28 #3
Su sugerencia hizo que me atravesara un escalofrío acompañado por las imágenes y las fantasías que acudieron de repente a mi cabeza.
Asentí sin pensarlo y, en un abrir y cerrar de ojos, ya habíamos cambiado de sitio.
La breve interrupción no afectó en modo alguno a nuestra fogosidad.
Igual que en la playa, me acomodé en su regazo con las rodillas a ambos lados de sus caderas, las manos en su pelo.
Que estuviésemos completamente vestidos no importó nada, al contrario, fue de lo más sexi que sus pulgares se deslizaran en los bolsillos traseros de mi pantalón corto mientras nos besábamos como si no hubiera un mañana.
—Explícame otra vez por qué dejamos de hacer esto —dije entre beso y beso, y proferí un suspiro.
—Porque nos habríamos metido en un lío si alguien nos hubiera sorprendido. Y porque seguro que no son esos los titulares que quieres.
Me quedé quieta. Constaté, asustada, que no había pensado ni una sola vez en eso.
—No te preocupes, por aquí nunca pasa nadie. Y aunque pase —me guiñó un ojo—, los cristales son tintados.
Esbocé una sonrisilla, pero por dentro seguí dándole vueltas a lo descuidada que había sido.
—Oye —musitó, y me levantó un poco la barbilla para poder mirarme a los ojos—. ¿Estás bien?
—Sí —respondí en voz queda.
—Podemos parar si...
Lo hice callar con un beso.
—No quiero parar —musité contra sus labios—. Quiero que me enseñes cómo habría continuado mi sueño.
Vi el efecto que causaban en él mis palabras.
Que tragaba saliva a duras penas, que respiraba entrecortadamente en el silencio que se hizo, que sus pupilas se agrandaban y se oscurecían.
Y, a continuación, me cogió sin contemplaciones por las caderas y me levantó como si fuese ligera como una pluma.
Antes de que supiese lo que estaba pasando, me vi tendida boca arriba en el asiento trasero.
Había algo intimidatorio y al mismo tiempo excitante en el hecho de verlo encima de mí, mirándome.
Situándose entre mis piernas y colocándose sobre mí.
Cada una de las células de mi cuerpo reaccionó a él, a su peso, a su olor, a su forma de asumir el control y de introducir su lengua en mi boca y chuparme el labio, a su erección, que noté contra mi vientre.
Mi respiración era irregular, el corazón me iba a mil.
Vince dejó un rastro de besos por mi garganta, me mordisqueó la piel.
Me arqueé, me pegué a él, pero una mano abierta me obligó a tenderme; suavemente, pero con firmeza.
Exhalé un suspiro y me dejé hacer, disfrutando de la sensación que me producían sus dedos en mis pechos.
Deseé que bajaran más, pero Vince se tomó su tiempo.
Prefirió besarme la clavícula. Yo enterré la nariz en su pelo, olí el mar, el sol y el viento en él.
Cuando su pelvis se separó de la mía y su boca descendió por mi torso, intuí lo que pretendía y me arrolló una mezcla de nerviosismo, alegría anticipada y deseo.
Se detuvo y me miró con unos ojos oscuros que parecían asegurarse de que de verdad yo quería esto.
Sin apartar la vista de mí, buscó a tientas el botón de mis vaqueros.
Al hacerlo, me rozó la piel desnuda de la cintura y me estremecí, y las comisuras de su boca se elevaron.
Me bajó despacio la cremallera hasta que apareció la tela amarilla.
Levanté de buena gana la pelvis, le indiqué que ambas prendas me parecían innecesarias, pero él me quitó solo el pantalón, también con parsimonia.
Durante unos segundos insoportables se quedó mirando el triángulo amarillo que yo tenía entre las piernas, y me habría gustado saber en qué estaría pensando.
Cuando bajó la cabeza, mi respiración se descontroló.
El pulso se me aceleró cuando me besó la cara interna de los muslos y me invadió un deseo apremiante.
Vince se acercó a mi centro, pegó los labios a la fina tela y me echó el aliento.
Se me escapó un gemido gutural y él me miró y sonrió.
Después apartó la tela y su boca descansó en mis palpitantes nervios.
Se me contrajo la pelvis y, como por acto reflejo, enterré las manos en su pelo.
Mientras deslizaba la lengua por mis puntos más sensibles, tuve la sensación de que los ojos me hacían chiribitas, tal era el deseo de mi cuerpo.
Tal era el deseo de sentirlo todavía más.
Su lengua entró cada vez más en mí y yo cada vez le tiraba con más fuerza del pelo, pero no pareció molestarle lo más mínimo; al contrario, era como si eso lo excitase.
Cuando de repente su pulgar me estimuló el punto más sensible, la tensión hizo que sintiera los músculos a punto de estallar.
Y, acto seguido, hice eso mismo: estallar.
El grito que proferí se me quedó en la garganta cuando mi bajo vientre empezó a contraerse de la manera más deliciosa.
Temblaba, palpitaba, vibraba. Lo que había ido in crescendo tan lentamente me embistió con toda su fuerza.
Me privó de cualquier pensamiento lúcido.
Cuando abrí los ojos —solo entonces fui consciente de que los había cerrado—, su rostro estaba justo encima del mío. Vince sonrió y me dijo al oído:
—¿Qué? ¿Te ha gustado el sueño?