This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 28
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—¿Tenemos que meternos muy adentro para verlas? —pregunté mientras, con el agua a la altura de las caderas, estábamos frotando con un poco de saliva el interior de las gafas y aclarándolas con agua.

Una sonrisa indescifrable se extendió en su rostro.

—¿Qué?

—Bueno, bastaría con que miraras un momento a tu lado.

Volví la cabeza automáticamente hacia la derecha.

—Hacia el otro lado.

Supe a qué se debía la sonrisa cuando, al mirar hacia la izquierda, vi unos ojos almendrados, oscuros. No había palabras que pudieran describir lo que sentí en ese instante. Lo atónita, abrumada, asustada y alucinada que me quedé.

—Ahí... ahí... —balbucí mientras señalaba el punto del mar en el que hasta hacía nada asomaba la cabeza de una tortuga. Ya se había sumergido de nuevo y avanzaba hacia Vince bajo la superficie—. ¡Viene hacia ti, viene hacia ti! —chillé, y sentí que la adrenalina me corría por las venas.

Aunque mi dedo índice apuntaba a la tortuga, Vince me miraba a mí. Y me dedicaba una sonrisa tan irresistible que incluso me olvidé durante un segundo de lo que estaba pasando aquí: que por primera vez en mi vida veía una tortuga en libertad.

—Ahí hay otra —anunció, y me pregunté cómo era posible que me sonriese y al mismo tiempo viera el caparazón que sobresalía en el agua detrás de mí—. Las honus pueden medir casi un metro y medio.

Abrí los ojos como platos, estupefacta. El ejemplar que acababa de pasar a mi lado mediría, a lo sumo, medio metro y ya intimidaba bastante.

—¿Tengo que... o sea, hay algo que deba hacer? —pregunté mientras nos poníamos las gafas para nadar tras ellas.

—Mantener la distancia. Son animales tranquilos, pero deberíamos tratarlos con respeto.

—Claro.

Nos miramos una última vez antes de sumergirnos.

Vince movió la cabeza para indicarme hacia dónde iríamos y yo asentí y lo seguí.

Aunque nadábamos muy pegados a la superficie, reinaba una calma absoluta.

Sosiego. Como si el tiempo se detuviera.

Miraba alucinada todo lo que sucedía a mi alrededor: los peces de colores que pasaban por delante de mis ojos, algas y plantas acuáticas que se mecían rítmicamente a un lado y a otro, la arena que levantaba con mis movimientos.

Y a Vince, que daba brazadas largas y vigorosas a mi lado y no paraba de señalarme cosas.

Sus ojos eran más avezados que los míos, lo captaban todo más deprisa.

También me señaló la tortuga que nadaba unos metros por debajo de mí.

Primero me asustó la sombra, a continuación se impusieron la curiosidad y la fascinación.

Manteniendo una distancia prudencial, nadé a su lado, observé su caparazón y esas patas que parecían aletas.

Su cabeza, que irradiaba algo ancestral y sabio.

Durante un instante quise retener y conservar la sensación de dicha que amenazaba con hacer estallar mi pecho.

Con una sonrisa de felicidad, dejé que el animal se alejase y subí a la superficie. Vince me siguió.

—¿Estás bien? —se interesó.

Debido a las gafas, su voz me llegó algo distorsionada. Para no sonar igual, me quité las mías.

—Mejor, imposible —contesté, un tanto sin aliento—. Esto es impresionante.

—Sí que lo es. —Apuntó hacia la playa—. ¿Descansamos un poco?

Asentí y volvimos a la orilla. Al salir del agua constaté que habíamos estado haciendo esnórquel casi tres cuartos de hora. Mojada y exhausta, me senté en la toalla y vi que Vince abría la nevera.

—¿Tienes hambre? —me preguntó.

—Sí —respondí sin vacilar.

Desde la comida ligera que había hecho al acabar el entrenamiento no había comido nada más, y en el agua el estómago me había rugido de tal modo que no me habría extrañado que las tortugas hubieran huido.

—Tengo wraps y también galletas saladas y queso fresco. Y —oí un leve crujido— dados de queso. ¿Qué quieres?

—¿Todo?

Él se echó a reír.

—Los deportes acuáticos dan hambre, ya me di cuenta con el surf.

Apenas terminé de pronunciar la frase, mi cabeza se llenó de imágenes y recuerdos.

Besos, caricias, suspiros, piel mojada, piel desnuda.

A Vince debió de pasarle lo mismo. Al menos a sus ojos afloró una expresión muy concreta, antes de que carraspease y me preguntara si quería agua.

Asentí y cogí la botella que me pasó. Él sacó otra lata de cola, que chisporroteó al abrirla, y se sentó a mi lado en la toalla.

Aunque nuestros muslos no se tocaban, estaban lo bastante cerca como para que me llegase el olor de la crema solar que le quedaba en la piel.

—¿Los has hecho tú? —quise saber mientras desenvolvía del papel de estraza uno de los wraps .

—Pues... no. —Esbozó una sonrisa pícara—. Pero los daditos de queso los hice yo, por si eso me da puntos positivos.

Arqueé una ceja.

—¿Es que los necesitas?

