This Could Be Love: Amor en el paraíso (Hawái Love 1) 25
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A la mañana siguiente, como seguía sin encontrarme mejor, vino a verme la médica de Kay.

La doctora Chen diagnosticó una infección gastrointestinal e indicó que guardara reposo absoluto, lo que hizo que me sintiera peor aún.

Perdería unos valiosos días de entrenamiento y volvería debilitada a la pista.

Posiblemente tardara una semana en recuperar la forma física y poder darlo todo.

Una semana que no tenía. La idea hizo que me entrase auténtico pánico.

Un peso invisible me oprimía el pecho, aumentó al contar los días que quedaban para que empezase el US Open.

—No será suficiente —musité sombría, mirando al techo.

Compadeciéndome de mí misma, las lágrimas se me saltaron cuando me aovillé en posición fetal.

«Como una gamba», apuntó una voz en mi cabeza, y perdí la batalla contra las lágrimas.

Porque Vince no se había puesto en contacto conmigo.

Por lo que le había dicho a Laurie. Pero, sobre todo, por un motivo: porque todo ello me importaba demasiado.

Me tapé la cabeza con la sábana y me regodeé en mi miseria hasta que me quedé dormida.

Cuando me desperté, la luz rojiza del crepúsculo entraba por la ventana.

Kay me había dejado junto a la cama una tetera y bizcocho.

Me estaba sirviendo una taza de infusión cuando el móvil me vibró en la mesita.

En la pantalla había un número desconocido.

Nunca lo cogía cuando no sabía quién me llamaba, así que hice caso omiso.

Dejé la tetera y bebí un sorbo de manzanilla fría.

Había estado infusionando demasiado tiempo y amargaba, pero a mi garganta le alegró la entrada de líquido, y a mis labios resecos también.

Aparté la taza cuando el teléfono vibró de nuevo.

Esta vez era un mensaje, del mismo número.

¡Hey! Te acabo de llamar. Espero que estés mejor...

Fruncí el ceño y envié un signo de interrogación. La respuesta no se hizo esperar.

Perdona. Soy yo, Vince.

El corazón me dio un vuelco, y eso que debería sentirse ofendido.

Nunca lo cojo cuando no sé quién llama.

Es comprensible. ¿Segundo intento?

Dudé. ¿Quería llamarme por teléfono? ¿Ahora? Clavé la vista en la iluminada pantalla, sin saber qué hacer, y al final envié un pulgar levantado. Escasos segundos después, Vince me llamó, y por algún motivo absurdo me pasé la mano por el pelo antes de cogerlo.

—Hola —dije, esforzándome por poner un tono neutro.

—Hola. ¿Qué tal estás?

No podía negar que me alegraba oír su voz.

—Bueno, ya no vomito la manzanilla. Creo que se puede considerar un avance.

Por la línea me llegó un sonido como de pesar.

—Espero que no fuesen las gambas.

—Solo es una gastroenteritis normal y corriente —me limité a decir.

Se extendió un silencio extraño.

—Te habría llamado antes, pero no tenía tu número y no se lo quería pedir a Laurie.

—Y eso que ahora tú y yo nos llevamos mejor.

—¿Qué?

—Bah, nada. ¿Quién te lo ha dado?

—Gabe. Espero que no te importe.

—Claro que no.

De nuevo el silencio.

—Eh... —Titubeó—. Oye, sé que no es el mejor momento, pero hay algo de lo que quería hablar contigo.

Oh. Vaya. Conque ese era el rumbo que iba a tomar la conversación. Precisamente lo que me faltaba hoy. Un chico que me iba a rechazar o me iba a soltar un montón de palabrería barata que se podía traducir como: «Pero vamos, que entre nosotros no hay ningún problema, ¿no?». Decidí adelantarme a él.

—No pasa nada. No tenemos por qué hacer un mundo de esto. Lo que pasó estuvo bien, pero...

—¿Bien? —me interrumpió, y parecía ofendido.

Era increíble. ¿Es que ahora quería que le regalara los oídos? ¿Que le dijese lo bien que besaba?

—Sí, bien —repetí con cierto despecho—. Pero no te preocupes, que no he creído que hubiese algo más ni nada por el estilo.

De pronto en la línea se hizo un silencio sepulcral. Durante al menos cinco segundos. Cinco segundos durante los que celebré mi seguridad y mis dotes de actriz, pero en los que también me vino a la cabeza la pregunta de si Vince no parecía más dolido que ofendido. Pero ¿por qué iba a...?

