This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 26
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A finales de semana por fin me sentí lo bastante en forma como para volver a la pista.

La primera sesión de entrenamiento fue moderada.

Entrenamos saques y restos, golpes para los que no había que hacer un esfuerzo excesivo.

Además, pulimos tácticas y estrategias y repasamos situaciones de juego.

Aunque hubiera preferido ir a por todas, tuve que admitir que mi cuerpo no habría sido capaz de más.

Debido a la gastroenteritis, había perdido peso y masa muscular y, además, todavía no me había rehidratado del todo.

También seguía teniendo sensibilidad a la comida, así que Kay me preparaba cosas que pudiera digerir bien, sobre todo por la tarde.

Sentía que tuviese que hacer tantos esfuerzos y cocinar verduras con poca sal, casi siempre al vapor, pero ella decía que no le importaba, que su salud se lo agradecía.

Durante esos últimos días habíamos evitado mantener la conversación que teníamos pendiente, pero yo sabía que debíamos hablar.

Aunque solo fuera porque el sábado había quedado con Vince para ir a hacer esnórquel.

Pero también porque me seguía remordiendo la conciencia, y el hecho de que Kay me hubiese cuidado con tanta abnegación no hacía sino aumentar esos remordimientos.

El viernes, cuando nos sentamos a cenar juntas, aproveché la oportunidad.

—¿Podemos hablar? —pregunté cuando en nuestros platos ya solo había un resto del caldo de verduras que habíamos tomado.

—¿No hablamos todo el tiempo? —contestó, risueña, Kay. Pero yo sabía que me había entendido. Me preparé mentalmente.

—Vince me va a llevar a hacer esnórquel mañana después de comer.

—Sin esperar a que me respondiese, continué—: Vamos a ir a una playa en la que hay tortugas.

No he visto ninguna desde que estoy aquí.

—Perdí el hilo de mi verborrea durante un instante, pero Kay no dijo nada—.

Sé que no estás de acuerdo, pero no te lo quiero ocultar, porque eres importante para mí.

Y porque sé apreciar todo lo que haces aquí por mí.

—Sentí la necesidad de coger aire—. Y por eso también siento lo que te dije.

La otra tarde, en la terraza. No estuvo bien.

Kay guardó silencio durante por lo menos veinte segundos. Y veinte segundos podían hacerse largos. Muy largos. Cuando ya no contaba con que fuese a decir algo, dijo:

—Podrías habérmelo preguntado a mí.

—¿Qué?

—Que también podrías haberme preguntado a mí dónde hay tortugas.

No era la respuesta que me esperaba.

—A Vince no se lo pregunté. Solo mencioné que me gustaría verlas y él se ofreció a enseñármelas. —Antes de que Kay pudiera replicar, añadí—: Y lo hizo no porque te quiera jugar una mala pasada, sino porque —vacilé— nos llevamos bien.

Enarcó ligeramente las cejas.

—Y, ya que estamos, me ofende que creas que la gente solo quiere pasar tiempo conmigo porque busca llegar hasta ti de ese modo.

Me miró turbada.

—¡Lou! Yo no he dicho eso en ningún momento.

—Pero lo has pensado.

Abrió la boca para objetar, solo que yo fui más rápida.

—Un poco sí, si eres sincera.

Fue a decir algo, aunque cambió de opinión.

—Lo único que no quería es que te hiciera daño.

—Lo sé. Y te lo agradezco. Pero —ladeé la cabeza y esbocé una sonrisilla— ya no soy una niña.

—Es verdad —afirmó Kay, alegre—. Y, además, eres inteligente y preciosa y una triunfadora.

Ladeé de nuevo la cabeza y arrugué la frente.

—Bueno, en lo del triunfo aún estoy trabajando.

—Bobadas. —Su mirada era suave, casi tierna—. Ya has conseguido muchos logros en tu vida. Y conseguirás muchos más.

Conmovida, tragué el nudo que se me había formado en la garganta.

—Sin ti no habría recuperado tan deprisa la confianza en mí misma durante estas últimas semanas.

—Qué va, también lo habrías logrado sin mí, créeme. —Alargó el brazo, me cogió la mano y me la apretó—. Y en lo que respecta al desagradable tema de Vince Greenfield —continuó, y durante un breve instante me asusté—, es posible que tengas razón.

Puse cara de sorpresa, como si hubiera oído mal.

—Quizá deba aceptar que he perdido. —Clavó la vista en la mesa con aire pensativo.

—No tiene nada que ver con perder, sino con confiar. Dale una oportunidad a Vince. No permitirá que ahí —señalé con el pulgar a la derecha— se hagan fiestas salvajes. —Se me escapó una risilla—. Ni siquiera le gusta ir a fiestas. Estoy segura de que habrá una manera de convivir en paz.

Kay respiró hondo.

—¿Hasta qué punto es serio?

La miré sin entender lo que quería decir.

—Lo que dije de tus ojos, que se iluminan cuando hablas de él, era verdad.

El nudo volvió a la garganta.

—¿Estás enamorada de él, Lou?

—¡No! —exclamé, sin pensarlo—. Si apenas lo conozco.

—No hace falta saber qué número de calzado gasta alguien para enamorarse de esa persona.

—Vale, pero uno debería conocerse algo más de dos semanas —fue mi pobre respuesta.

Kay no dijo nada. Ni que me daba la razón ni que estaba equivocada. Y eso hizo que empezara a desvariar.

—No estoy enamorada de Vince. Es majo y muy guapo y se le da bien —me frené y añadí— el surf. —Me puse roja—. Me gusta, pero no hay nada más. Y, de todas formas, tampoco tendría tiempo para algo más serio.

Kay me miró.

— En tenis «love» significa cero . Conozco a alguien que incluso tituló así su autobiografía. —Guiñé un ojo e intenté esbozar una sonrisa desenfadada.

—Cierto —musitó Kay, y se levantó para quitar la mesa—. Pero en realidad nunca me gustó.

—¿Qué?

—Que en tenis «love» signifique cero puntos. No sé, creo que la palabra no se merecía eso, ¿no te parece?