24
Esa noche el camino desde mi cama hasta el inodoro se convirtió en mi pasillo aéreo personal.
Hubo unas cuantas veces que no conseguí llegar a tiempo y tuve que recurrir al cubo que la previsora Kay me dejó al lado de la cama.
Después de que vomitara en la terraza, me llevó primero al cuarto de baño y luego a mi habitación.
De un momento a otro me había sentido tan débil, temblaba de tal forma, que no habría podido subir la escalera yo sola.
Cuando me arrolló la siguiente oleada de náuseas, me apartó el pelo de la cara y me acarició la espalda para tranquilizarme mientras yo echaba todo lo que tenía en el estómago mezclado con bilis.
Un poco más tarde, hecha una pena, conseguí meterme en la cama, pero los constantes retortijones no me dejaron conciliar el sueño.
Como me deshidraté, no tardé en tener también un tremendo dolor de cabeza.
Con un paño húmedo en la frente acabé quedándome dormida, y no desperté hasta que por la mañana Kay me llevó un vaso de agua a la cama.
—¿Cómo te encuentras?
—Fatal.
Tenía la voz bronca y la garganta me dolía con cada palabra que pronunciaba.
Me ofreció el vaso, pero sacudí la cabeza.
—Si bebo, lo vomitaré.
—Tu cuerpo necesita líquidos.
Levanté de mala gana el brazo para coger el vaso e hice una mueca.
—¿Te duelen las articulaciones?
Asentí, y en ese mismo instante caí en la cuenta de que debían de ser las agujetas que me había pronosticado Vince. «Vince». Antes de que pudiera pensar en él, en todo lo que había pasado entre nosotros el día anterior, Kay dijo:
—Le pediré a la doctora Chen que venga a verte. Es mi médica de familia. Deberíamos excluir que tengas una intoxicación alimentaria o salmonelosis.
—¿Salmonelosis? —repetí, presa del pánico.
—A saber adónde te llevó Greenfield —adujo, y suspiró.
—Era una gastroneta de lo más normal. —Me llevé el vaso a la boca. El brazo me temblaba, y Kay me ayudó. El agua les hizo bien a mis resecos labios—. Tengo una gastroenteritis que puedo haber cogido en cualquier sitio.
Aunque debía reconocer que hasta este momento algo así nunca me había afectado tanto.
—Despacio —me aconsejó al ver que bebía con avidez de nuevo.
Me dejé caer demasiado deprisa en la almohada y tuve la sensación de que me golpeaba la cabeza contra el hormigón. Con un quejido, apreté los ojos.
—Ay, pobre. —Kay me acarició la mejilla, un gesto cariñoso que hizo que me remordiese la conciencia. Lo que le había dicho el día anterior no era mentira, pero me había pasado tanto en el tono como en la elección de las palabras.
—Kay, siento mucho...
—Chsss —me interrumpió—. De eso ya hablaremos cuando estés bien. Ahora lo importante es que recuperes las fuerzas.
Iba a protestar, a decirle que lo sentía de verdad, pero no pude hacerlo, porque de repente el estómago se me revolvió de tal forma que se me nubló la vista. Kay reaccionó a la velocidad del rayo, cogió el cubo del suelo y me lo pasó. Devolví el agua que acababa de beber.
—Ya te dije que la vomitaría.
Del resto del día no me enteré mucho. Dormía a ratos y me despertaba a ratos.
Miraba el techo de la habitación o tenía sueños extraños que olvidaba en cuanto abría los ojos de nuevo.
Estaba demasiado mal para ver la tele, y tampoco había tocado el móvil, que descansaba en la mesita de noche.
A media tarde, cuando eché un vistazo por primera vez a la pantalla, tenía un mensaje de Laurie. Lo había mandado algo después de comer.
¡Hey! He oído que estás enferma. ¿Te encuentras mejor?
No mucho...
Mierda. La gastroenteritis es lo peor. ¡Mejórate!
Iba a dejar el teléfono cuando se me pasó una cosa por la cabeza.
Por cierto, ¿cómo sabes que estoy mala?
Vince se encontró a Gabe, fue quien se lo contó.
Traté de pasar por alto la punzada de decepción que sentí al pensar que Vince no se había puesto en contacto conmigo, aunque sabía que me encontraba mal. Cierto, no le había dado mi número, pero podría habérselo pedido a Laurie. O a Gabe.
«Perdona por no escribirte ayer», le dije a Laurie, y añadí el emoji de la carita vomitando a modo de explicación.
No pasa nada. Ya me dijo Vince que ahora os lleváis mejor.
Me sorprendí. Leí el mensaje otra vez. Esperé a que llegara un emoji con un guiño o un gif, pero no recibí nada. ¿Vince le había dicho a Laurie que ahora nos llevábamos mejor? ¿Le había dicho eso después de besarnos dos veces y enrollarnos en el agua? Vaya.
Por cierto, me pide que te dé saludos y que te diga que te mejores.
Vaaaya. La cosa incluso mejoraba.
Gracias.
Lo escribí desilusionada, y dejé el móvil al lado y decidí que dormir era lo mejor que podía hacer.