—Vaya, pues yo sí que creí que había algo más.

Contuve la respiración y mis pulsaciones se dispararon hasta un siete en la escala de Richter.

—Por eso te quería preguntar si te apetecía ir el sábado conmigo a una playa en la que se puede nadar con tortugas.

Hasta un nueve. Tragué saliva tan ruidosamente que él tuvo que oírlo por el teléfono.

—Pero como, en tu opinión, lo que pasó solo estuvo bien, pues...

—¡No! —solté.

—¿No? ¿No quieres ir conmigo a esa playa?

El tono de guasa de su voz me dijo que sabía a qué se refería mi «no», que solo quería oírmelo decir.

—Estuvo más que bien —admití rechinando los dientes.

—Vale. —Pareció que lanzaba un suspiro de alivio—. Porque a mí también me lo parece.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Por qué has dicho lo contrario?

—Bien no es lo contrario de bueno —objeté.

Se rio.

—Es verdad. Bien es peor.

Suspiré.

—Tenía la impresión de que ibas a rechazarme y sencillamente quise adelantarme a ti.

—¿Por qué?

—Porque estoy de mal humor y...

—No —me interrumpió—. ¿Por qué tenías esa impresión? Yo no he dicho nada.

—Exacto. No has dicho nada —resoplé, y noté que la frustración que tenía acumulada buscaba una válvula de escape—. Durante casi dos días.

—No nos hemos visto y, además, no tenía tu número. ¿Cómo iba a...?

—Podrías habérselo pedido a tu hermana. Pero en vez de hacer eso le dijiste que ahora, a ver cómo era... —bufé— «nos llevamos mejor».

Oí un suspiro, pero no pareció enervado, sino... arrepentido.

—Solo lo dije para que no sospechara nada.

—¿Que no sospechara nada? ¿Qué habría de malo en ello? Me refiero a que seguro que no soy la primera con la que... —vacilé— te enrollas.

—Pero nunca me he enrollado con una amiga suya. Además, Laurie es supercotilla y yo no tengo ningún interés en hablar de mi vida amorosa con mi hermana pequeña.

Un cosquilleo nervioso me recorrió el cuerpo al oír de su boca las palabras «vida amorosa».

—Y tampoco sabía que te iría con la noticia fresca —rezongó.

—Y no lo hizo —la defendí—. Por la tarde, cuando llegamos a vuestra casa, le dije que la llamaría para explicárselo todo, pero la gastroenteritis me impidió hacerlo. Y cuando quise disculparme por no haberlo hecho, lo mencionó.

—Y ¿qué le habrías dicho?

Mi boca se abrió, pero se cerró un nanosegundo después. Se me ocurrió que no me había parado a pensar ni una sola vez cómo le habría descrito a Laurie lo que había entre Vince y yo.

Él habría podido considerar mi prolongado silencio una victoria, pero en lugar de eso, me preguntó con mucha suavidad:

—Entonces, ¿te apetece? ¿Ir conmigo a esa playa?

Aunque me había decidido hacía un buen rato, vacilé un poco más antes de contestar.

—¿Seguro que veremos tortugas?

—Seguro.

Tuve que frenar a mi saltarín corazón cuando fui consciente de que había pasado por alto un detallito.

—Y ¿a qué hora querrías ir? No me puedo permitir perder otro día de entrenamiento.

—¿Hasta cuándo entrenas los sábados?

—Normalmente solo hasta mediodía, pero como he perdido unos días con esto... diría que hasta después de comer.

—Pues saldremos en cuanto puedas —respondió relajado—. No está lejos de aquí. A una media hora en coche.

Puede que a él le pareciera poco, pero a mí me subió la temperatura la idea de pasar media hora con él en el coche.

—¿Tienes gafas y esnórquel? —me preguntó.

—Pues... no.

—No pasa nada. Los llevo yo.

—¿Me hace falta alguna otra cosa? ¿Un traje de neopreno para las medusas que salen con la luna llena?

Se rio.

—Unas buenas zapatillas, eso sí. Hay que ir por unas rocas para llegar a la playa.

Sonaba a aventura. Y a lugar apartado.

—No te preocupes, el camino es corto. Tendremos cuidado con ese tobillo tuyo.

Lo dijo con un guiño en la voz, pero también con evidente solicitud, y eso tuvo su efecto en mí. Quizá también fuese el «tendremos», en plural, de la frase.

—Entonces, ¿es una cita? —preguntó algo después, y mi corazón saltó de alegría.

—Es una cita.