This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 32
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Cuando me desperté, me asaltaron en el acto los remordimientos de conciencia. Escribí un mensaje a Laurie y le pregunté cómo estaban las cosas. Me contestó cuando yo ya iba camino de entrenar.

No me habla. Pili me va a pasar a buscar. Nos vamos de compras.

En otras circunstancias, su respuesta entrecortada me habría dado que pensar, pero el día anterior me había mandado un mensaje en el que me decía que no me comiera la cabeza.

Y que su hermano había reaccionado de un modo desproporcionado y primero debía tranquilizarse.

Pese a todo, me sentía culpable. Como me había ido de la lengua, ahora Vince estaba enfadado con su hermana, y eso que ella solo se preocupaba por él.

Por el motivo que fuese. Probablemente lo más lógico fuese una relación que había acabado mal y a él todavía le pesaba.

O al menos así había interpretado yo lo que había dicho Laurie.

Sin embargo, estaba claro que interpretar no era uno de mis puntos fuertes.

De lo contrario no habría entendido tan mal las señales, no me habría convencido tan deprisa de que yo era para Vince algo más que un rollo de verano.

«¿Creías que estaba... enamorado de ti?».

—¿Lou? —La voz de Kay me arrancó de mis pensamientos.

—¿Mmm?

—Que si ya estás lista.

Asentí, hice rotar los hombros una última vez y terminé de calentar.

El resto del día me volqué en el entrenamiento y disfruté de la tregua que supuso al caos que reinaba en mi cabeza.

Corrí de línea lateral a línea lateral, subí hasta la red y volví a la línea de fondo, fui detrás de pelotas a las que sabía que no podría llegar y me dejé la piel en los saques.

Jadeé, resollé y sudé y, sencillamente, no tuve tiempo de pensar en lo que había pasado entre Vince, Laurie y yo.

—Laurie no está —dijo Vince cuando me abrió la puerta, a media tarde, con una camiseta gris en cuyo pecho ponía algo en letras desvaídas. Iba descalzo y llevaba un bañador de surf que le llegaba hasta la rodilla.

—Lo sé. He venido a verte a ti.

No se movió un centímetro, pero eso no me alteró lo más mínimo.

—¿Puedo pasar?

Se hizo a un lado sin decir nada, lo justo para que pudiera pasar por delante de él. Durante un instante me distrajeron los numerosos colchones plastificados que se amontonaban a la entrada.

—Quería...

Para mi desconcierto, me dejó con la palabra en la boca y salió corriendo.

—Eh... ¿hola? —dije.

—Estoy haciendo pasta —aclaró él.

Lo seguí hasta la cocina, donde, en efecto, en una cazuela hervía agua a borbotones. De espaldas a mí, levantó la tapa, removió el contenido y lo tapó de nuevo. Después se dio la vuelta, se apoyó en la encimera y cruzó los brazos.

—¿Querías...?

En un primer momento me quedé en blanco. Luego entendí que Vince estaba retomando la conversación.

—Disculparme. Fue una estupidez por mi parte poner distancias sin explicarte por qué lo hacía.

No dijo nada, con lo que me dio la impresión de que todavía no estaba satisfecho con mi disculpa.

—Tendría que haber hablado contigo primero, en lugar de sacar conclusiones precipitadas. Y siento que te cuestionases lo que —carraspeé— pasó en el jeep.

Tras él la tapa empezó a golpetear, y Vince bajó el fuego. Cuando se giró hacia mí, su expresión ya no era tan inflexible como antes.

—¿Tienes hambre?

Puse cara de sorpresa, como si hubiese oído mal.

—¿Significa eso que ya no estás enfadado conmigo?

—Significa que he hecho pasta de más.

Una sonrisa vacilante asomó a mis labios. A continuación asentí.

—La pasta me encanta.

—Bueno, pues ahora te doy un táper. Ya me lo devolverás cuando puedas.

Me quedé helada.

—Era broma —se rio entre dientes—. Tendrías que haberte visto la cara.

Noté que me sonrojaba y puse los ojos en blanco. Mientras tanto Vince levantó la tapa de nuevo y sacó una espiral de pasta del agua. Se la llevó a la boca y yo me quedé mirando sus labios como embobada.

—Lista —decidió mientras masticaba, y vertió el agua en un colador que ya tenía preparado en el fregadero.

—¿Pongo la mesa o hago algo? —pregunté, sobre todo para no quedarme allí como un pasmarote.

—Puedes sacar el pesto de la nevera.

Hice un gesto afirmativo y abrí la nevera. Perdida, mis ojos recorrieron los alimentos, los envoltorios y las marcas que me eran desconocidos, pero nada me recordaba ni remotamente a los tarros de pesto de Barilla que teníamos nosotros en el frigorífico en Múnich.

—Eh... ¿estás seguro de que...?

—Es un tarro de cristal que está en la bandeja del centro.

Pegué un respingo, porque no lo había oído acercarse.

Porque su boca estaba tan cerca de mi oreja que sentía su aliento en mi piel.

Acto seguido, cometí el error de mirar hacia el lado.

Le rocé la mejilla con la punta de la nariz.

El inesperado contacto me hizo dar un paso hacia atrás.

Me di con la cabeza contra la puerta de la nevera y apreté los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó, y dio un paso minúsculo hacia mí.

Noté el frío en la espalda, pero, sobre todo, su proximidad.

