This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 27
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Con el pelo mojado y la bolsa de tenis al hombro, el sábado después de comer salí de la escuela y fui al aparcamiento.

Vince me había mandado un mensaje para decirme que me iría a buscar allí.

Durante el entrenamiento había conseguido no pensar en nuestra cita, pero cuando estaba tendida en la camilla de Gabe mis pensamientos se habían calmado...

para después volver a girar en torno a Vince durante media hora entera.

A la pregunta de qué pasaría hoy. Si nos volveríamos a besar y, de hacerlo, si sentiría lo mismo que las dos primeras veces.

Al ver el jeep blanco, el corazón me dio un vuelco.

De alegría anticipada, pero también de nervios.

De mi última cita hacía ya algún tiempo.

Y, para colmo, había sido un chasco. Alex y yo nos conocimos en el centro de rehabilitación de Bad Wiessee.

Lo acababan de operar de la rodilla y estaba trabajando duro para poder volver a participar en el relevo alemán de biatlón.

Eso no fue lo único que hizo que tuviésemos algo en común de inmediato.

La suya también era una familia de deportistas, y él conocía la presión y las expectativas que eso lleva aparejado.

Su padre había sido un biatleta de éxito y su madre había ganado una medalla de plata olímpica en bobsleigh a dos.

Cuando terminamos la rehabilitación seguimos en contacto y quedamos en Múnich para ir a comer.

Sin embargo, no tardamos en constatar que era distinto estar frente a frente en la máquina de remo a hacerlo en un restaurante italiano de lujo.

Aparte de nuestros progresos con la rehabilitación, no teníamos ningún tema de conversación y enseguida caímos en una cháchara insustancial.

Al cabo de menos de una hora puse como pretexto que me dolía la cabeza y me despedí.

Desde entonces no había vuelto a saber nada de él.

Hoy era evidente que no me podría escabullir con la misma facilidad, pensé cuando Vince se bajó del todoterreno.

Aunque no sabía exactamente adónde íbamos, supuse que una estación de cercanías no habría.

Vince dio unos pasos hacia mí, y me percaté de que miraba a derecha e izquierda.

Como si se sintiera observado. Como si contara con que Kay fuese a doblar la esquina con una escopeta de perdigones.

La imagen era tan absurda que no pude evitar sonreír.

Quizá más tarde le contase la conversación que habíamos mantenido.

O por lo menos la parte en la que Kay había admitido que tendría que empezar a aceptar la existencia del Ohana.

En cuanto al resto de la charla, primero debía rumiar yo unas cuantas cosas.

—Para haber estado entrenando todo el día pareces bastante relajada —fue su desenfadado saludo, y metió las manos en los bolsillos del bañador. Era de color caqui, y todavía no se lo había visto, a diferencia de las zapatillas Reebok, que eran las que había llevado a la fiesta de Chip.

—Las manos de Gabe son mágicas. Media hora en su camilla y te quedas como nuevo.

Me cogió la bolsa de tenis y a todas luces le sorprendió lo que pesaba.

—¿Cuántas raquetas llevas aquí dentro?

—Ocho.

Pensó que era una broma, pero le di a entender con una mirada que lo decía completamente en serio.

—Los cordajes son distintos. Dependiendo de la superficie de la pista y del tiempo que haga se requiere una tensión u otra.

—Mmm —contestó, y asintió.

Abrió el maletero del jeep y metió en él mi bolsa. Vi una caja con lo necesario para hacer esnórquel y una nevera portátil.

—¿Quieres beber algo? He cogido agua, cola y té helado.

—Agua, por favor.

Sacó una botella de agua mediana para mí y una lata de cola para él de la nevera. Le di las gracias y la abrí mientras me dirigía al asiento del acompañante.

—¿A qué clase de playa vamos?

—No te lo puedo decir.

Fruncí el ceño y subí al coche.

—No aparece en ninguna guía de viaje y queremos que siga siendo así.

—No se lo diré a nadie.

Vince arrancó el coche y dio marcha atrás.

—Eso es lo que dices ahora, pero dentro de unos años darás una entrevista y te acordarás del chico de Hawái con el que te enrollaste y fuiste a esa playa...

Le di un cachete en el brazo y se rio.

—¿Qué es lo que tanto te fastidia de esa palabra?

Me miró.

—¿De qué palabra?

—«Enrollarse». Siempre la dices con retintín.

—¿Sí? —Se encogió de hombros, pero no añadió nada. Puso el intermitente y se incorporó a la carretera de la costa, en dirección a Hale’iwa.

—¿Sueles ir a esa playa?

Negó con la cabeza.

—No es buena para hacer surf. —Sin apartar la vista de la carretera, alargó la mano y cogió la lata de la consola central. Se la llevó a los labios y bebió un trago, y no fui consciente de que le estaba mirando la boca hasta que continuó—: Mi padre nos llevaba a menudo.

