This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 30
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«Es como si no fuera importante». Lo último en lo que pensé antes de quedarme dormida.

Lo primero en lo que pensé al despertarme.

Solo que mis pensamientos tuvieron un final brusco cuando eché una ojeada al móvil y vi que ya eran las ocho.

«¡Mierda!». ¡¿Por qué no me había sonado el despertador?

! ¿Por qué no me había despertado Kay? Podía olvidarme de ir a correr por la playa, y como no metiera el turbo, también llegaría tarde al partido de entrenamiento que tenía que jugar contra Malia.

Me levanté de un salto, entré corriendo en el cuarto de baño, agradeciendo a mi yo del pasado que el día anterior me hubiese duchado, y me metí el cepillo de dientes en la boca.

Mientras me lo pasaba por la lengua, me miré en el espejo.

Parecía apurada pero espabilada. Fresca.

«Satisfecha», canturreó una voz en mi cabeza, que acto seguido se llenó de imágenes y recuerdos.

Vince y yo en el todoterreno, yo en su regazo, él entre mis piernas.

Me acaloré. Lo vi en el espejo y lo sentí.

Mierda. ¿Se me notaría todo el día lo que había pasado el anterior?

¿Volvería a ser capaz de mirar un jeep sin pensar en lo que habíamos hecho en el asiento trasero?

¿En lo que había hecho Vince? Con sus manos, su boca, su lengua.

Antes de que mis mejillas se pusieran del color del salmón crudo, escupí la pasta de dientes y me eché agua fría en la cara.

Poco después, cuando bajé corriendo con una falda de tenis azul marino y un top blanco y rosa, recordé por qué no me había despertado Kay: había ido a Honolulú a ver a su asesor fiscal.

Este también era el motivo de que yo hubiese quedado para jugar el partido de entrenamiento con Malia, que —miré de soslayo el reloj— llegaría a la escuela de tenis dentro de diez minutos como mucho.

Me bebí un vaso de agua de un trago, cogí un plátano y salí de casa.

En el cielo había unas cuantas nubes esponjosas que ocultaban de vez en cuando el sol mientras me dirigía hacia las pistas.

Aproveché el breve trayecto para comerme el plátano y leer los mensajes que tenía en el móvil.

Mi madre me había mandado selfis de mi padre y ella mientras hacían senderismo en las montañas.

Me invadió cierta melancolía al pensar que no nos veríamos hasta dentro de tres semanas.

En los últimos metros, leí por encima los demás mensajes que tenía.

Uno era de Milan, que me preguntaba por mis progresos; el otro, de Laurie.

Quería saber si hoy por la tarde tenía tiempo.

Exactamente la misma pregunta que me formulaba su hermano en el mensaje que me había enviado.

Todo un dilema. Laurie y yo no habíamos hecho nada desde nuestra tarde de cine, y había pasado más de una semana desde la última vez que nos habíamos visto.

No quería que sintiera que la estaba dejando de lado, pero también quería ver a Vince, no lo podía negar.

«Es como si no fuera importante». Seguía preguntándome qué había querido decir con eso.

En qué sentido lo había dicho, ¿en general o...

refiriéndose a nosotros? ¿La palabra no le parecía suficiente por lo común o solo en nuestro caso?

Al igual que anoche, la frase entrañaba todo un abanico de emociones: nerviosismo y alegría, desconcierto y...

preocupación. Por mucho que mi lado romántico quisiera derretirse, al sensato lo inquietaba en la misma medida que Vince pudiera sentir por mí algo que fuese más allá de la atracción física.

Porque era imposible. Daba igual que yo quisiera o no, sencillamente era imposible, porque yo no había venido aquí para quedarme.

—Tienes visita.

Durante un instante abrigué la absurda esperanza de que pudiera ser Vince, pero él jamás se habría presentado en casa de Kay sin avisar.

—Le dije a tu amiga que te podía esperar aquí.

«¿A mi amiga?». Seguí el dedo índice de Kay hasta la terraza, donde estaba Laurie, tecleando algo en su móvil.

—¿Has dejado entrar en tu casa a alguien apellidado Greenfield? —le tomé el pelo a Kay. Dejé en el suelo mi bolsa de tenis.

Ella puso los ojos en blanco solo medio en serio y troceó la fruta, que era de un amarillo anaranjado. Me quité las zapatillas y los calcetines y salí descalza.

—¡Hola! —saludé a Laurie.

Levantó la vista del teléfono y me sonrió. Con menos efusividad que de costumbre, me pareció.

—¿Cuánto hace que estás aquí?

—Cinco minutos, como mucho. —Me indicó con un gesto que no me preocupase—. Tu madrina me dijo que te podía esperar aquí.

—Claro. —Me senté a la mesa con ella—. ¿Te apetece beber algo?

—Gracias, ya me lo ha ofrecido tu madrina. Ha sido muy maja.

Laurie parecía sorprendida, y no pude evitar reírme.

—Para ser la bruja del vecindario, quieres decir, ¿no?

Esbozó una sonrisilla.

—Bueno, no estaba segura de que me fuera a abrir la puerta.