Conseguí asentir. Él alargó el brazo y, durante una décima de segundo, pensé que quería acariciarme la mejilla, pero lo que hizo fue sacar de la bandeja del centro un tarro de cristal que contenía algo verde.

Aunque estaba tapado con papel film, me llegó el aroma a ajo y albahaca.

—Espero que te guste el genovese .

Me impresionó la facilidad con que le salió la palabra. Cuando mi padre pronunciaba palabras en italiano, mi madre y yo siempre nos partíamos de risa.

—Claro —aseguré con cierto retraso—, pero nunca lo he probado casero.

—Será tu perdición, ya lo verás.

—Vaya, veo que alguien está muy convencido de su pesto.

—Es una antigua receta familiar.

—¿Esto no es muy de peli de Hollywood?

—De peli de Hollywood y de los Trevis de Bolonia. Mi madre era italiana.

—Oh, así que... ¿tú también eres bilingüe? —pregunté sorprendida.

—En realidad, no. Mi madre lo intentó... pero prefería hablar inglés. Cuando su padre aceptó el empleo que le ofrecieron en Estados Unidos y emigró con su familia, ella solo tenía cinco años. Creo que siempre se consideró más estadounidense que italiana.

—¿Cómo se llamaba?

—Luciana. —Entornó los ojos—. ¿Qué pasa?

Solo entonces fui consciente de que mis labios se habían curvado en una sonrisa.

—Nada. —Al ver su desconcierto, aclaré—: A la mayoría de los estadounidenses les cuesta el italiano, pero pronunciado por ti suena... bien.

Mi cumplido al parecer le produjo turbación. Esbozó una sonrisa inusitadamente tímida antes de retirar el papel film. Todo el aroma del pesto se desplegó, y proferí un sonido de placer.

—¡Huele de maravilla!

Él se encogió de hombros y su cara dijo poco menos que: «Ya te lo dije».

Vi que sacaba dos platos de un armario de la cocina y servía en ellos una generosa porción de fusilli y una cucharada de pesto.

Me miró para asegurarse de que me parecía bien la cantidad.

Juntos salimos a la terraza con nuestro respectivo plato.

Sobre el suelo de madera aún titilaba el calor del día, pero una leve brisa que soplaba del mar hacía que fuese soportable.

El sol estaba bajo en el horizonte y bañaba el cielo en espectaculares tonos rojizos.

Me quité las sandalias y me senté a su lado en el sofá.

Él se colocó el plato en el regazo y apoyó los pies en la mesa, cruzados.

Lo imité sin vacilar. Los dos teníamos los pies grandes, pero los míos estaban bastante más blancos que los suyos.

Alrededor de los tobillos yo tenía marcas del moreno, y el esmalte verde menta de las uñas estaba descascarillado, pero al menos ahora no tenía ampollas o rozaduras, algo que durante la temporada de tenis estaba a la orden del día.

—Perdona, no te he preguntado si quieres beber algo. —Se fue a levantar, pero le agarré el brazo para impedírselo.

—Voy yo luego a por algo.

Los ojos se le iluminaron, y fui consciente de lo que implicaban mis palabras.

—Uy, eh... Con eso no quería decir... Me refiero a que si tienes planes, pues...

—No tengo planes —zanjó mis titubeos.

—Vale.

En mis labios se dibujó una sonrisilla, y bajé la vista a mi plato de pasta.

—Pero Laurie debe de estar al caer, y es posible que el ambiente sea un poco... gélido.

—Sigues enfadado con ella.

No era una pregunta, puesto que ya conocía la respuesta. Posiblemente por eso Vince no dijese nada, mezcló la pasta y el pesto y se metió unas cuantas espirales en la boca.

—Es un poco injusto que a mí me perdones y a ella no, ¿no te parece? —me atreví a decir.

—¿Quién dice que a ti te he perdonado? —replicó, con la boca ya vacía. Su expresión permaneció seria tan solo un segundo.

—Es verdad, solo habías hecho demasiada pasta. —Entorné los ojos—. Y dime, ¿por qué?

—¿Por qué he hecho demasiada pasta? —Se encogió de hombros—. ¿Para mañana?

—O... ¿para Laurie? —Su cara me dijo que había dado en el clavo—. Dime la verdad: no quieres pelearte con ella.

—Pues claro que no quiero —admitió sin rodeos—. Odio discutir. Y se me da fatal.

—Dudo que Kay dijese lo mismo. —Y con mayor seriedad añadí—: Pues ponle fin. Habla con Laurie cuando llegue a casa.

Se paró a pensar y en el entrecejo se le dibujó una arruga.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —sondeé.

Vince me miró con expresión expectante.

—¿Qué quiso decir Laurie con lo de que... lo pasaste mal hace algún tiempo?

No respondió en el acto.

—Tuve algunos problemas en mi antiguo trabajo, antes de venirme aquí.

Me costó disimular la sorpresa. Por una parte, había dado por sentado que tenía que ver con una mujer; por otra, hasta ese momento no me había preguntado en qué trabajaba Vince. A qué se dedicaba antes. ¿Se seguía dedicando a ello? No, había dicho su «antiguo trabajo».

—¿Qué... eh... qué trabajo?

Titubeó.

—Informática.

—¿Informática? —repetí con asombro.

Soltó una risita.

—No es lo que esperabas, ¿eh?

—Bueno, es que no eres el típico friqui.

—Puede que eso fuese parte del problema. —Su sonrisa más bien fue un suspiro—. A largo plazo no era para mí.