La mención de su padre —su difunto padre— fue como un jarro de agua fría para mis pensamientos.

—Era visitador en una gran empresa farmacéutica y casi nunca estaba en casa, pero cuando veníamos aquí de vacaciones, todos los días hacía algo con Laurie y conmigo.

Salíamos a navegar, dábamos paseos en barca, hacíamos esnórquel, senderismo.

—Su voz se había teñido de un dejo de nostalgia—.

Fue Jim quien nos habló de esta playa. Laurie y yo no parábamos de darle la brasa a mi padre con que queríamos ver tortugas.

Por desgracia, a Jim se le olvidó mencionar que hay que caminar por rocas para llegar hasta allí, y no te imaginas las pestes que echó mi padre.

—El recuerdo lo hizo sonreír—. Es como si lo estuviera viendo, subiendo por las rocas en chanclas y cargado con la bolsa de la playa, la sombrilla y la nevera.

Sonreí.

—Pero por lo visto valió la pena, si después os llevaba allí a menudo.

—Ah, sí. La playa es muy pequeña y solo la conoce la gente de aquí. Casi siempre está uno solo.

«Solo», resonó en mi cabeza, y lo que llevaba implícito se encargó de que las mejillas se me acaloraran.

Miré deprisa por la ventanilla con la esperanza de que Vince no viese hasta qué punto me agitaba ese dato.

Junto a la carretera, una señal indicaba la playa de Laniakea.

Había un montón de coches aparcados por todas partes.

Justo detrás el Pacífico lamía la playa de arena blanca.

Vince levantó el pie del acelerador y dejó cruzar la carretera a una familia que iba con bolsas de playa.

Me pregunté si le dolería ver esa estampa.

Si alguna vez dejaría de dolerle. Durante un instante eché mucho de menos a mis padres.

Me saqué el móvil del bolsillo del pantalón y escribí un mensaje a nuestro chat.

Posiblemente les extrañara ver dentro de unas horas, cuando se despertasen, mi inconexo «Os quiero», pero en ese momento quería que lo supieran.

Seguimos unos minutos más por la carretera de la costa, hasta que poco antes de llegar a Hale’iwa Vince puso el intermitente y torció a la derecha.

Después de cruzar muy despacio durante un rato una zona residencial, aparcó al final de un callejón sin salida.

Miré desconcertada por el parabrisas: allí nada daba la menor pista de que hubiese ni una playa ni tortugas.

Más bien parecía un buen lugar para enterrar cadáveres.

Iba a bromear al respecto cuando distinguí el estrecho sendero que atravesaba unas matas.

—Tenemos que andar un poco —dijo Vince cuando nuestras miradas coincidieron.

—Creía que íbamos a ir por rocas.

—Eso es después. —Sacó la llave—. Vale la pena, créeme.

Al bajarme del coche, ya no dudé ni un segundo que estábamos junto al mar.

El aire era húmedo y olía a sal, y se oía el murmullo de las olas.

Vince dio la vuelta al coche y abrió el maletero.

Mientras sacaba las cosas, yo abrí mi bolsa y cogí mis cosas de playa, que básicamente eran una toalla de microfibra, protector solar y un biquini para cambiarme.

—La crema la puedes dejar en el coche, yo también llevo. —Señaló la abultada bolsa de deporte Nike que tenía al lado, en el suelo—. Puedes meter tus cosas dentro, hay sitio de sobra.

Acepté su ofrecimiento y abrí la cremallera.

—Eh... lo que quizá debiera haber mencionado —empezó con cierta turbación, y levanté la vista y me preparé para lo peor—. No hay ningún sitio para cambiarse. Te lo digo por si prefieres ponértelo —apuntó a mi biquini— aquí.

—No pasa nada. Llevo uno debajo. —Me tiré de un tirante de mi biquini de triángulo azul turquesa y él se quedó mirando un segundo más de lo necesario el punto en el que la tela chascó contra mi piel.

—Ah... sí. Claro. También podría haberlo visto —farfulló, y cogió la nevera.

Yo cerré la cremallera y me eché la bolsa de deporte al hombro.

—Espera, que pesa —advirtió en ese mismo instante.

—No cuando sueles cargar con bolsas en las que hay ocho raquetas —contesté alegremente, y me puse en movimiento.

El sendero nos condujo hasta las rocas que había mencionado Vince.

Eran escarpadas, pero no resbaladizas, así que no tuvimos ningún problema en llegar hasta la playa con las zapatillas que llevábamos.

En efecto, era minúscula, no mediría ni diez metros, y en ella no había ni un alma.

En la fina arena blanca no se veían pisadas.

Como si allí no hubiese ido nadie desde hacía siglos.

—Vaya —musité cuando contemplé el agua, que brillaba con espectaculares tonalidades de azul.