque de vez en cuando...

veamos juntos una puesta de sol, ¿no? —La sonrisa que añadió era ambigua, descarada y dulce. Además de contagiosa.

—¿Me estás preguntando oficialmente si quiero ser tu rollo de verano?

—Mi rollo de verano con el que enrollarme, sí.

Hice un gesto con la mano y él me la soltó, agachando la cabeza mientras se reía. Eché de menos su calor en el acto. Ya más serio, puntualizó:

—Tampoco pasa nada si no te apetece. —Y, bajando la vista, añadió—: Assolutamente .

—¡Oye! Que eso es manipulación.

—Yo lo llamaría técnica de persuasión —objetó con una sonrisa pícara.

Nuestra charla me envalentonó.

—¿Qué hay de las salidas de sol?

Vince pareció sorprendido.

—Solo has hablado de las puestas de sol —musité, y le regalé a mi estómago un aleteo nervioso—. ¿También están incluidas?

—Eso... serás tú quien lo decida.

Sentí de nuevo su mano en la mía, y solo entonces fui consciente de lo cerca que estábamos. De lo bien que me sentía.

—Vale —me oí decir.

—Vale... ¿te lo pensarás? —Su voz sonaba esperanzada.

—Ya me lo he pensado —repuse con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.