This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 28 #2
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Bajó la vista a su bañador un tanto angustiado.

—Creo que necesito quitarme el calentón.

Para alivio mío, cuando salimos del agua no estuvimos raros o tensos.

También esa segunda vez vimos un montón de tortugas, incluso una mantarraya con una envergadura de más de dos metros.

Fue alucinante y aterrador a la vez verla tan cerca, aunque Vince me explicase que las mantarrayas no tenían aguijón venenoso.

El sol ya se estaba poniendo mientras nos secábamos.

—Será mejor que nos demos prisa si queremos llegar al coche antes de que haya oscurecido.

Hice un gesto afirmativo, aunque durante una décima de segundo me dio pena no ver la puesta de sol desde la playa.

Con el rabillo del ojo vi que Vince se ponía la toalla a la cintura y se quitaba el bañador, que cayó a la arena mojado y pesado.

A mí no se me ocurrió nada mejor que hacer que imaginar qué habría debajo de esta toalla.

«Adiós a lo de quitarme el calentón», pensé mientras suspiraba para mis adentros y sacaba de la bolsa el biquini que había traído para cambiarme.

Dándole la espalda, me quité la parte de arriba y me puse rápidamente la seca.

Con la braguita hice igual que Vince, me la quité con ayuda de la toalla, y me puse el pantalón corto y la camiseta.

Cuando terminé, vi que él me miraba y me pregunté si habría estado mirando mientras me cambiaba, y por qué me gustaba tanto la idea.

Dio un paso hacia mí, se quedó lo bastante cerca para que le viese las gotas de agua en las pestañas.

La menguante luz del sol que se refractaba en ellas.

—Te lo lavo yo, ¿vale? —se ofreció al tiempo que se agachaba y cogía mi biquini, que estaba tan rebozado de arena como el bañador que sostenía en la mano.

Solo fui capaz de asentir. Cogí nuestras cosas y me calcé las zapatillas.

Después echamos a andar hacia el coche. No hablamos mucho mientras íbamos por las rocas, ya que estábamos concentrados en no resbalar o hacernos alguna raspadura.

Cuando llegamos al sendero, me detuve para contemplar el sol, que se hundía en el mar.

—Nunca entenderé por qué no chisporrotea cuando hace eso —observó Vince a mi lado.

Sonreí.

—A lo mejor es que tú no lo oyes.

Mientras el cielo se volvía de un violeta oscuro continuamos andando para salvar el último tramo hasta el jeep.

Abrimos todas las puertas para ventilarlo bien y que se fuese el calor acumulado.

La temperatura seguía siendo insoportable cuando nos abrochamos el cinturón.

Vince puso el aire acondicionado y enlazó el móvil con el sistema de sonido.

—Si quieres, también podemos oír tu música.

—¿Mi música?

—Ese grupo alemán que tanto te gusta. Anna... Mary... no sé qué.

No tardé en caer.

—¿AnnenMayKantereit?

—Lo que yo he dicho.

Me reí, pero admití:

—Es bastante impronunciable. —Fruncí el entrecejo, alucinada—. Soñé con esto.

—¿Con... Anniemaycantarais?

Me reí de nuevo, no lo pude evitar.

—En mi sueño me contabas que me habías gugleado y habías averiguado que me gustaba este grupo.

Sonrió.

—Eso no fue un sueño.

—Créeme si te digo que lo fue —contesté con un tonillo significativo.

Él entornó los ojos y acto seguido al parecer lo entendió.

—Oh. Ese sueño. Todavía no me has contado lo que hicimos en él —dijo con voz risueña.

—Ni te lo pienso contar.

—¿Por qué no?

—Porque me da vergüenza.

—Me parece un poco injusto.

—¿Por qué injusto?

El asiento crujió cuando se volvió hacia mí.

—Porque tú ya conoces la sensación.

Tragué saliva a duras penas.

—A eso todavía no hemos llegado.

El «Mmm» que soltó resonó en mi pecho.

—Y dime, ¿hasta dónde llegamos? —Me regaló una sonrisa que hizo que el pulso se me disparara.

—Ya te he dicho que no te lo voy a contar.

—¿Más lejos que hoy?

La mano me temblaba cuando hice como si me cerrase la boca con una cremallera.

—¿Estábamos desnudos?

Negué con la cabeza, pegué la espalda al asiento y confié en que lo dejara estar, pero no lo hizo: siguió insistiendo durante todo el camino de vuelta.

—¿Qué llevábamos puesto? —quiso saber cuando nos detuvimos ante un semáforo.

En lugar de contestar, puse los ojos en blanco.

—¿El bañador?

Me miró fijamente y no conseguí mostrarme impasible.

—¡Ajá! ¡Conque íbamos en bañador! —exclamó con una sonrisa triunfal, y aceleró de nuevo—. ¿Llevabas el biquini de hoy? ¿El de color turquesa?

Me notaba las mejillas cada vez más acaloradas.

—Así que estábamos en la playa —dedujo—. ¿En el agua?

—¡Ya basta! —solté con una voz demasiado aguda.

—Apuesto a que en tu sueño no me decías eso.

—No, en él quería que siguieras. —Me mordí el labio—. Mierda.

Con cierto retraso me di cuenta de que él había pronunciado esa misma palabra. Después todo fue muy deprisa. Puso el intermitente y torció a la derecha para enfilar una especie de camino de tierra o un desvío. Estaba demasiado oscuro para distinguirlo.

—Pero ¿qué...? —grazné agobiada cuando el coche se detuvo bruscamente.

Durante uno o dos segundos el silencio fue tal que solo oía nuestra respiración.

Acto seguido, Vince se inclinó sobre mí y me besó.

Apasionada, descontrolada, posesivamente.

Mi cuerpo reaccionó en el acto a ese beso.

Me recorrió una atroz descarga de calor que fue directa a mi bajo vientre.

Me desabroché deprisa el cinturón de seguridad y fui a su encuentro; al hacerlo, me golpeé la rodilla contra el salpicadero e hice una mueca, pero el dolor quedó olvidado en cuanto noté sus labios en mi cuello.

Su aliento cálido. Se me erizó la piel cuando me besó el cuello centímetro a centímetro.

—Quiero... —gimió—, tengo que..., eh... ¿puedo?

Asentí con vehemencia, aunque no sabía para qué acababa de darle permiso.

Y me era indiferente, porque quería más.

Más de él. De todo. Su mano se deslizó por debajo de mi camiseta y buscó mi pecho.

Subió el triángulo del biquini y me acarició con el pulgar el sensible pezón, que se contrajo con sus caricias.

Todo en mí se contrajo. Eché la cabeza hacia atrás y dejé escapar un sonido que podría haberme parecido embarazoso, pero que a él lo animó a cogerme por las caderas y sentarme en su regazo.

Me di con la espalda contra el volante y a él se le enganchó la mano en la palanca de cambio y soltó un taco.

—Ahora recuerdo por qué no he vuelto a hacer esto desde que estaba en el instituto.

—Y yo por qué no lo he hecho nunca —gemí, y busqué una postura que no me dejara moratones.

—Aun a riesgo de volver a parecer un capullo salido, ¿qué te parece si pasamos al asiento de atrás?