27 #2
Veía lo cristalina que era incluso a lo lejos.
Cuando me volví hacia Vince, se estaba quitando la camiseta.
La garganta se me secó de golpe. Y eso que en realidad ya le había visto el torso a menudo.
El vientre plano, la definida V, la fina línea de vello que desaparecía en el bañador.
Desbordada, agarré la camiseta por el borde inferior y me la quité a mi vez.
Cuando me abría el botón de los shorts vaqueros, me di cuenta de que Vince me miraba.
No fijamente, pero estaba claro que me miraba.
Un escalofrío me recorrió la espalda cuando nuestras miradas se cruzaron.
Durante un segundo, como máximo. Después Vince pestañeó y miró hacia otro lado.
—¿Me pasas la crema? —le pedí al ver que revolvía en la bolsa, durante lo que me pareció un buen rato.
—Voy. —Dio la impresión de que lo decía con voz ahogada, pero quizá fueran imaginaciones mías. Sin girarse, me dio el tubo alargando el brazo por encima del hombro. Al cogerlo, nuestros dedos se tocaron, y sentí uno más de esos escalofríos a los que por lo visto me había abonado hoy.
—Gracias —dije con un hilo de voz.
Vince siguió hurgando en la bolsa mientras yo me daba una buena cantidad de crema.
—¿Estás buscando algo?
—No tardo nada —musitó.
—¿Me das crema en la espalda cuando termines?
Vi que se quedaba parado.
—Claro —afirmó tras un breve titubeo—. Pero primero tengo que...
El resto fue un murmullo ininteligible. Cuando se dio la vuelta, parecía tenso.
—¿Pasa algo? —pregunté, confusa.
—Mmm.
Me quitó tan deprisa el tubo de la mano que solo pude poner cara de perplejidad. ¿Qué mosca le había picado? Hasta hacía unos minutos entre nosotros todo era de lo más relajado. Vale, nos habíamos mirado, pero ese no era ningún motivo... Pegué un respingo al sentir la fría crema en la piel.
—Perdona —masculló.
Después sus manos descansaron en mis escápulas.
Intenté no proferir un sonido ahogado cuando se pusieron en movimiento, acariciando mi piel y extendiendo el protector.
Aunque sus manos eran ásperas, me tocaba con gran delicadeza.
Cuando me levantó ligeramente el cierre del biquini para poder darme crema por debajo, contuve el aliento mientras rezaba para que no se me erizara la piel.
Sus manos pasaron del centro de mi espalda a los dos lados, me bajaron por los flancos y se deslizaron hasta la zona lumbar.
Al tocar más bien por casualidad el borde de la braguita del biquini, perdí de una vez por todas mi batalla contra los escalofríos.
El vello de los brazos se me erizó y noté que los pezones se me endurecían.
Por lo menos Vince, al estar detrás de mí, no vio nada.
—¿Está bien así? —me preguntó cuando terminó.
Como las palabras se me habían quedado atascadas en la garganta, me limité a asentir y, por si acaso, crucé los brazos sobre el pecho.
—¿Quieres que te dé yo crema en la espalda?
—No —contestó a la velocidad del rayo. Luego carraspeó y musitó—: Ya me la he dado.
Le dirigí una mirada inquisitiva.
—¿De verdad que no pasa nada?
—Claro que no. ¿Qué iba a pasar?
—Estás muy raro.
—Yo no...
—Sí —aseguré mientras lo escudriñaba—. ¿Tiene algo que ver —vacilé— con tu padre?
—¡¿Qué?! —Abrió mucho los ojos, sin dar crédito.
—¿Porque relacionas este sitio con él? —aduje con timidez.
Vince respiró hondo y se rio cuando exhaló.
—No tiene nada que ver con mi padre, créeme.
Ahora sí que estaba desconcertada.
—Entonces es que tiene que ver conmigo —deduje—. ¿He hecho algo mal...?
—No —negó con determinación, pero también en tono de disculpa—. No tiene nada que ver contigo. Al menos no tienes la culpa..., no directamente —suspiró y se frotó el puente de la nariz—. Vaya, esto sí que es hacer una montaña de un grano de arena.
En el último momento decidí no bromear haciendo un juego de palabras.
—¿De qué no tengo la culpa directamente? —Busqué su mirada.
—De... —Levantó las manos para hacer un gesto, pero las bajó de nuevo—. De que seas tú.
No contaba con que fuese a contestar eso. Y tampoco lo entendí.
—De que estés así. Con... ese biquini. —Lo dijo atormentado, un tanto cohibido—. Y de que a mi puñetero cuerpo no se le ocurra nada mejor que animarse en cuanto te veo.
—Animarse —repetí tontamente antes de caer—. Oh.
Sin querer, mis ojos salieron disparados hacia su bañador, lo que no hizo sino triplicar lo embarazoso de la situación. Y es que con lo que sabía ahora, distinguí sin lugar a dudas un ligero... bulto. Desvié la mirada deprisa, sentí que las mejillas empezaban a arderme.
—Mierda, qué vergüenza —se lamentó, y echó la cabeza hacia atrás.
—¡No! —me apresuré a exclamar. Aunque estaba abrumada, Vince me daba pena.
—Me siento como un capullo salido.
—¡Que no!
—De verdad que este no era el motivo por el que quería traerte a este sitio. O sea, quería que vieras tortugas, no... —Dejó la frase a medias y negó con la cabeza—. Si ahora te sientes incómoda, podemos...
—Mi cuerpo también ha reaccionado al verte —solté.
Se sorprendió. Parpadeó.
—Ahora mismo, cuando me dabas la crema. —Respiré hondo, bajé los brazos y dirigí la mirada a la parte de arriba de mi biquini. A mis pezones, que se marcaban con claridad en la fina tela—. Gabe no es el único que tiene manos mágicas, por lo visto.
La nuez le subió y le bajó cuando tragó saliva.
—De verdad que este no era el motivo por el que he venido aquí contigo —empecé, con aire travieso—. Quería ver tortugas. Así que, si ahora te sientes incómodo, podemos...
Sonrió también, y en cuestión de segundos sus rasgos se relajaron.
—Bueno... y ahora que se ha acabado la parte embarazosa, podríamos ir a hacer esnórquel, ¿no? —propuse.