—No te pareces lo suficiente a tu hermano para que no te la abra.

De nuevo su sonrisa se me antojó más contenida de lo que estaba acostumbrada en ella. Echó una ojeada al sitio.

—La verdad es que es una casa preciosa.

—Sí, es un buen lugar para vivir —aseguré, y guiñé un ojo.

—Pero —sus ojos volvieron a mí— tus planes no han cambiado, ¿no?

—¿Mis planes?

—Bueno, irás al US Open, ¿no?

—Claro. —Fruncí el ceño—. ¿Por qué iba a cambiar eso?

Laurie vaciló.

—Es solo que... Vince y tú, vosotros... os lleváis muy bien.

—Pues... bueno... sí. Eso creo. —Las mejillas se me encendieron cuando me vinieron a la cabeza las imágenes del día anterior. Una imagen en particular. Su cabeza entre mis piernas. Su lengua en...

—Por mí no hay ningún problema —aclaró, y se apresuró a añadir—: Y tampoco es asunto mío. Pero —me miró fijamente— no le des falsas esperanzas, por favor.

Me sorprendió.

—¿Qué quieres decir con eso?

Se tomó unos segundos antes de contestar.

—Vince lo pasó mal hace un tiempo —se mordió el labio inferior, como si ya hubiese hablado demasiado—, está empezando de nuevo aquí. En O’ahu, el hostal. Hacía mucho que no era tan feliz.

Puse cara de sorpresa, porque no la seguía.

—Lo último que necesita es que alguien le rompa el corazón.

Me quedé helada.

—¿Que le rompa el corazón? Laurie, no... Entre nosotros no hay lo que piensas. —Arrugué la frente—. Alguna vez... nos hemos... enrollado. —«Es como si no fuera importante». Hice a un lado la voz de Vince—. Pero no hay nada más. —Me detuve—. O... ¿ha dicho Vince otra cosa?

—No ha dicho nada de nada —contestó, y exhaló un suspiro—. Porque se sube por las paredes en cuanto saco el tema. Hizo lo mismo cuando volvisteis de Kahuku.

—Bueno, puede que no le apetezca hablar de su vida amorosa con su hermana pequeña —aduje con cautela. ¿Acaso no había empleado él esas mismas palabras cuando le hablé en el camino de entrada de lo rara que se me hacía la situación con Laurie?

—Ni yo le pedí que hiciera nada semejante. Pero tengo la sensación de que le gustas. Mucho. Y esta vez no me quedaré de brazos cruzados viendo cómo... —No terminó la frase, apretó los labios—. No le hagas daño, ¿vale?

Asentí maquinalmente, porque seguía sin entender nada. Si Laurie me pedía que no le rompiera el corazón a su hermano, eso significaba... quería decir que ella creía... Y ¿podía ser verdad? «Es como si no fuera importante». Fruncí el ceño.

—Oye, también es posible que me equivoque y que él se tome esto igual que tú, que no lo vea como algo serio —admitió—. En ese caso todo será superfácil.

—Mmm —repuse con aire pensativo, porque no se me iba de la cabeza la voz de Vince: «Es como si no fuera importante».

—Pero si no es así...

—Ya, te entiendo.

Pareció aliviada.

—No se lo cuentes, ¿vale? Me refiero a que te haya hablado de esto. No sé cómo reaccionaría. —Su mirada expectante buscó la mía, e hice un gesto afirmativo y musité que estaba de acuerdo.

Me dedicó una sonrisa de agradecimiento y durante unos segundos nos quedamos absortas cada una en nuestros pensamientos. Después Laurie preguntó:

—Por cierto, ¿tú cómo estás? Pareces muy cansada.

—Creo que hoy me he excedido un poco —confesé—. Por culpa de la gastroenteritis he perdido mucho tiempo, y eso me somete a cierta presión. De la mala.

—¿Es que la hay buena?

Laurie lo dijo por decir, y pese a ello la pregunta resonó un momento en mi cabeza.

—¿Se te puede ver? ¿Mientras entrenas? O sea, ¿está permitido? —Al ver mi cara de sorpresa, añadió—: Es que me encantaría verte jugar.

—Claro, pásate cuando quieras.

Laurie señaló hacia dentro con un gesto vago.

—¿Crees que ella estará de acuerdo?

—¿Después de dejarte entrar en su casa y ofrecerte algo de beber?

Laurie se rio del tono de exagerado asombro que utilicé.

—No sé qué podría tener en contra de que lo hagas. Pero, si lo prefieres, se lo pregunto antes.

Una vez me quedé sola, volví a leer el mensaje que me había mandado Vince por la mañana:

Hey, ¿tienes planes para esta tarde? Todavía te debo una puesta de sol en la playa...

¿Y si Laurie tenía razón? ¿Y si yo de verdad le gustaba mucho a su hermano? ¿Y si esperaba que esto fuera algo más? Miré a lo lejos y recordé todas y cada una de las conversaciones que habíamos mantenido. Cada mirada, cada gesto, cada caricia. Después mis dedos se pusieron en movimiento.

Lo siento, pero hoy no puedo.