This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 31
66%

31

Vince me escribió dos veces más. El martes me hizo saber que había escuchado en Spotify una lista de reproducción de Anniemaycantarais.

Aunque me interesaba mucho saber qué opinaba de la voz ronca de Henning May, me conformé con mandarle un pulgar hacia arriba.

Al día siguiente me escribió para decirme que había quedado con Laurie, Chip y los demás para ir a comer una hamburguesa, que si quería ir.

Puse como pretexto el cansancio y le deseé que se lo pasara bien.

A fin de cuentas, no era del todo mentira.

Había tenido una sesión de cardio tenis, había entrenado el remate y había pasado parte de la tarde en el gimnasio.

Mi cuerpo estaba necesitado de descanso y sueño.

Pese a ello, mi corazón hizo cosas extrañas cuando envié el mensaje.

Se encogió y se quedó apesadumbrado. Y mi dedo índice cobró vida propia, fue bajando por mi lista de reproducción preferida y se quedó suspendido unos segundos sobre la canción que había añadido después de ir a la fiesta de Chip: Love I , de The Green.

En el último momento decidí no ponerla, no regodearme en la melancolía y la nostalgia, así que cerré Spotify y pasé un rato navegando por las redes sociales.

Como siempre, el tenis protagonizaba mi Instagram: vídeos de los puntos más largos, los golpes más rápidos, los discursos de agradecimiento más emotivos; fotos con citas, memes o estadísticas.

Como la mayoría ya lo conocía, me pasé a TikTok, vi unos cuantos que se habían hecho virales y, por último, acabé en el canal oficial del US Open.

Habían fijado el vídeo de la pelota de partido de Coco Gauff del año anterior y ya tenía once millones de visualizaciones.

Acompañado de sonidos de gran dramatismo la vi caer al suelo y romper a llorar de alegría, y en mi corazón se dieron cita los sentimientos más contradictorios: admiración, anhelo, envidia, insatisfacción, inquietud, ambición.

Quería lo que ella tenía. Quería estar exactamente en ese sitio.

Y al mismo tiempo sabía que aún debía trabajar con ahínco si quería alcanzar ese objetivo.

Y me quedaban apenas tres semanas. Ese era otro argumento para dejar que lo mío con Vince quedase en nada.

Él era una distracción, y las distracciones eran peligrosas.

Asentí para mí misma y musité un «Sí» a la nada.

Como si mi cabeza quisiera ponerme a prueba, en ese momento mi móvil empezó a vibrar.

En la pantalla vi el nombre de Vince y me senté acto seguido un poco más recta.

¿Por qué me llamaba? Y ¿qué más podía querer?

Ya le había dicho hacía una hora que no iría con ellos.

Ahora ya eran —miré hacia arriba a la derecha— las siete y media.

Lo más probable era que Laurie y él hubiesen salido para ir a esa hamburguesería hacía un buen rato.

Lo más probable era que ya estuviesen allí.

El teléfono siguió vibrando al menos veinte segundos más.

Veinte segundos durante los cuales me saltó el aviso de que solo me quedaba un cinco por ciento de batería.

Vince acabó dándose por vencido. Debatiéndome entre el alivio y el pesar, me puse a buscar el cargador.

Mientras revolvía en los compartimentos de mi bolsa de tenis continué dándole vueltas a la pregunta de por qué me habría llamado Vince.

Cuando encontré el cargador, lo conecté al teléfono y al enchufe.

El teléfono vibró de nuevo en ese preciso instante.

Esta vez en la pantalla vi que era Laurie.

Fruncí el ceño. ¿Sería una casualidad? La cogí sin vacilar y contesté con un vacilante «¿Sí? ».

—Hola.

Contuve la respiración, porque esa voz no era de Laurie. Y parecía avinagrada.

—¿Vince? —No esperaba que me contestase—. ¿Va... todo bien? ¿Por qué me llamas desde el teléfono de Laurie?

—Porque a mí no me lo coges.

Tragué saliva. Sopesé darle alguna excusa, pero algo en su tono me dijo que era demasiado tarde para eso.

—Laurie aún estará unos diez minutos en la ducha, así que ese es el tiempo que tengo para averiguar qué demonios te he hecho. —Sonaba no solo enfadado, sino también frustrado.

—No me has hecho nada.

—Entonces, ¿por qué estás tan rara?

—No estoy rara —objeté, pero incluso yo tuve que admitir que era una pobre excusa.

—Sí que lo estás, desde el sábado por la tarde. Si tiene algo que ver con lo que pasó en el jeep, si no querías que pasara o de alguna manera fui demasiado lejos...

—¡No! —exclamé deprisa, y parpadeé para librarme de las imágenes que se me pasaron por la cabeza.

—Entonces, ¿qué pasa? —Ahora su voz estaba teñida de perplejidad.

No sabía qué respuesta darle. Una que no me pusiera en un aprieto. Que no pusiera en un aprieto a Laurie.

—¿Es otra vez por tu madrina...?

—Kay no tiene nada que ver con esto —lo interrumpí mientras buscaba a la desesperada algún pretexto plausible—. Es solo que ahora mismo tengo mucho que hacer y no tengo tiempo para...

—¿Divertirte? —resopló.

—¡Sí! —afirmé—. He venido aquí para pulir mi regreso, no para tener un... rollo de verano.

—¿Un rollo de verano?

—Sí, Vince, un rollo de verano. —Proferí un suspiro—. Entre nosotros no puede haber otra cosa. Estoy en...

—Pues claro que no —respondió con una naturalidad que hizo que me frenara en seco.

Parpadeé. ¿Acababa de decir que...?