—Bueno, con lo accidentado que ha sido el comienzo, es posible que no estén de más. —Mientras hablaba abrió el paquete de galletas saladas y se metió una en la boca. Comimos en un silencio cómodo—. En cualquier caso, me alegro de que te hayas quedado —afirmó, y me miró a los ojos.

—Y yo me alegro de que tú te hayas quedado —repuse con guasa, y después le di un mordisco a mi wrap .

Él bajó la mirada, contento.

—Pero, ya que estamos, ¿qué tiene este de distinto? —le pregunté, e introduje el dedo índice por debajo del tirante del biquini y lo hice chascar—. Ya me has visto muchas veces en biquini.

La nuez le subió y le bajó, y su voz casi era bronca cuando dijo:

—Este es... más pequeño.

Fui a objetar, pero tuve que reconocer que era así. En comparación con los otros dos que tenía, el de color turquesa era el más sexi, cierto. Sobre todo porque la braguita era de atar a los lados y me quedaba más baja. Pero ese no era el motivo por el que lo había elegido.

—Es del mismo color que las paredes del Ohana, por eso me lo he puesto.

Mis palabras quedaron suspendidas en el aire de un modo significativo.

Las había elegido a propósito. Mientras lo miraba a propósito.

Y tampoco fue ninguna casualidad que mi rodilla se ladease y rozara la suya.

Permanecimos así durante unos segundos angustiosos.

Allí no había nada salvo el murmullo de las olas, sus ojos azules y el calor que se extendió entre nosotros.

No supe decir con exactitud cuál de los dos dio el primer paso, quién se movió hacia quién.

Solo que de pronto nuestros labios se unieron y que la sensación fue perfecta.

Mi boca en la suya. Su lengua deslizándose por mis labios, introduciéndose entre mis dientes con suavidad, pero con decisión.

Sabía a galletas saladas y cola, a mar y sol.

Divino. Se me escapó un suspiro cuando su mano me acarició la barbilla, subió hasta mi oreja y acercó más mi rostro al suyo.

Ladeé la cabeza para invitarlo a besarme con más intensidad, a que tomara más de mí, y él reaccionó de inmediato.

Su mano se hundió en mi pelo mojado mientras nuestras lenguas se enredaban con desenfreno.

Era un beso más impaciente que el último.

Yo era más impaciente. Un suspiro grave escapó de su garganta cuando me subí a horcajadas sobre él, le eché los brazos al cuello y seguí besándolo.

Sus manos bajaron por mi espalda y me acariciaron la piel, ásperas y arenosas.

De pronto, estaban en mi culo. Noté que la braguita del biquini se me movía cuando me estrechó más contra él.

Su erección me presionó el vientre y empecé a frotarme contra él.

Vince dijo entre jadeos algo que pareció mi nombre y que me estimuló.

Durante un instante, me asaltó la inoportuna idea de que no deberíamos hacer lo que estábamos haciendo en público, pero no fui capaz de escucharla.

Lo que hice fue cerrar los ojos y dejar que mi cuerpo tomara el control.

Nuestros labios temblaban de excitación mientras yo movía las caderas adelante y atrás.

Sus dedos se introdujeron por ambos lados bajo la mojada tela del biquini, se clavaron en mis nalgas y apretaron justo lo que necesitaba en ese momento, con firmeza, sin ser brusco.

Continuamos besándonos, cada vez con más desinhibición.

Más lengua, más dientes. Había rebasado el límite en el que mi cabeza aún tenía algo que decir.

Solo así podía explicarme que mi mano bajase hasta la cintura de su bañador.

—¡Espera! —pidió Vince entre jadeos, y me agarró la muñeca.

Me quedé quieta.

—No podemos hacer esto. No aquí.

Asentí de mala gana.

—Porque podría venir alguien.

—Exacto.

Su pecho seguía subiendo y bajando, y al ver su piel morena, la ligera película de sudor que la recubría, me costó no convencerlo de que corriésemos el riesgo.

—Como sigas mirándome así, me correré en el bañador como un adolescente —gruñó, y su rostro reflejó una mezcla de deseo y frustración.

Me reí, y aunque era exactamente lo contrario de lo que quería hacer, me separé de él y me bajé de su regazo.

Eché de menos en el acto el calor que desprendía su cuerpo.

Yo aún temblaba, porque me habían prometido algo que no me habían dado.

Por lo menos no ahora. No hoy. O... ¿quizá sí?

¿Nos iríamos de ese sitio para continuar en otra parte?

¿Nos quedaríamos y lo dejaríamos para otro momento?

¿No continuaríamos nunca? Todo en mí se opuso a esa idea; había sido demasiado bueno para no retomarlo, ¿no?

Miré de reojo a Vince, que había echado la cabeza hacia atrás y exhalaba ruidosamente.

No pude evitar que mis ojos se desviasen hasta su bañador.

El bulto todavía estaba ahí. Normal. No había pasado ni un minuto desde que me había subido encima de él, y como siguiera pensando en lo estupendo que había sido, tampoco desaparecería la humedad que sentía entre las piernas.

—Vale... —empezó a decir, titubeando, y buscó mis ojos—. ¿Por qué no...?

«¿Nos vamos? ¡Ahora mismo!».

—¿Hacemos un poco más de esnórquel? —terminó la frase.

—¿Esnórquel? —repetí con voz rasposa.