29
Tenía la piel tirante debido al sol y me notaba el pelo seco y áspero.
Se me había metido arena en las orejas y en la ropa se dibujaban cercos de sal.
Y, pese a todo, nunca me había sentido más deseable.
Tal vez fuera por las miradas disimuladas que no paraba de lanzarme Vince desde que nos habíamos puesto en marcha.
Por la expresión de su rostro, que me devolvía en el acto al asiento trasero del jeep.
Todavía lo sentía allí. Entre mis piernas.
Era como si estuviese oyendo los sonidos que profería cuando yo cerraba los ojos.
—¿Todo bien? —me preguntó, con una mano apoyada en el volante y una sonrisa indolente en los labios. Tenía el pelo revuelto, y debía de ser culpa mía.
—Muy bien. —Bajé la mirada, risueña, y a continuación percibí un movimiento con el rabillo del ojo: su mano, que buscó la mía por encima de la consola central.
Como si fuese lo más natural del mundo, entrelazó los dedos con los míos.
Permanecimos así hasta que entramos en el camino de acceso de su casa.
Hacía tiempo que ya no me extrañaba que no me dejase en la de Kay, y acepté sin rechistar su ofrecimiento de acompañarme.
Caminamos sumidos en un silencio agradable.
Nuestras manos se rozaban todo el rato, puede que por casualidad o puede que no.
Sin embargo, ese roce fugaz siempre bastaba para hacer que un cosquilleo me recorriese el cuerpo hasta la punta de los dedos de los pies.
Antes de que llegáramos al portón de Kay me detuve. No quería que se activara el sensor de movimiento. Todavía no.
—Gracias por acompañarme.
—Lo hago encantado siempre que quieras.
Había un doble sentido en sus palabras, pero quizá fueran imaginaciones mías. O quisiera oír eso.
—Que tengas dulces sueños —me susurró al oído, y esta vez, sin lugar a dudas, el doble sentido no era cosa mía.
Acaricié la idea de darle un beso de despedida, pero en el último instante decidí no hacerlo. Vince levantó la mano y echó a andar hacia la noche. De repente se detuvo y se dio la vuelta.
—Por cierto, ya sé lo que me molesta de la palabra.
—¿De qué palabra?
—«Enrollarse». —Se encogió de hombros—. Es como si no fuera importante.
Me quedé mirándolo con cara de sorpresa y el corazón desbocado.