—Eh... ¿es que tú... opinas lo mismo?

—¿Qué?

—Que entre nosotros... en fin, que entre nosotros no puede haber nada. Nada... serio.

—Claro.

Durante un momento incómodo, embarazoso, angustioso se hizo el silencio en la línea, y a la cabeza me vino la pregunta de si habría algo peor aún que el hecho de que Vince me dijese lo que sentía por mí: que no sintiera nada en absoluto.

—Espera, ¿es que creías...? —Me llegó un sonido de incredulidad y apreté los ojos tanto que me dolió—. ¿Creías que estaba... enamorado de ti?

Su forma de pronunciar «enamorado», en realidad de escupirlo, lo empeoró todavía más.

—¡No! —solté, con una voz demasiado alta y con demasiado pánico, mientras las mejillas me empezaban a arder.

—¿Por eso me...? —Dejó la frase a medias, como si se parase a pensar—. ¿Porque creías que yo...?

—¡Que no! —Hice otro patético intento de salir del apuro.

—Vaya. —Dejó escapar una risotada carente de humor que se me alojó desagradablemente en el estómago—. Esto no me había pasado nunca.

Sentí que se estaba riendo de mí y poniéndome contra las cuerdas.

—¿Qué? ¿Que alguien no se quiera casar contigo en el acto?

—Más bien que alguien se imagine que le van a proponer matrimonio.

—Yo no me imagino nada —me defendí—. Laurie me... —Me callé deprisa, pero el daño ya estaba hecho.

—¿Laurie? ¿Qué tiene Laurie que ver con esto?

—Nada —repuse en voz queda. Me mordí el labio inferior y recé para que lo dejara estar.

—¿Qué te dijo mi hermana?

Guardé silencio.

—Muy bien, pues entonces se lo preguntaré a ella.

—¡No! —supliqué.

—Pues entonces dime ahora mismo qué está pasando.

De mi boca salió un sonoro suspiro.

—Estaba preocupada.

—¿Preocupada? ¿Por qué?

Vacilé.

—Dijo que... lo habías pasado mal hacía algún tiempo. Y que no quiere que alguien te —me trabé— rompa el corazón.

A la espera de lo que seguiría, contuve el aliento.

—Y supongo que ese alguien eres tú —resopló—. ¿Por qué no le dijiste que eso era una chorrada? O sea, nos hemos enrollado un par de veces, nada más.

—Fuiste tú el que dijo que esa palabra era como si no fuese importante —le recordé, y me arrepentí nada más hacerlo.

—Ya, pero no dije que enrollarme contigo fuese importante.

Tragué saliva y me recompuse.

—Ahora mismo te estás portando como un capullo.

—¿Yo me estoy portando como un capullo? ¿Quién de los dos ha hablado a mis espaldas con mi hermana y después me ha hecho ghosting en lugar de hablar conmigo?

—¡No te he hecho ghosting ! Solo he mantenido las distancias, y estoy en mi derecho.

—Desde luego que estás en tu derecho. Pero hazlo por los motivos adecuados, joder, no porque mi hermana vaya contando mentiras sobre mí. —La voz le temblaba—. ¿Sabes lo mal que me he sentido estos últimos días? ¿La cantidad de veces que me he preguntado si me habría pasado?

—No te pasaste —repetí, con cierto remordimiento de conciencia.

Ni una sola vez se me había ocurrido que él pudiera atribuir mi distanciamiento a lo que habíamos hecho en el jeep.

En realidad, tampoco le había dado ningún motivo para que lo pensara.

En el camino de vuelta el ambiente había sido distendido y alegre.

Pero sí, esa sensación se podía presentar después.

Reconcomerlo a uno. Por esa parte, me daba mucha pena que se hubiese sentido mal.

—Pero Laurie sí se pasó de la raya.

—Solo estaba preocupada por ti. Y si hubiese dependido de ella, tú no te habrías enterado.

—Nada más decirlo, fui consciente de lo espinosas que eran mis palabras—.

Lo que quiero decir... a ver... —Balbuciendo, intenté salvar la situación—.

Por favor, no te enfades con ella. Acudió a mí en confianza y la he fastidiado.

—Bueno, pues quizá tendría que haber acudido primero a mí.

—Y eso hizo, pero siempre te subías por las paredes.

No me sentí bien utilizando las palabras de Laurie. Al mismo tiempo, me acometió la fuerte necesidad de protegerla.

—Ya te dije en su día que no tengo ningún interés en hablar de mi vida amorosa con mi hermana pequeña. Porque-no-es-asunto-suyo.

—Pero tú sí eres asunto de ella. Eres importante para Laurie, Vince. Solo te tiene a ti.

—Tú qué sabrás. ¿Cuánto hace que nos conoces? ¿Tres semanas? No sabes nada de nuestra vida. —Sus palabras fueron duras, ásperas. Y al parecer él también se dio cuenta. Exhaló un suspiro y, suavizando un poco el tono, añadió—: ¿Por qué no me preguntaste a mí qué había entre nosotros?

Antes de que pudiera contestar, percibí un ruido de fondo.

Era Laurie, que quería saber qué hacía Vince con su móvil.

Vince le soltó que hiciera el favor de no meterse donde no la llamaban.

Lo que contestó ella solo lo oí amortiguado.

Quizá Vince hubiera dejado el teléfono a un lado.

O Laurie se lo hubiese quitado y no supiera que yo estaba hablando con él.

Las voces de ambos fueron en aumento. Discutieron, se pelearon, gritaron.

Y yo acabé colgando y lanzando mi móvil a la cama.

«Mierda».